La gripe rusa, la gran pandemia de la era moderna

La gripe rusa, la gran pandemia de la era moderna

Sarah Romero, National Geographic.

 

Hace más de un siglo, una letal enfermedad respiratoria paralizó el mundo en cuestión de meses gracias a las nuevas redes de ferrocarril.

No era la primera vez que la humanidad se enfrentaba a una plaga, pero sí era la primera vez que el enemigo viajaba en tren. Fue la primera gran pandemia de la era moderna.

Coronavirus | La “gran gripe rusa”: la primera pandemia en un mundo interconectado cuyo origen sigue siendo un misterio - BBC News Mundo

En 1889 los periódicos informaban de una misteriosa enfermedad que avanzaba implacable por Europa. Tal fue el miedo, que se decidieron cerrar fábricas y vaciar las escuelas ante el colapso de los hospitales.

Para los ciudadanos de finales del siglo XIX, este escenario apocalíptico se hizo realidad con la llamada «gripe rusa», ya que, en apenas unos meses, el patógeno infectó a cerca del 60 % de la población en las grandes urbes y se cobró la vida de, aproximadamente, un millón de personas en todo el mundo.

No era la primera vez que la humanidad se enfrentaba a una plaga, pero sí era la primera vez que el enemigo viajaba en tren. Fue la primera gran pandemia de la era moderna.

El brote original se documentó en mayo de 1889 en Bujará, una bulliciosa ciudad comercial en el actual Uzbekistán, entonces bajo el protectorado del Imperio ruso. En épocas anteriores, una epidemia en Asia Central habría tardado años en cruzar los continentes; sin embargo, el mundo había cambiado y las potencias europeas contaban ya con unos 200.000 kilómetros de vías férreas. Por si esto fuera poco, los buques de vapor cruzaban el Atlántico en menos de seis días. El mundo estaba más conectado que nunca.

Así que el virus se subió al recién inaugurado ferrocarril Trans-caspio para ver mundo y, para el mes de octubre, la enfermedad ya asolaba San Petersburgo y Moscú. Solo unas semanas después, había alcanzado Berlín y París y en diciembre, cruzó el océano hasta Nueva York y, poco después, llegó a Buenos Aires, India y Australia.

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¿Por qué cayeron primero los trabajadores esenciales?

Al igual que ocurrió con la COVID 19 (aunque esta fuera un coronavirus), la pandemia de 1889 golpeó primero a los trabajadores esenciales. Los informes médicos de la época, como los del King’s College de Londres, detallan cómo los carteros, los telegrafistas, los conductores de tranvías y los empleados de banca fueron los primeros en caer enfermos.

La razón era que sus trabajos los obligaban a interactuar directamente con muchas personas o a manipular correspondencia y mercancías procedentes de zonas infectadas. En ciudades como Cardiff o Londres, las oficinas de correos quedaron diezmadas.

Durante más de un siglo, la comunidad científica asumió que la pandemia fue causada por una cepa del virus de la influenza A(se especuló con los subtipos H2N2 o H3N8). Sin embargo, los síntomas descritos en los periódicos y registros médicos de la época, como los diarios de Poznań o los archivos de París, presentaban un cuadro clínico inusual para una gripe convencional.

Los pacientes no solo sufrían fiebre alta y tos, sino también erupciones cutáneas, problemas gastrointestinales, fatiga extrema prolongada y, sorprendentemente, pérdida del gusto y del olfato. Además, la curva de mortalidad tenía forma de «J»: mataba abrumadoramente a los ancianos, dejando a los niños relativamente a salvo (a diferencia de la gripe española de 1918, que tuvo una curva en «W», matando a jóvenes adultos).

Más allá del debate virológico, la gripe rusa transformó la salud pública. Como señala el Instituto Nacional de Estudios Demográficos de Francia (INED), esta crisis supuso un punto de inflexión en la epidemiología.

Fue la primera vez que se utilizó el cálculo de «exceso de mortalidad» para comprender el verdadero impacto de una enfermedad, una herramienta que ha sido nuestra brújula durante nuestra pandemia más reciente.

La gripe rusa nos enseñó que, en un mundo tan conectado como el nuestro, las fronteras son invisibles para los patógenos. Las crónicas de 1889 y nuestra propia experiencia hace no demasiados años, nos recuerdan que la historia de la ciencia y la medicina es, en el fondo, un ciclo continuo de aprendizaje (y de supervivencia, claro está).

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