El perdón: ¿una ficción ética?

El perdón: ¿una ficción ética?

Jacques Sagot, pianita y escritor.

El odio y la ira son combustible anímico de altísimo octanaje.  Si son bien elaborados pueden constituirse en una fuerza creativa sin par.  Del odio y la ira han brotado algunas de las más bellas cosas de que el mundo guarda memoria, así como del amor han surgido muchas de las peores bellaquerías, ridiculeces y dislates de la historia del mundo.

Pero al odio y la ira hay que domeñarlos: no pueden ser utilizados en estado bruto.  Es preciso elaborarlos –sin que pierdan un ápice de su intensidad– para que puedan operar como materia prima para la creación.  Prácticamente la totalidad de las grandes reivindicaciones sociales fueron producto de un odio y una ira debidamente disciplinadas.  No creo en un ser humano desprovisto de odio e ira: sería una criatura amorfa, fláccida, abúlica, carente de músculo espiritual.

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Somos un pedrusco en manos de un escultor loco.  El hombre nos golpea rabiosamente, los ojos exorbitados, la boca llena de espuma, crispados los labios y la mandíbula.  Afila su cincel, y vuelve a golpear.  Y nuestras deleznables carnes sienten cada impacto, y el odio que lo anima.  Golpe tras golpe el loco nos va arrancando pedazos, desintegrándonos, y no se contentará hasta habernos pulverizado.  Nosotros no tenemos otra opción que asistir, lúcidos e impotentes, a la masacre que el demente practica en nuestra carne.  Es un loco feroz, un loco que no busca hacer brotar forma alguna de la piedra bruta: solo quiere destruir, fragmentar, aniquilar.  Si de sus golpes viésemos surgir algo que siquiera remotamente evocase una concepción racional, un contorno escultórico más o menos preciso, soportaríamos bien que mal nuestro tormento.  Pero el loco no quiere crear: actúa movido por una saña bestial, porque su vida consiste en golpear, y golpear, y golpear, y moriría en el momento en que tuviese que dejar de hacerlo.

Muchos seres humanos viven montados a lomos de su odio.  Es su corcel, ese que los encumbra a las más altas cimas, y luego los arroja en los más profundos abismos.  No pueden dejar de odiar, porque el odio es lo único que tienen, lo único que los mantiene vivos.  Sin él quedarían hueros, vacíos.  El odio es una fuerza creativa de primera línea.  Genera cambios, genera obras de arte, genera masacres y muerte sin fin.  La imaginación lo espolea, lo encona, lo excita.  Quien solo tiene su odio para seguir viviendo, no va a renunciar a él.  Es el odio el que los mantiene vivos: opera como una estrategia de vida, por triste que esta sea.  Y luego, conviene recordar que el odio no siempre es una elección personal, tomada desde un horizonte de libertad y libre arbitrio.

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Hay personas que se identifican con su odio al punto de convertirse en él: son su odio.  Echan de menos sus latigazos, sus flagelos, el veneno que libera en la savia de sus almas.  Lo degustan, lo paladean: son connaisseurs, hedonistas, sommeliers del odio.  No pueden caminar una legua si no es ataviados con su odio.  Por supuesto, este odio les hace muchísimo más daño a ellos mismos que a los seres o cosas que execran.  El odio es, por lo menos, tan creativo como el amor.  Combustible vital de altísimo octanaje.  Estas personas comen odio, y es como si se devoraran a sí mismas, como si se infligieran sus propias dentelladas y arrancasen los jirones vivos de sus carnes.

Odian porque no pueden perdonar.  Ven en el perón una mera ficción ética.  El gran filósofo francés Vladimir Jankélévitch dijo en cierta ocasión: “todo en el mundo se puede perdonar.  Todo… salvo lo imperdonable”.  No lo juzgo: había perdido seres queridos en Auschwitz.  Dios puede perdonarlo todo: es omnisciente, omnipotente y omnipresente.  Invulnerable.  Un ser con tales rasgos tendría que ser, también, omniperdonante.  Nada de lo que hagamos puede hacerle daño.  Pero todo, en el mundo de los seres humanos, es finito: finita es nuestra sabiduría, finito es nuestro tiempo, finito es nuestro cuerpo, finita es nuestra inteligencia, finitos son nuestros días, finita es nuestra paciencia, finita es nuestra resiliencia.

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En un mundo de finitudes, ¿por qué exigírsenos la capacidad del perdón infinito?  Una mujer puede quizás perdonar a un hombre que una noche llega borracho a casa y la aporrea sin piedad.  Pero no puede perdonarlo una segunda vez.  Sus mecanismos de supervivencia la llevarán a acudir a la Defensoría de la Mujer y a encausar al agresor: ¡su vida depende de ello!  Esa mujer no puede ni debe ser capaz de perdón infinito, y ciertamente no puede darse el lujo de perdonar “setenta veces siete” (Mateo, 18, 22).  Esto supondría perdonar la agresión un total de 490 veces…  Será asesinada mucho antes de llegar a esta cifra.  Una vez que los resortes de la supervivencia se activen, dejará de perdonar, y tomará acciones para que su torturador sea castigado.  No es razonable esperar infinito perdón de una criatura tan frágil y vulnerable como el ser humano.  Nuestra debilidad nos fuerza a la autoprotección y a buscar por todos los medios la sanción social del agresor.  Sí, me temo que el perdón es, en esencia, una ficción ética.  El concepto es bello y noble, pero su praxis humana no es siempre viable.  En efecto: hay cosas en la vida que son imperdonables, a tal punto fueron crueles, despiadadas, inhumanas y lesivas.  Cuando el daño es irreparable e irrevertible, el perdón resulta imposible.

Sin embargo, debo decir que conozco a personas que han perdonado cosas inimaginablemente atroces.  Una madre que perdona al asesino que suplició y mató a su hija.  Estoy bien familiarizado con ese caso.  Y sé que su perdón no es una mera pose: le sale del fondo del alma.  Mi admiración por ella es infinita.  Es un ser humano superior.  Yo jamás sería capaz de tal gesto.  No está en mí, no soy capaz de prodigarlo.  Lo digo con tristeza.  A buen seguro soy tan solo un animalito humano pequeño, mezquino, rencoroso.  Pero me debo respeto a mí mismo en tanto que tal.  Debo aceptar todo cuanto en mi ser es cloaca, tanque séptico, inmundicia.  Es parte constitutiva de mi ser.  No lo puedo evitar, y no hay caso en reprimir o suprimir este sórdido nivel de mi persona.  Ahí está.  Ahí estará por siempre.  El tiempo no atempera, no atenúa este nivel de odio.  A lo sumo lo transforma: se hace más sordo, más cavernoso, más subterráneo, y desde ahí sigue irradiando dolor a la totalidad del ser.  No me gusta ser como soy.  No me estoy proponiendo para la emulación, antes bien, estoy consciente de ser un antimodelo ético.  Pero, desgraciadamente, le debo respeto a todo ese cúmulo de basura que llevo en mi alma.  La he puesto a buen uso: me ha dado material para mi creación literaria, entre otras cosas.

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Perdonar un accidental pisotón en medio de un baile, o el hurto de un lápiz por un compañero de trabajo no pone a prueba nuestra capacidad de perdón.  Cualquiera es capaz de perdonar esas fruslerías.  Pero hay lesiones tan hondas, tan graves, tan supurantes, lesiones que cambian para siempre nuestras vidas, que nos dejan tan agostados, tan heridos, tan debilitados…  No, esas no se pueden perdonar.  No me mueven a la venganza, pero me impiden ejecutar ese acto divino por excelencia que llamamos “perdón”.  El odio es siempre dolor.  Existe una relación de sinonimia entre ambos.  El odio es tan solo un seudónimo del dolor.  Mientras el dolor esté ahí, escociendo las fibras de mi ser, el perdón es completamente inconcebible.  He ahí, amigos y amigas, el testimonio que puedo dar sobre este tema, peliagudo entre todos.  Tiene por único mérito ser sincero.  Quizás la cosa sea tan simple como esto: no me gusto.  Y eso es todo

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