Federico Paredes, analista agroambiental.

No tenemos dudas de que la tecnología agrícola, al incorporar el uso de plaguicidas en los diversos cultivos, ha facilitado la producción de alimentos en un mundo cada vez más necesitado de estos.
El gran problema no es el uso, sino el abuso de estas sustancias en un afán casi maquiavélico de generar más productos alimenticios.
Es imposible tener los cultivos en una especie de burbuja de inocuidad o de prevención ante las interacciones múltiples de los ecosistemas. De ahí que los monocultivos como el banano, la piña, el maíz o el trigo se convierten en desiertos ecológicos.

Hay un hecho científico desarrollado por investigadores de la Universidad de Virginia Tech de EUA, que ha determinado que el herbicida sistémico glifosato, de amplio espectro y ampliamente aplicado a nivel planetario, altera la química cerebral de las abejas y reduce su capacidad de recolección de polen.
Durante varias décadas se sostuvo la premisa de que el glifosato resultaba inofensivo para la fauna polinizadora, debido a que los insectos no poseen la enzima vegetal específica sobre la que actúa el químico, para eliminar las malas hierbas.
No obstante, un equipo de neurobiólogos y entomólogos de Virginia Tech logró demostrar que este pesticida incide y altera de forma directa la función cerebral de las abejas melíferas (Apis mellifera).
Después de tres días de exposición a dosis encontradas habitualmente en el campo, las abejas mostraron alteraciones metabólicas en sus neurotransmisores cerebrales y redujeron su recolección de néctar en un 13%, lo cual puso en evidencia que la inocuidad del químico es realmente un mito superado por la ciencia neuroconductual.

Esta caída de un 13% en la eficiencia de forrajeo o búsqueda de alimentos, limita el flujo de alimento entrante a la colonia, debilitando el equilibrio nutricional de la colmena.
Además, esta investigación registró cambios medibles en las sustancias químicas cerebrales que regulan el comportamiento, el aprendizaje espacial y la memoria operativa de estos insectos.
A nivel comunitario, esta disfunción individual compromete la producción global de miel, ralentiza la polinización de cultivos y amenaza la supervivencia del enjambre en el largo plazo.
El estudio destaca que un químico no necesita matar al insecto al instante para poner en peligro a toda la especie; basta con alterar sus capacidades cognitivas básicas.
El informe técnico presenta un análisis neurobiológico y eco-toxicológico exhaustivo sobre los efectos subletales de la exposición crónica al glifosato en polinizadores clave. Evaluando la ruta metabólica y el comportamiento del forrajeo en colonias controladas, el grupo de investigación de Virginia Tech logró aislar los mecanismos neuroquímicos que vinculan la ingesta de trazas del herbicida con la degradación de la conducta colectiva.

Lo más notable del estudio radicó en cuantificar los niveles de neurotransmisores en el tejido cerebral de las abejas, mediante una técnica conocida como espectrometría de masa de alta precisión (EMAP), correlacionando simultáneamente estos datos moleculares con el seguimiento individualizado del comportamiento en campo.
Los resultados mostraron una desregulación en la síntesis de unas sustancias conocidas como aminas biógenas fundamentales, para el procesamiento sensorial y la movilización, lo que explica por qué los insectos expuestos pierden eficiencia al querer localizar y retornar con el néctar.
Un aspecto crucial que se debe anotar es la invalidez de los criterios de evaluación de riesgos químicos tradicionales, los cuales solían basarse únicamente en la mortalidad directa a corto plazo (DL50).
Esta investigación evidencia que los efectos subletales de carácter neuroconductual son capaces de desestabilizar la arquitectura social de los insectos eusociales, es decir, los que tienen un alto nivel de organización social, provocando el colapso paulatino de la colmena, sin necesidad de un envenenamiento agudo inmediato.

Finalmente, los autores de Virginia Tech enfatizan la urgencia de reevaluar las normativas globales sobre el uso de plaguicidas agrícolas. El descubrimiento fundamenta que proteger la seguridad alimentaria y los servicios ecológicos de la polinización, exige incorporar pruebas de neurotoxicidad conductual en los protocolos de aprobación de agroquímicos a escala internacional.
En Costa Rica, el MAG permite la aplicación del glifosato en entornos agrícolas solo con la recomendación técnica de especialistas en agronomía; está prohibida por el MINAE su uso en todas las áreas protegidas (parques nacionales, reservas biológicas, santuarios de vida silvestre, corredores biológicos) y no autorizada por el Ministerio de Salud en parques urbanos, sitios de deportes, áreas verdes de centros educativos y entornos similares.
Lo ideal es que del todo este herbicida no se aplicara en nuestro país, dada su lesividad en el metabolismo de las abejas y que la ciencia avanzara hacia la síntesis de una molécula que no generara estos problemas a lo interno de los insectos benéficos.

Lo cierto es que estos maravillosos insectos siguen cumpliendo un rol fundamental en la naturaleza y no debemos ni podemos “hacernos de la vista gorda” en cuanto a su estabilidad integral. Así nos aseguraremos de que la labor polinizadora continuará, en beneficio de la humanidad y de los frágiles ecosistemas. Es hora de ir “amarrando” disciplinas y actitudes para tener un mundo más equilibrado y justo.