Erwin Wino Knohr*, Revista Visión CR.

Para las masas que no creen en Dios, el fútbol es, por si alguien no se ha enterado, lo más cercano que hay a la religión.
En el caso extremo de la afición, las redes sociales, los periódicos y los programas deportivos en radio y televisión, se convirtieron como la iglesia para un católico, evangélico o la mezquita de un musulmán.
Los partidos se inician, por lo general, con alabanzas y muestras de fe hacia los jugadores y el cuerpo técnico. Y así es cada vez que juega Alajuelense, Saprissa o Herediano.

Aunque la calidad de nuestro futbol cambió después de los campeonatos mundiales del 2002 y 2014, la fe es la única que siguió intacta, pese a que estos equipos actualmente no juegan bien.
Es interesante cómo se vendió la idea que los campeonatos nacionales no se juegan sino que se ganan.
Con esa premisa, el 21 de julio del 2023, la UNAFUT, con ocho votos a favor y cuatro en contra, aprobó aumentar a cinco jugadores extranjeros por equipo. Eso hizo que comenzaran a llegar mejicanos, panameños, nicas, con muy poco nivel, que no le aportan nada al futbol criollo.

Ya que muchos de esos jugadores tienen un nivel inferior a los nuestros, no creen que sería mejor formar a los jóvenes canteranos, que en uno o dos años rendirían más que los importados.
Lo mismo sucede con los entrenadores que se reciclan de un equipo a otro. Técnicos que no tienen tiempo para desarrollar un proyecto, ni actualizarse, lo cual incide en el bajo rendimiento de los equipos, porque si no ganan en tres o cuatro partidos son despedidos.

¿Qué cambió, además de la calidad en nuestro futbol? Lo que cambió fue que, ante la falta de contundencia futbolística, los aficionados perdieron la alegría. La ilusión se transformó en amargura y al contenido de la liturgia se agregó un factor rabia que antes no había existido.
Nos conformamos con seguir alabando a los santos de las grandes gestas como los del Aztecazo, o el Mundial del 2014, porque eso, a diferencia de la práctica más agnóstica del aficionado costarricense, no se discute.
Pero, a los cánticos alegres de celebración del pasado ahora se escuchan gritos de desaprobación contra los entrenadores y jugadores.
Claro, en estos asuntos de fe la racionalidad poco tiene que hacer. Si el inicio de este campeonato se hubiera traducido en un arranque lleno de goles, buen futbol, y con los conceptos del futbol moderno, a los jugadores se les santificaría y vitorearía y no se les gritaría “perras”.

Lamentablemente para todos, las cosas no van saliendo bien, aunque a nadie se le ocurriría decir que atravesamos una crisis de identidad. La palabra crisis nadie la quiere aceptar, por lo que no sirve para calificar nuestro futbol, que está sumido en cuidados intensivos, porque en el terreno de juego lo último que muere es la esperanza y siempre se cree que el partido siguiente puede traer la salvación.
Lo peor es que los fieles aficionados sienten que fueron burlados y su religión, el futbol, ha sido profanado.
Pase lo que pase en este torneo, debemos preguntarnos si será posible para la afición seguir manteniendo, ante tanto desengaño, la fe; o si, con los corazones rotos, habrán perdido su inocencia religiosa para siempre. Lo que sería una gran pena.
** El autor tiene una Maestría en Comunicación. Licenciatura en Periodismo y Educación Física. Además es entrenador de Futbol y Baloncesto.