Responsabilidad ética y educativa frente a la inteligencia artificial

Responsabilidad ética y educativa frente a la inteligencia artificial

Mario Granados Chacón, investigador académico y profesor universitario.

 

Educar para que la tecnología desarrolle la inteligencia humana sin sustituir su libertad

La inteligencia artificial se ha convertido en una realidad cotidiana. Está presente en la educación, la investigación, la economía, la comunicación y en múltiples actividades diarias.

Su capacidad para procesar información, reconocer patrones, generar contenidos y resolver problemas está modificando nuestra relación con el conocimiento.

Pese a ello, toda innovación tecnológica plantea una pregunta que va aún más allá de la misma tecnología: ¿qué responsabilidad tenemos los seres humanos frente a aquello que hemos creado?

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La respuesta no resultará exclusivamente en aprender a utilizar nuevas herramientas. La inteligencia artificial esboza un desafío básicamente ético y educativo, el cual nos obliga a recapacitar el indiscutible significado de aprender, pensar, crear y decidir en un tiempo en la que las máquinas pueden producir – en instantes –  respuestas que antes exigían varias horas o días de trabajo.

Así, uno de los mayores riesgos no está precisamente en que las máquinas sean cada vez más inteligentes, sino en que los seres humanos se acostumbren a facultar en ellas portes que deberían continuar desarrollando por sí mismos.

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En el momento en que una herramienta puede escribir un texto, sintetizar un libro o resolver algún problema, se produce la tentación de sustituir el propio esfuerzo intelectual por la comodidad tecnológica.

Así las cosas, el problema no está en utilizar la herramienta como tal, sino en dejar de desarrollar las capacidades que permiten utilizarla de manera responsable.

En tal dirección, la tecnología puede facilitar respuestas, pero no es capaz de determinar cuáles son las preguntas fundamentales. Consigue ofrecer alternativas, pero no alcanza asumir nuestra responsabilidad moral. Logra organizar enormes cantidades de datos, pero es función inherente al ser humano interpretar su significado y decidir qué hacer con ellos. Por eso, la responsabilidad frente a la inteligencia artificial comienza por reconocer que la eficiencia no es sinónimo de sabiduría.

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La eficiencia no es sinónimo de sabiduría.

Dicho escenario obliga a revisar el papel fundamental de la educación. Durante siglos, los sistemas educativos estuvieron orientados – en gran medida – a transmitir información y a desarrollar habilidades para acceder al conocimiento.

Hoy, la información se encuentra disponible en cantidades prácticamente ilimitadas y puede ser procesada por sistemas artificiales con extraordinaria rapidez.

Ya no basta – entonces – enseñar a localizar información. Resulta necesario e ineludible meter en la cabeza la forma de distinguir información de conocimiento, conocimiento de comprensión y comprensión de sabiduría. Un estudiante puede utilizar perfectamente una herramienta de inteligencia artificial y sin embargo, carecer de pensamiento crítico. Logra recibir una respuesta convincente sin comprobar si es verdadera, o presentar un texto impecablemente redactado sin haber comprendido realmente el problema.

Por ende, el objetivo educativo no debe ser formar usuarios dependientes de la inteligencia artificial, sino personas capaces de utilizarla sin renunciar a su autonomía intelectual.

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Por otra parte, debe cambiar la función y el ejercicio del docente. Si una máquina puede proporcionar información de forma inmediata, el educador deja de ser exclusivamente un transmisor de contenidos, ya que su ministerio adquiere una dimensión más profunda, cual es enseñar a pensar, dudar, preguntar, contrastar, interpretar y discernir.

El maestro debe ayudar al estudiante a comprender que una respuesta bien redactada no siempre es verdadera, que una información abundante no siempre es relevante y que una tecnología poderosa no necesariamente produce decisiones correctas.

El maestro del futuro tendrá que ser –un día siy otro también – formador de criterio y sensatez.

En lugar de competir con la inteligencia artificial, la educación ha de desarrollar aquellas integridades que ningún instrumento puede sustituir plenamente: la conciencia, la responsabilidad, la sensibilidad moral, la capacidad de deliberación y el sentido humano de nuestras decisiones. La expansión de la inteligencia artificial plantea–de la misma manera -interrogantes sobre privacidad, sesgos algorítmicos, manipulación de información, propiedad intelectual, discriminación y responsabilidad por decisiones automatizadas.

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De ahí la apremiante necesidad de una ética de la inteligencia artificial. No todo lo que puede hacerse tecnológicamente debe hacerse y ejecutarse. La posibilidad técnica necesita estar acompañada -sostenidamente – por una evaluación moral ya quela innovación no puede convertirse en un valor absoluto.

La dignidad humana debe constituir el principio y el fin de toda innovación tecnológica. Uno de los grandes objetivos de la educación siempre ha sido formar personas libres, adquiriendo esa finalidad especial escala en la era de la inteligencia artificial.

Y así, la libertad no consiste solamente en tener acceso a una enorme cantidad de información. Es– además – la capacidad de pensar sobre ella, cuestionarla y tomar decisiones con responsabilidad, demostrando que la alfabetización digital ya no es suficiente. Resulta necesario una alfabetización algorítmica y ética, que nos permita comprender cómo funcionan estos sistemas, cómo hemos de reconocer sus limitaciones, identificar posibles sesgos, verificar sus resultados y comprender que detrás de cada tecnología existen decisiones humanas e intereses determinados.

En tal sentido, la educación debe formar ciudadanos capaces de convivir con la tecnología sin convertirse en subordinados de ella.

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La inteligencia artificial nos coloca ante un enorme desafío: cuanto más capaces se vuelven las máquinas de producir respuestas, más importante resulta que los seres humanos aprendamos a formular preguntas. Cuanto mayor sea nuestra capacidad tecnológica, mayor deberá ser nuestra responsabilidad ética y moral.

El gran reto educativo no consiste – por tanto – en instruir a secas la utilización de la inteligencia artificial, sino en enseñar a vivir de manera responsable e inteligente en un mundo transformado por ella.

Asimismo, la educación tendrá que defender aquello que ninguna revolución tecnológica puede volver obsoleto y que son – precisamente – facultades y privilegios exclusivamente humanos: la capacidad de pensar, la libertad de decidir, la búsqueda de la verdad, la solidaridad y el amor, la creatividad y la auténtica responsabilidad frente al otro.

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En conclusión, la inteligencia artificial puede transformar radicalmente nuestro futuro. Pero no puede decidir qué futuro queremos. Esa decisión seguirá siendo profundamente humana.

Y esencialmente por eso, frente a la inteligencia artificial, educar no es solamente instruir en el uso de una nueva tecnología, es enseñar a conservar la condición humana en medio de ella, en la perspectiva del conjunto total de experiencias, límites y características de la vida de las personas que le dan sentido a la existencia.

 

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