Mario Granados Chacón, investigador acedémico y profesor universitario.

Las instituciones democráticas permanecen porque son más fuertes que nuestras diferencias
Vivimos en una época en la que nuestras diferencias se han convertido en una amenaza para la convivencia. Existen grandes contradicciones en nuestras ideas políticas, en nuestras prioridades y hasta en nuestra manera de interpretar la realidad.
Sin embargo, la diferencia no es el problema. El verdadero problema se asoma cuando dejamos de reconocer al otro como un interlocutor legítimo y convertimos la diferencia en confrontación permanente.

Una sociedad democrática no necesita que todos pensemos igual. Necesita algo mucho más difícil y a la vez más importante: que podamos pensar diferente y aun así, permanecer unidos alrededor de unas normas o reglas de comportamiento comunes.
De ahí la importancia de una idea básica que vale la pena recalcar: las instituciones permanecen porque son más fuertes que nuestras diferencias.
Las instituciones son mucho más que normas, construcciones o procedimientos. Las mismas representan la decisión de una sociedad de resolver sus conflictos mediante reglas preestablecidas y no mediante la imposición de la fuerza.
El Poder Legislativo, los tribunales, las elecciones y las instituciones educativas – entre otros – cumplen, desde sus respectivos ámbitos, una función esencial, ofreciendo mecanismos legales para procesar nuestras diferencias sin que estas conduzcan necesariamente a la ruptura.
La democracia – por tanto – no elimina el conflicto. Más bien lo convierte en una forma civilizada de convivencia.
Esta función adquiere vital importancia en nuestros días. Para el caso, las redes sociales han ampliado – ¿desmedidamente? – nuestras posibilidades de comunicación, aunque también han acelerado la circulación de información, emociones y opiniones.
Y así – con frecuencia – la controversia y la polémica obtienen mayor visibilidad que la reflexión, teniendo como resultado que la emoción termina imponiéndose sobre el argumento.
El resultado está a la vista. Conformamos una sociedad en la que cada vez resulta más difícil conversar con quien piensa diferente, en donde se impone la intolerancia. Cuando una sociedad pierde la capacidad de conversar comienza – también – a perder la capacidad de convivir.
He ahí la necesidad de tener instituciones fuertes. No porque debamos aceptarlas de manera acrítica, sino porque constituyen el marco que permite que nuestras diferencias puedan coexistir. Una institución democrática no debe depender de quién gobierna ni de quién obtiene temporalmente una mayoría. Su razón de ser consiste en el establecimiento de límites que permanezcan más allá de las personas.

Esto significa que una democracia no puede reducirse a la voluntad circunstancial de una mayoría. La mayoría tiene derecho a gobernar pero también debe hacerlo con límites.
El Estado de derecho existe – entre otras razones – para impedir que el poder se convierta en una autorización para hacer cualquier cosa o caer en lo arbitrario.
Defender las instituciones tampoco significa renunciar a la crítica. Una institución verdaderamente democrática debe aceptar la transparencia, la rendición de cuentas y la posibilidad de ser cuestionada. La crítica puede fortalecerla cuando busca corregir sus deficiencias. Lo peligroso es pretender destruirla cada vez que una decisión no coincide con nuestras preferencias.
Aquí encontramos una de las grandes verdades intangibles de la democracia: necesitamos instituciones fuertes precisamente porque no estamos de acuerdo.
La verdadera cultura democrática comienza cuando somos capaces de respetar las reglas incluso cuando el resultado no nos favorece. Esto no significa renunciar a nuestras convicciones, sino reconocer que el adversario también tiene derechos, dignidad y legitimidad. En esta línea, una ciudadanía crítica es menos vulnerable a la manipulación y más capaz de defender sus instituciones.

Porque las instituciones tampoco son eternas. Pueden deteriorarse, pueden perder legitimidad o pueden ser utilizadas indebidamente. Su permanencia requiere ciudadanos dispuestos a defenderlas, pero también instituciones capaces de corregirse y responder a las demandas legítimas.
La democracia consiste en crear mecanismos para que nuestros conflictos no terminen destruyendo nuestra convivencia. Las diferencias políticas pasarán. Cambiarán los gobiernos, las ideologías y las generaciones, pero permanecerá la necesidad de contar con instituciones capaces de garantizar que nuestras discrepancias puedan resolverse pacíficamente.
Por eso debemos tener cuidado cuando, movidos por la indignación del momento, pretendemos destruir aquello que ha sido construido durante generaciones. Porque cuando desaparecen las instituciones no desaparecen nuestras diferencias. Simplemente desaparecen los mecanismos pacíficos para procesarlas.
No necesitamos – entonces – una sociedad en la que todos pensemos igual. Nuestra realidad exige una sociedad suficientemente madura para comprender que podemos pensar diferente sin dejar de reconocernos como parte de una misma comunidad.

Las diferencias nos separan en nuestras ideas, mientras las instituciones nos mantienen unidos en nuestras reglas. Y mientras sean más fuertes que nuestras diferencias, la democracia tendrá una contingencia fundamental: la posibilidad de sobrevivir a nosotros mismos.
La defensa de nuestra institucionalidad representa el camino a seguir.