Federico Paredes, analista agroambiental.

A lo mejor, un deseo genuino de cada uno de nosotros sería poseer nuestra propia parcela de bosque.
Este ánimo fue justamente el que impulsó a muchos de los estadounidenses que llegaron a colonizar la zona de Santa Elena de Puntarenas, poco después de la Segunda Guerra Mundial.
Querían un refugio en estrecho contacto con la naturaleza, alejado del “mundanal ruido”, sin las típicas y molestas contaminaciones visual, auditiva o automotora de las ciudades y pueblos.

Así fue como le dieron forma a la muy conocida y mundialmente reconocida: reserva de Monteverde, tanto que este nombre superó con creces a la vernácula Santa Elena.
Por supuesto, el deseo de estar en contacto con la montaña, con ese lago o con ese río enfrente, tiene su costo al no tener acceso a tiendas de suministro o a servicios de emergencia. No todo puede ser perfecto.
En Costa Rica, los colonizadores de la zona de Los Santos experimentaron esa sensación de besar cada día aquellos bosques pletóricos de vida silvestre. Hoy le han sacado provecho a la presencia del ave más linda de Mesoamérica, el quetzal conocido como (Pharomachrus mocinno), para facilitar su avistamiento, tanto por parte de turistas nacionales como del exterior.
Allá por 1973, Antonio Vicente se dedicó a sembrar, en su propiedad, 50.000 árboles para poder contrarrestar el avance de la agricultura en el país más grande de Sudamérica.
En la actualidad, con sus más de 83 años este brasileño vive en su propia selva.
Cuando Antonio decidió comprar un terreno para reforestar, tanto sus familiares como amigos, lo tacharon de loco, a lo que él les decía que los frutos que comía eran porque alguien pensó en plantarlos para que él pudiera disfrutarlos.
El desestimulo de quienes lo conocían se tradujo en hacerle un vaticinio negativo: «No vas a poder comer los frutos, porque esa planta tarda 20 años en producirlos”. A lo que el les decía: ‘Voy a sembrar estas semillas, porque alguien plantó lo que estoy comiendo ahora. Así que, igual yo, las plantaré para que otros las coman», aseguró este hombre, con gran satisfacción.
En ese año (1973), el gobierno brasileño otorgó créditos para invertir en tecnología agrícola, con el fin de reactivar la agricultura, pero en realidad lo que él quería era recuperar el bosque.
Con ese dinero, compró 30 hectáreas en una zona alejada, a 200 kilómetros de la capital industrial de Brasil, São Paulo.
Con una no disimulada tristeza, Antonio recordó que cuando era niño, los campesinos cortaban los árboles para crear pastizales y para producir carbón. Todo esto por desconocimiento, más que por ignorancia. “El agua se secó y ya no regresó”. “Yo pensé: el agua es valiosa, nadie fabrica agua y la población no deja de crecer”. Entonces se planteó la inquietante pregunta “¿Qué va a pasar? Nos vamos a quedar sin agua”, añadió.

Sin embargo, él estaba convencido de que cambiaría el mundo, razón por la cual no le importó vivir debajo un árbol y tomar agua de un río, rodeado de zorros y conejos. «Pero nunca tuve hambre. Comía emparedados de banano al desayuno, almuerzo y cena».
Ahora, con su avanzada edad, Antonio ha logrado tener su hogar en una selva.
Cuando él llegó en 1973 a esos parajes, no había nada. Era todo un pastizal. Y manifiesta con orgullo: “Mi casa es más hermosa que lo que ves aquí, pero hoy no podrías tomar fotos desde ese ángulo porque la tapan los árboles, que son tan grandes.
Hay tucanes, todo tipo de aves, un gran roedor llamado paca (Cuniculus paca), -conocido en Centroamérica como tepezcuintle-, ardillas, lagartijas, monos, zarigüeyas, e incluso están regresando los jabalíes. Tenemos un pequeño jaguar y un ocelote, ¡que se come todas las gallinas!», le expresó Antonio a un visitante.

Quizás no todos podremos tener nuestra propia selva, pero sí podemos disfrutar en nuestro país, de los parques nacionales, los refugios de vida silvestre, las reservas biológicas y todas aquellas áreas protegidas tanto en el esquema del SINAC como las que están dentro de la Red Costarricense de Reservas Naturales (RCRN).
Esa sería una excelente forma de conmemorar el Día de los Parques Nacionales que es el 24 de agosto de cada año.
Podemos imaginar la gran satisfacción de Antonio al ver esa masa forestal y a las muy numerosas criaturas que deambulan por el piso del bosque, por las ramas y por los aires de su tropical bosque brasileño. Ojalá todos pudiéramos imitar su esfuerzo y su dedicación conservacionista.
