Redescubriendo a Dulce María Loynaz: poetisa de amor y soledad

Redescubriendo a Dulce María Loynaz: poetisa de amor y soledad

 

“Quién pudiera como el río, ser fugitivo y eterno”

“Amor es desenredar marañas de caminos en la tiniebla: ¡amor es ser camino y ser escala!”

“No te nombro; pero estás en mí como la música en la garganta del ruiseñor, aunque no esté cantando”

Dulce María Loynaz, poetisa cubana (1902-1997)

Adriana Núñez, periodista Visión CR

(Foto de portada: Casa de la poetisa Dulce María Loynaz en El Vedado, Habana, Cuba)

Un 10 de diciembre de 1902, nació en La Habana, la primogénita del matrimonio formado por Enrique Loynaz del Castillo, general del Ejército Libertador de Cuba y María de las Mercedes Muñoz Sañudo. Aunque su nombre de pila era como la madre, María Mercedes, siempre se le reconoció como Dulce María.

Reivindicada durante los últimos años de su existencia, ella fue desde la juventud una destacada poetisa, ensayista y abogada cubana, galardonada con el Premio Miguel de Cervantes de 1992, pues según el propio Instituto Cervantes, “está considerada una de las voces más altas y elegantes de la lírica hispanoamericana del siglo XX.”

Además de su innata vocación de escritora, Dulce María se doctoró en Derecho Civil por la Universidad de La Habana en 1927 y ejerció la profesión con gran éxito.

Cuando apenas tenía 17 años, en noviembre de 1919, aparecieron en el periódico habanero La Nación, sus primeros poemas publicados: «Invierno» y «Vesperal». Por esa época escribió también los «Diez Sonetos a Cristo» y conformó una pequeña orquesta familiar junto a sus hermanos,  en la que ella tocaba el piano.

Dos años después de obtener su título universitario, comenzó a escribir su novela “El Jardín” que logró terminar siete años más tarde, aunque la obra finalmente se editó por vez primera hasta1951.

Pese a que, previo a la revolución comunista, pasaba gran parte del tiempo fuera de la isla, pues una de sus grandes pasiones era viajar,  cuando estaba de regreso en su Cuba natal, transformaba su casa, localizada en la prestigiosa zona de El Vedado,  en un gran referente cultural, donde recibía y alternaba con figuras de la talla de Federico García Lorca, Gabriela Mistral y Juan Ramón Jiménez, con quienes estableció fuertes lazos de amistad.

Versos y leyes

La actividad cultural y el ejercicio profesional iban de la mano y en ambas facetas se distinguía. Precisamente por ello, en mayo de 1944, el Colegio Nacional de Abogados le otorgó la Orden González Lanuza, que se confería a juristas distinguidos.

El rey español Juan Carlos I entregó a Dulce María Loynaz el premio Miguel de Cervantes en 1993

A pesar de que antes de la dictadura que se instaló en Cuba en 1959, la autora ya había visitado gran cantidad de naciones y publicado versos y escritos en diferentes periódicos y revistas de numerosos países, a partir de 1960, decide no solo no abandonar la patria, sino que se aísla en su casa lejos del acontecer político, en una especie de “auto exilio” que duró hasta su fallecimiento.

Ella se encerró y el régimen dictatorial la ignoró durante varias décadas. No obstante, en 1987, dada su estatura cultural y la notoriedad de sus obras a nivel internacional, decidieron otorgarle el Premio Nacional de Literatura de Cuba en homenaje a su producción poética y trayectoria. El acto, al cual acudió en una rara aparición pública, se celebró tan solo tres años antes de obtener el Cervantes, máximo galardón de las letras en español.

Y cuando llegó este último reconocimiento, le permitieron viajar a España para recogerlo de manos del Rey Juan Carlos I. El acto se celebró el 23 de abril de 1993 en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, en Madrid.

Dulce María Loynaz murió en su ciudad natal el 27 de abril de 1997. Nunca fue comunista ni “coqueteó” con ellos. Provenía de una familia aristocrática, culta y adinerada, y fiel a sí misma, mantuvo siempre una postura conservadora y tradicional.

Cuando en una tardía entrevista le preguntaron por qué no se iba al exilio, ella expresó que se quedaba porque había llegado «primero» a esa tierra.

Además de la novela lírica El Jardín, entre sus obras más relevantes se encuentran: “Poemas sin nombre” (1953),  “Últimos días de una casa” (1958) y “Fe de Vida” (1995) un libro de memorias donde la escritora cubana, quien no tuvo hijos, rinde un profundo homenaje a su segundo esposo, el periodista y cronista Pablo Álvarez de Cañas.

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