Color de soledad, de vacío, de ausencia

Color de soledad, de vacío, de ausencia

Jacques Sagot, Revista Visión CR.

 

Subrepticio entre Goya, Delacroix, Gros, Girodet, Turner, Blake, subrepticio en su arte como en su vida: Caspar David Friedrich.  An unsung heroe (un héroe no cantado –lo llamarían los angloparlantes–).  Mucho se ha hablado de Mathias Grünewald como el principal precursor del surrealismo.  No me lo parece: el retablo de Eisenheim es –quién lo duda– una obra prodigiosa, estremecedora.  El cristo leproso, ulcerado, purulento y lleno de nódulos, el dedo perturbadoramente tieso de Juan el Bautista: “Yo debo disminuir para que él crezca…”  Todo ello escalofriante.  Luego Las Tentaciones de San Antonio, los rampantes monstruos que persiguen al santo varón, viscosas y sobrecogedoras quimeras, no dejan de tener algo convencional.

A mi modo de ver las cosas, el primer surrealista avant-la-lettre en la historia de la pintura fue el alemán Caspar David Friedrich (1774-1840).  Si Grünewald nos asusta y hasta repugna (¡un Cristo en estado de descomposición!), Friedrich nos sume en un onirismo lleno de angustia, de soledad, de silencio.  Nos priva de la divina catarsis del grito.  Hombres solos, siempre solos son los suyos.

 

Caspar David Friedrich. El paisajismo a otra dimensión – Alejandra de Argos
Caspar David Friedrich.

Meditando y enfrentando una naturaleza ora vacía, trasunto de la nada; ora llena de la ruinosa traza del hombre: aisladas cruces en medio del campo, un ataúd al borde de la fosa, con sus depuestas azadas por el suelo… ¡y un búho que nos observa fijamente, posado sobre el féretro!; ruinas de una capilla perdida en el bosque, con sus arcos de ojiva, sus columnas estranguladas por la mandrágora, algún vitral que se cae a pedazos, la hierba y las ramas de los árboles trenzándose con la mampostería del templo; un hombre y una mujer contemplando la luna, vestidos con sus capas estilo Weimar, amarillento el satélite, una tortura de raíces a sus pies; y por supuesto, el caminante de negra gabardina, que desde lo alto de la cima contempla la nada, el blanco abismo en el límite absoluto del ser.

Soledad, desolación.  Un surrealista en línea directa con Dalí: escrupulosísimo realismo de los objetos representados por una parte, por la otra abigarrada, onírica, insólita configuración de los elementos en la composición.  Los objetos están descontextualizados, hiperbolizados y, por decir lo menos, distorsionados, ¡pero Dalí, a pesar de los preceptos de su “Método Onírico-Paranoico” no renuncia nunca a la figuración!  Pinta sueños, sí, pero de una manera que no por ello deja de ser “realista” (las jirafas, los pianos, los relojes… todo está ahí, aunque ardan o se estén derritiendo).

 

Reverenciado por Hitler, este pintor cayó en desgracia. Ahora el mundo del arte vuelve a poner los ojos en Caspar David Friedrich | CNN

 

Una especie de “realismo de la irrealidad”.  La fotografía de un sueño.  Por aporético que parezca, podría en su caso hablarse de un “realismo del surrealismo”, o incluso de un “hiperrealismo de los sueños”: los trasgos subconscientes “posan” para que Dalí los pinte, de conformidad con el inescapable principio de la representación y de la figuración.  Lo que Dalí nos propone es una especie de “reportaje de los sueños”.

Friedrich, por el contrario, nos ofrece una realidad que no tiene nada de absurdo o incongruente, antes bien, es perfectamente plausible, pero justamente por ello más torva, más inquietante.  Lo humano está siempre presente, en el seno de una naturaleza ominosa y desolada, que lo aplasta, lo torna insignificante y casi liliputiense.

La naturaleza de los pintores prerrománticos era con frecuencia idílica, bucólica, un locus amoenus.  Algo muy diferente nos propone Caspar David Friedrich, el poeta de la ausencia.  El énfasis está aquí puesto en el pathos de la soledad, en la indefensión metafísica, en el abandono del ser humano en un mundo donde cada objeto parece ser signo de algo más, un mundo que –diríase– lo observa “con miradas familiares” (Baudelaire: “Correspondances”: Les Fleurs du Mal).  David Friedrich es el inquietante animismo que palpita en “Les vers dorés” de Nerval (Les chimères), “El Pájaro Profeta” de Schumann (Waldzsenen), guiño de ojos hacia la lunar poesía de Aloysius Bertrand… Un artista insular, completamente diferente de todos sus contemporáneos, aun de Turner, con el que alguna vez se le ha comparado.

 

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Ignoro qué elementos plásticos y técnicos aportó a la historia de la pintura, pero de lo que sí estoy seguro es de que con él una nueva, inusitada estética comienza a afirmarse.  Una poética de la imagen de todo punto inédita.  Una nueva valoración del vacío pictórico y del silencio.   El hombre retratado en estado de intemperie metafísica.  Todo en su pintura parece interpelarnos, todo tiene un alma, todo nos propone un enigma, un acertijo en torno a la condición humana.  Si el espectador interroga el cuadro, esto lo interroga a aquel de manera mil veces más intensa, más sibilina.

 

En el Caminante junto a un mar de nubes Friedrich elimina el plano intermedio entre su personaje y el abismo que contempla.  Con ello nos sume en el vértigo: nos embarga la sensación de que podría irse de cabeza, precipitarse en él en cualquier momento.  La Nada –las nubes– se nos hace inmediata, inminente, no la atenúa distancia alguna.  Un paso más, y el caminante caerá en esa sima que lo contiene y, en cierto modo, lo succiona.  Nos da la espalda: no sabe que él mismo es parte del paisaje, que este lo trasciende, lo contiene y aplasta.  ¡Dura concepción de la posición del ser humano en el cosmos, paisajismo metafísico, el hombre librado a fuerzas que lo pigmeízan, que lo sobrepujan infinitamente!

 

Pero bien pude haberme ahorrado el ditirambo.  La verdad sea dicha, la más profunda y genuina razón que puedo invocar para lanzarme en esta innecesaria apología es: amo su pintura.  Nada más tiene ninguna importancia.  “¡Todo lo demás es literatura!” –hubiera dicho Verlaine.

 

 

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