El caballero de Dürer

El caballero de Dürer

Jacques Sagot, Revista Visión CR.

 

Como el caballero de Albrecht Dürer, firme, altivo, sereno, avanzando por el Valle del Dolor y atisbado por la Muerte y el Diablo.  Conmovedora alegoría del heroísmo silente, íntimo, que rehúsa los aspavientos y los ademanes melodramáticos.

El grabado es de 1513, y es una de las cosas más bellas sobre las que mis ojos se han posado.

Emblema de todo cuanto yo quisiera ser.

Pero si yo no soy el caballero de Dürer, sí lo es mi amigo Oscar Arias, y eso me basta.

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Vigilado, espiado por sus enemigos que le tienden sus oscuras acechanzas.  Pero él no se arredra: es la ética del guerrero enfundado en su metálico uniforme de combatiente, de paladín irrenunciable de sus grandes causas, blindado espiritualmente, avanzando a paso lento pero bien ponderado entre los monstruos y las zarzas de un paisaje desolado.

Sin jamás perder la calma, sin turbarse, sin dejar que la vorágine de torvas pasiones que su gesto suscita envenenen su alma.

Sigue adelante, siempre adelante, porque eso es lo que un caballero debe hacer.  Él lo sabe bien, siempre lo ha sabido.  Es la ética que ha sostenido toda su vida, es su verdadero corcel, su blasón, la más poderosa de sus armas.  Épico, diáfano, imperturbable.  Sigue adelante, sí, porque comprendió el decir del poeta Robert Frost: “En dos palabras puedo resumir todo cuanto he aprendido de la vida: sigue adelante”.  Keep going, sí, o como dijo también nuestro querido José Marín Cañas: “Nunca aflojar”, en un pequeño texto olvidado, que nadie debería dejar de leer.

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Todo cuanto rodea al caballero sobre él se cierne amenazante.  Es el reino de lo ominoso, del peligro, del riesgo que casi coagula en muerte, y la peor de las muertes concebibles: en medio de un paraje poblado por íncubos y monstruos reptantes.  Pero el caballero, sin ser temerario, sin menospreciar a sus acechantes, no duda, no vacila, no se echa para atrás.  La convicción, la pasión, el fuego sagrado de sus ideales son el viento que hincha sus velas y propulsa su nave a través de las más arriscadas latitudes.

Visito a Oscar un martes cualquiera (tal es el ritual que hemos establecido desde hace mucho tiempo), y lo encuentro lúcido y tan ecuánime como siempre.  Podría no estarlo: está siendo objeto de un linchamiento cibernético de esos que se han hecho tan populares en nuestro país: el gobierno de turno lo tiene en la mira, y con el menor gesto del presidente (¡que tanto querría ser dictador!) una armada de troles a sueldo, de mercenarios de la palabra, infecta las redes sociales con toda suerte de agresiones.

Es el modus operandi de las dos últimas administraciones: reinar por el terror, reinar mediante el odio y la ira.

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Gobiernos de la rabia, de la amenaza, de la persecución, del espionaje político, del rencor, de la fanfarronada, del triste agostamiento de nuestras libertades civiles, individuales y colectivas.  Así que mi amigo está, como San Sebastián, acribillado por miríadas de flechas lanzadas por cobardes, pigmeos intelectuales, y esbirros del actual gobierno.  Siervos menguados, prestos a acatar los mandatos del presidente con veleidades de tirano.

Sí, Oscar atraviesa la lluvia de fuego.  Lo comprendo, porque yo también he sido víctima de varios linchamientos cibernéticos.  A fin de cuentas, uno siempre sale ileso de estas crueles lapidaciones multitudinarias.  Ileso y lo que es aún mejor: fortalecido.

Oscar lee en su teléfono algunos de los escupitajos que le han sido dirigidos: sonríe, mueve la cabeza lateralmente, y se limita a decir, con pesadumbre pero sin amargura: “Es impresionante, la cantidad y calidad de tonterías que la gente puede decir en circunstancias como esta”.

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Mensajes escritos con atroz ortografía, sin puntuación, sin sintaxis, a duras penas inteligibles.  Todos portan las marcas de su zona de procedencia: la ignorancia, el odio y el prejuicio.  Pero el caballero de Dürer permanece sereno.  Como dice Lamartine en su poema “La muerte del lobo”: “Solo el silencio es grande, todo lo demás es debilidad”.

Ese silencio cuajado de significado, silencio de sabiduría, de coraje, de templanza.  No pierde Oscar los estribos, no deja que el pánico o la ira enfeuden su espíritu.  Es un viejo lobo de mar: ha arrostrado todas las tormentas, todos los tsunamis, todos los maelstroms del planeta.  No va a zozobrar, nunca ha zozobrado: las manos firmes sobre el timón, hará que el buque baile sobre las crestas de agua y drible las correntadas, cual el divino, poseso Garrincha eludiendo a sus rivales en el campeonato mundial Suecia 1958.  Es una nave bailarina, la de Oscar: danza con las olas, con los tifones, con los huracanes, y todo lo convierte en náutica coreografía.  Es “El barco ebrio” de Rimbaud, ese que el poeta adolescente soñara y que se convertiría en uno de los más bellos cantos de la lírica francesa.

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Me impresiona, me conmueve y me inspira, el aplomo, y la entereza de mi amigo.  Es mi modelo: debo procurar emularlo.  Bajo semejante diluvio de embestidas ad hominem cualquiera se arrugaría.  Pero el caballero de Dürer ha desafiado a la Muerte y al Diablo, y en su rostro no se lee la menor aprensión, la más mínima dubitación.

Sus rasgos demuestran absoluta concentración, y encarnan los cuatro valores fundamentales que los filósofos estoicos postulaban: sabiduría, valentía, justicia y templanza. La sabiduría nos permite discernir qué es bueno, qué es malo y qué es indiferente: es la facultad de sindéresis, la lucidez ética que nos guía por la senda del bien y nos aleja de los tentáculos del mal. En la práctica, implica saber qué cosas dependen de nosotros y cuáles están fuera de nuestro control para actuar con lógica y sentido común.  La valentía es esa cualidad ética que empuñamos para enfrentar el miedo, el dolor, el riesgo y la adversidad.  En la práctica no se trata de no sentir miedo (eso solo lo harían los imbéciles), sino de hacer lo que juzgamos correcto y mantener la integridad moral a pesar de las dificultades cotidianas.  La valentía no es la ausencia de miedo, sino la superación del miedo.  La justicia no es otra cosa que el compromiso de obrar con rectitud y equidad hacia los demás.  En la práctica significa actuar pensando en el bien común, tratar a cada persona con respeto y usar la propia posición para mejorar el nivel de bienestar de los demás.  Finalmente, la templanza es el autocontrol y la moderación ante los excesos.  En la práctica permite mantener el equilibrio entre el placer y el dolor, ayudando a dominar los impulsos y deseos nocivos.

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Estas cuatro virtudes fueron postuladas por los pensadores estoicos, Séneca, Epicteto y Marco Aurelio, hace casi dos milenios.  Epicteto fue esclavo, Marco Aurelio fue emperador: es una filosofía que beneficia tanto a los desposeídos como a los poderosos.  Oscar es, a su manera, un pensador, un político, un ser humano estoico, y es al amparo de esta filosofía que sabe escampar los blitkriegs de ataques concertados que los troles, bots y algunos desbrujulados ciudadanos le infligen.  In fine, la decencia no es otra cosa que el respeto por la integridad psicofísica del otro, del prójimo, de ese hermano que tanto se parece a nosotros, aun cuando a menudo prefiramos no verlo como tal.

El horror vacui de Dürer ha poblado el grabado de toda suerte de trasgos y endriagos.  El segundo plano es abigarrado y gótico: no hay un milímetro vacío.  Todo conspira contra el caballero, todo intenta amedrentarlo, todo busca el nervio expuesto que pueda pungir a fin de hacerlo batirse en retirada.  Solo su mastín y su corcel parecen secundarlo.  Hay en él mucho de Don Quijote.  Y pienso, pienso, pienso (¡lamentable vicio!) cuán bellamente quijotesca ha sido la peripecia vital de Oscar, cuán profundamente está su espíritu imbuido del soñador delirante de La Mancha.  ¿Ángel o demonio?  No lo sabemos.  Posiblemente ambos.  Kafka sostenía que el Quijote había operado como una especie de demonio en la chata vida del labrador Sancho Panza.  Pero los demonios pueden ser harto saludables, así como los ángeles ocasionalmente nos hacen perder la huella en el desierto o la selva inexpugnable.

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Oscar es un hombre endemoniado: sí, en el sentido más bello de la palabra: el eudamon de la paz lo volvió maravillosamente loco.  ¡Cómo echamos de menos este tipo de sagrada locura!  ¡Qué falta inmensa nos hacen los sublimes alucinados de antaño!  ¡Cuán gris y estéril suele ser la cordura, y cuán poliédrica y multiforme puede ser la locura!  Pero shhh… guardemos silencio: el caballero sigue avanzando entre las plantas erizadas de espinas y las bestias que lo acechan.  Que nuestra palabra no lo distraiga, que no lo arranque a la divina soledad de su martirio.

 

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