Oscar Arias Sánchez, Premio Nobel de la Paz.
El mundo tiembla cada vez que Donald Trump abre la boca. El actual inquilino de la Casa Blanca ha iniciado su mandato de manera un tanto autoritaria, en lugar de hacerlo en virtud de su autoridad, madurez, cultura, empatía e inteligencia. Estamos viviendo un fenómeno sin precedentes: un presidente que padece de trastorno disociativo de la personalidad. Un hombre de doble, triple y cuádruple discurso. Por un lado, pretende ser un adalid de la paz y un enemigo acérrimo de la guerra, y por el otro le solicita a cada miembro de los países que integran la OTAN que aumente su gasto militar hasta alcanzar un 5% de su PIB. Extraña contradicción: el país que creó la OTAN unos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial quiere hoy terminar con ella.

El presidente Trump también tiene veleidades expansionistas y amenaza con anexar a Canadá, Groenlandia y el Canal de Panamá a los Estados Unidos. ¿Habla en serio, o se trata de puras bravuconadas? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Afortunadamente, no creo que el pueblo estadounidense —en el cual creo y cuyo criterio me merece un profundo respeto— apoye estas ínfulas y apruebe una movilización militar en estas vastas tierras.

Trump representa una involución, una deplorable regresión en el proceso de pacificación de nuestro orbe. Lo he dicho muchas veces y lo repito: las armas solo sirven para matar. Al día de hoy en el mundo hay veinte soldados por cada médico. Las armas son un inmenso negocio, pero con ellas se enriquece un grupúsculo de industriales a expensas de nuestra seguridad y paz espiritual. No puedo pensar en una actividad más vil y más inhumana que la fabricación de armas. Quienes con esta práctica amasan fortunas inimaginables son mercaderes de la muerte, seres éticamente liliputienses. Para ser exactos, son parásitos de la guerra.

Donald Trump va a dejar a Ucrania a merced de la invasión rusa por el simple hecho de su amistad con Vladimir Putin, y este ha ido ya muy lejos en su campaña de ocupación como para echar marcha atrás: está atrapado en la mortífera dinámica de su propio juego. Retirarse de Ucrania no es ya una opción para él: en la picota quedaría el orgullo de la madre Rusia.

Estamos obligados a practicar la solidaridad, y esta es una de las más felices consecuencias de la globalización. Como el organismo integral y unitario que somos, el todo gemirá de dolor con la aflicción de cualquiera de sus partes. Hegel lo dijo elocuentemente: mientras en el mundo haya un esclavo, ningún hombre tiene derecho a declararse feliz y satisfecho. Si el ser humano del siglo XXI no es solidario, entonces no será del todo: la historia hará de él pasto de muerte y de tormento. Y a propósito de solidaridad o ausencia de ella, el presidente Trump acaba de cerrar la AID (Agencia para el Desarrollo Internacional), la cual destinaba 44000 millones de dólares a mitigar las condiciones socioeconómicas de los hombres y mujeres más desvalidos de nuestro planeta.
Como lo saben los costarricenses, he dedicado lo mejor de mis fuerzas y mis iniciativas a cimentar la paz mundial: es la divina obsesión de mí ya larga vida. Seguiré en vigilia, seguiré en guardia, seguiré incólume en mi vocación de alcanzar una paz profunda e irrenunciable. Creo en el ser humano y su destino de libertad y armonía convivencial. Cuando en el mundo entero no quedase más que una sola persona que crea en la paz, ese sería, sin duda alguna, yo.
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Reflexión valiosísima de don Oscar, a quien no creo le importe mucho que le hayan quietado la visa de los EEUU. Me parece le importa más la actitud que ha llevado a los EEUU a quitarle la visa. Si es así como creo, está en lo correcto.