Está considerado el animal con más «cerebros» del planeta: cuenta con un cerebro central y ocho sistemas nerviosos (uno por extremidad) capaces de procesar información localmente.El ser humano necesita conocerse y comprender mejor el mundo que le rodea.
Para ello, solemos buscar respuestas en animales muy emparentados con nuestra especie: chimpancés, elefantes, ballenas, etc. Sin embargo, para obtener una visión verdaderamente amplia de cómo ha podido surgir aquello que llamamos inteligencia, debemos observar especies alejadas de la nuestra. Y, entre todas, el pulpo es un animal extraordinario y fundamental por muchas razones.

El registro fósil muestra que los predecesores de estos invertebrados surgieron hace más de 500 millones de años, mucho antes de que cualquier ave, pez, reptil. anfibio o mamífero apareciera en la tierra. Es decir, existieron antes que los dinosaurios. En su origen, aquellas criaturas poseían concha, pero hace aproximadamente 140 millones de años el linaje del pulpo las perdió, convirtiéndose en los ágiles y escurridizos animales de cuerpo blando que conocemos en la actualidad.
Debido a que el pulpo casi no tiene partes duras (solo su pico) puede pasar a través de cualquier agujero que sea más grande que su globo ocular.
Ya en nuestra era geológica, la primera vez que se detalló la biología del pulpo fue en la edad antigua. Lo hizo el polímata estagirita Aristóteles (384-322 a.e.c.) en «Investigacin sobre los animales», libro IV, con sorprendente precisión para la época.
Pero en el libro IX despreció al pulpo. Señaló que «es un animal estúpido» porque «se acerca a la mano que se sumerge en el agua«. Ahora, gracias al avance científico, sabemos que no lo es: Aristóteles confundió estupidez con curiosidad.
Posee un cerebro central con hasta´200 millones de neuronas (igual que una musaraña) y ocho ganglios nerviosos, uno en cada extremidad, con 40 millones mde neuronas por ganglio. Cada uno de ellos puede controlar detalles del movimiento de forma autónoma, así como integrar y representar información sensorial y espacial. Es decir, en cierto modo, las extremidades «piensan» por sí mismas. Esto permite al pulpo analizar el entorno con rapidez y reaccionar con enorme velocidad.
En azul aparece el cerebro central del pulpo; en amarillo, la red nerviosa que se extiende desde él hasta los ocho brazos. A lo largo de cada uno, los cordones nerviosos se conectan con numerosos ganglios asociados a las ventosas, que reciben información del entorno y participan en el control de los movimientos. Aunque realmente no sean 8 «cerebros», esta organización permite que los brazos procesen parte de la información de forma local, sin depender de instrucciones detalladas del cerebro central para cada acción.
De hecho, el tiempo de reacción al camuflarse es el más rápido que en cualquier otro animal: 200 milisegundos. Tan rápido como un parpadeo.
Esta insólita capacidad para cambiar de color se debe a un elaborado sistema de cromatóforos, iridóferos y leucóforos que responden a la luz y se encuentran bajo control neural directo, lo que explica la velocidad de mimetización. Incluso, son capaces de alterar la textura de la piel para «disfrazarse» de algas, corales o rocas.
«Captura los peces cambiando de color y tomando el de las piedras de su entorno. Y lo mismo hace cuando tiene miedo.

Mientras que los camaleones tardan entre 20 segundos y dos minutos en modificar el color de su piel al estar mediado por hormonas (tienen que sintetizarse, entrar en la sangre y distribuirse por el cuerpo), el pulpo lo hace casi instantáneamente.
Así, es sorprendente descubrir que los pulpos poseen un único canal fotorreceptor en los ojos; es su piel la que está cubierta de fotorreceptores sensibles a la luz.
Por ello, y para mejorar la celeridad en la toma de decisiones, cada extremidad procesa información sensorial y ejecuta respuestas motoras sin influencia del cerebro central. En el pulpo, la relación cerebro-cuerpo está llena de límites difusos.
Suponen un desafío a la inteligencia
Se dice que la capacidad cognitiva del pulpo se aproxima a la de algunos pequeños mamíferos. Pueden aprender, por ejemplo, a abrir un frasco utilizando señales visuales y químicas secuencialmente y a utilizar un espejo para localizar una recompensa fuera de su línea de visión. E, incluso, realizar tareas más complejas, como resolver «rompecabezas» que requieren una rápida adaptación por cambios en las tareas, lo que demuestra que los pulpos poseen flexibilidad conductual.

Tres ejemplos de uso de objetos por parte de los pulpos. A la izquierda, un pulpo utiliza dos conchas como refugio; en medio, un pulpo usa una concha como escudo durante una batalla; a la derecha, un pulpo transporta un coco para utilizarlo como cobertura en caso de necesidad, demostrando capacidad de anticipación al futuro. Estas estrategias ofrecen evidencias de una inteligencia compleja y adaptativa a su entorno.

Los pulpos tienen tres veces más capacidad que un ser humano para construir conexiones cerebrales.
Estas destrezas de los pulpos desacreditan una de las teorías sobre el cerebro que fue dominante durante algunas décadas del siglo pasado: el modelo triuno de MacLean. A pesar de no tener un “neocórtex” como el nuestro, muestra habilidades cognitivas muy avanzadas, como el uso de herramientas, la memoria, el aprendizaje por observación y la imitación de comportamientos.
Si la hipótesis de MacLean fuera correcta, solo deberían darse en mamíferos supuestamente superiores.

El pulpo posee un sistema nervioso único, desafía nuestro intelecto al mostrar comportamientos sorprendentes adaptados a su entorno y son un prodigio evolutivo (tienen tres corazones y la sangre azul). El problema nunca fue la inteligencia del pulpo, sino nuestra estrecha y antropocéntrica idea de lo que significa ser inteligente.
_261013150903_1280x720.webp)
