Espiritualidad, tecnología y humanismo

Espiritualidad, tecnología y humanismo

Mario Granados Chacón, investigador académico y docente universitario.

 

Cuanto más inteligentes son las máquinas, más urgente es recuperar la sabiduría humana

 Vivimos una de las vicisitudes más profundas de la historia. La tecnología ya no se limita a modificar nuestras herramientas de trabajo, comunicación o producción. Ha ido mucho más allá. La inteligencia artificial ha comenzado a intervenir en ámbitos que durante siglos hemos considerado sustancialmente humanos: el lenguaje, la creatividad, la educación, la investigación e incluso la toma de decisiones.

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La encíclica Magnifica Humanitas – del Papa León XIV -ubica la dignidad de la persona en el centro de esta cuestión. No obstante, su propuesta no consiste en rechazar la tecnología, sino en advertir que el progreso pierde su verdadero sentido cuando se aleja de la responsabilidad moral, de la dignidad humana y de la búsqueda del bien común.

 

El asunto – por tanto – no es si debemos aceptar o rechazar la inteligencia artificial. La pregunta concluyente será entonces otra: ¿seremos capaces de utilizar una tecnología cada vez más poderosa sin perder la capacidad de preguntarnos para qué queremos utilizarla? La inteligencia artificial puede analizar enormes cantidades de información, elaborar textos, reconocer patrones, traducir idiomas, generar imágenes y hasta apoyar investigaciones científicas. Sin embargo, cuanto más inteligentes se vuelven nuestras herramientas tecnológicas, mayor es la necesidad de desarrollar la sabiduría de quienes las utilizan.

 

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La inteligencia artificial puede responder con eficacia al “cómo”, pero el “para qué” continúa siendo una pregunta esencialmente humana. Podemos construir sistemas capaces de calcular con pasmosa precisión, pero ninguna herramienta tecnológica puede asumir por nosotros la responsabilidad moral de nuestras decisiones.

Logra ofrecer alternativas, pero no sustituir nuestra conciencia. Consigue producir información, pero no conferirle por sí misma un sentido existencial. En tal perspectiva, el progreso tecnológico no debería medirse únicamente por aquello que somos capaces de hacer, sino también por aquello que decidimos no hacer porque reconocemos límites éticos que deben ser respetados.

 

Ética y espiritualidad en el desarrollo de la IA

 

Uno de los grandes riesgos de la sociedad digital es reducir la realidad a mera información. Vivimos rodeados de cifras, perfiles, algoritmos, estadísticas y sistemas de clasificación. El individuo  puede terminar convertido en un conjunto de datos sobre sus hábitos, preferencias, búsquedas y comportamientos, aunque estar al tanto de los datos de una persona no encarna conocer a la misma. Una biografía no es una base de datos. Una amistad no es una conexión digital. El dolor no puede reducirse completamente a una estadística. El amor no es un algoritmo. La esperanza no es una variable cuantificable.

 

En este punto adquiere especial importancia la espiritualidad. La misma nos recuerda que la persona posee una profundidad que no puede ser agotada por sus expresiones externas. El ser humano no es solamente aquello que produce, consume o publica; es asimismo, aquello que ama, sufre, recuerda, perdona, espera y busca. La espiritualidad- ciertamente – no establece una fuga de la realidad tecnológica. Todo lo contrario: resulta una manera de recuperar la dimensión de profundidad necesaria para vivirla con responsabilidad.

 

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Y, este desafío alcanza directamente a la educación. Durante mucho tiempo la escuela estuvo orientada a transmitir información. Pero la inteligencia artificial alcanza acceder, organizar y producir información a una velocidad muy superior a la humana, por lo que la educación del futuro no puede limitarsea enseñar contenidos. Debe enseñar a pensar.El estudiante necesita aprender a formular preguntas, verificar fuentes, identificar manipulaciones, reconocer sesgos, distinguir hechos de opiniones y utilizar de manera crítica las herramientas digitales.

 

Asimismo, el propio pensamiento crítico tampoco es suficiente. Una persona puede ser técnicamente competente y utilizar sus conocimientos para perjudicar a otros. De ahí la necesidad de integrar conocimiento, pensamiento crítico y formación ética. Además, se hace necesario incorporar una cuarta dimensión: la espiritualidad, entendida como capacidad de preguntarse por el sentido y por las consecuencias humanas de nuestras acciones.

 

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Por otra parte, existe otro fenómeno neurálgico: la pérdida de interioridad. Concurrimos permanentemente conectados, recibiendo mensajes, imágenes, noticias y opiniones. La cultura digital favorece la inmediatez y dificulta los espacios de silencio. Sin embargo, la reflexión necesita tiempo. El pensamiento crítico requiere distancia. La conciencia necesita interioridad. Cuanto más acelerada se vuelve la tecnología, más necesario resulta recuperar la capacidad de detenerse: para pensar, escuchar, dudar y discernir. La espiritualidad puede convertirse así en una forma de resistencia frente a la tiranía de la velocidad.

 

La alternativa no consiste – entonces – en detener el desarrollo tecnológico. Es cierto que la humanidad requiere ciencia, innovación e inteligencia artificial para enfrentar problemas complejos y mejorar las condiciones de vida. Pero requerimos una tecnología humanizada: una tecnología que no convierta a la persona en instrumento; una educación que no confunda información con sabiduría; una política que no entregue decisiones fundamentales a sistemas opacos y una inteligencia artificial sometida a principios éticos orientados a la dignidad y al bien común.El mayor riesgo no es que las máquinas se equivoquen, sino más bien, que los seres humanos dejemos de asumir la responsabilidad de nuestras decisiones porque “así lo estipuló el algoritmo”.Las máquinas pueden ayudarnos a decidir, pero no deben sustituir nuestra propia responsabilidad de decisión.

 

La humanización de la tecnología

 

La humanidad posee hoy herramientas maravillosas para transformar el mundo. Pero precisamente por ello debe preguntarse ¿qué clase de mundo queremos construir? De hecho, la inteligencia artificial puede ser una de las grandes conquistas de nuestra civilización si permanece al servicio de la persona. Para ello necesitamos algo que ninguna máquina puede proporcionarnos: sabiduría moral.

 

Podemos crear herramientas tecnológicas capaces de aprender, pero todavía necesitamos aprender nosotros a vivir. Podemos multiplicar la información, pero debemos distinguirla de la sabiduría. Podemos conquistar velocidades extraordinarias, pero necesitamos recuperar el valor de la pausa. El verdadero desafío no será – de tal manera – conocer si las máquinas llegarán a ser más inteligentes. Será saber si nosotros seremos suficientemente humanos para utilizar con talento esa inteligencia.

 

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He ahí el llamado más profundo que surge del pensamiento del Papa León XIV: no detener el progreso, sino humanizarlo; no rechazar la tecnología, sino ponerla al servicio de la persona; no temer a la inteligencia artificial, sino acompañarla con conciencia crítica, responsabilidad ética y una profunda espiritualidad. Porque – finalmente – la pregunta decisiva no será qué tan inteligentes llegaron a ser nuestras máquinas. Será si nosotros fuimos capaces de permanecer humanos.

 

Ahí comienza la verdadera tarea de nuestro tiempo: no competir con las máquinas en aquello que ellas hacen mejor, sino preservar aquello que nos hace irreemplazablemente humanos.

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