Adorable, monstruoso fauno

Adorable, monstruoso fauno

Jacques Sagot, Revista Visión CR.

¡Qué hacer con Debussy!  Se hizo llamar “Claude de Francia” durante la Primera Guerra Mundial.  Modificó su nombre: “De Bussy”, para que la partícula “De” le confiriera un rango nobiliario que jamás tuvo (era hijo de un modesto comerciante de porcelanas).  De Beethoven dijo: “antes que escuchar la Pastoral, prefiero ir a pasear al campo”.  De Massenet: “es el compositor preferido de las costureras”.  De Wagner: “¡ver vikingos con cuernos, pieles y lanzas vociferar en escena seis horas!  Wotan es irritante: mete a todo el mundo en líos y pretende solucionar sus embrollos con un aria final”.  De Saint-Saëns: “es el nombre mismo del sentimentalismo barato”.  De Liszt: “un falso genio”.  Exasperado por los amateurs y diletantes (“los que aman” y “los que se deleitan”, términos no peyorativos) creó “El Señor Corchea Anti-diletante”, cuyo humor punzocortante arremete contra las instituciones y prejuicios musicales.  ¿Cómo quererlo?  No sé si tal cosa es posible.  Pero amar su música, en cambio, es inexorable.  Un poeta de los sonidos –Töndichter, lo hubiera llamado Beethoven– inspirándose, que inventó un lenguaje musical inaudito, para su uso personal, y con ello fecundó una era.  No es exagerado decirlo: en materia musical, Debussy inventó el siglo XX.

Stravinsky, Bartók y Schönberg –la trinidad del modernismo– serían inconcebibles sin él.  Una ruptura cataclísmica en la historia de la música, punto de inflexión, advenimiento de una nueva estética: hay un “antes” y un “después” de Debussy.  ¿Hemos de pasar revista a sus innovaciones?  Cumplamos con el protocolo: escalas pentatónicas y de tonos; paralelismos de quintas, sétimas y novenas; reintroducción de los modos gregorianos; imitó el sonido del gamelang de Indonesia, que conoció en la Exposición Universal de París (1889), centenario de la Revolución Francesa; puntillismo donde el efecto de conjunto es resultado del detalle, de la pincelada infinitesimal; puso de relieve el “color”, la “textura” de la música, por encima de los parámetros privilegiados (contrapunto, polifonía); flexibilizó el ritmo, con frases asimétricas llenas de impredecibles acentos; creó –inspirándose en Músorgski– una ópera que consistía en un fluido melódico ininterrumpido, recitativoparlando y arioso permanente, desprovisto de las arias de rigor en este género; escritura pianística inédita, explorando los registros bajos y agudos como nadie lo había hecho; acumuló disonancias, frustrando deliciosa –y perversamente– la expectativa del oyente, que se queda anhelando la consonancia siempre prorrogada; ensanchó el universo armónico con secuencias de acordes que violan la “sintaxis” instituida en los conservatorios… reinventó la música, este enfant terrible que floreció durante la belle époque y murió con ella, el 25 de marzo de 1918, en el sótano de su casa, mientras los alemanes bombardeaban su país.  Fin de la “bella época”: al homo sapiens sucedía el homo demens de Edgar Morin.

Claude Debussy | Biography, Music, Clair de lune, La Mer, Death, Compositions, & Facts | Britannica

En 1917 Francia está devastada, y el invierno es inclemente.  Debussy vive con su tercera esposa y su adorada “chou-chou”, a quien dedica El rincón de los niños, “con las tiernas excusas de su padre por esta travesura”.  Corren peligro.  El abastecedor del pueblo le regala carbón para el calentamiento de la casa.  Debussy le obsequia una piecita para piano: La noche iluminada por el ardor del carbón, gema recientemente exhumada.  Unas paletadas de carbón por una obra maestra… buen trueque.  Hoy en día esta exquisita miniatura se puede buscar e interpretar: pasó en el limbo de las obras inéditas durante casi un siglo.

He aquí, amigos y amigas, una “celebrity interview” que una periodista inglesa le hizo a nuestro compositor.  Entrevista “ping pong”, de respuestas rápidas y concisas.

–De no haber sido músico, ¿qué sería?

–Marinero.

–¿Su compositor predilecto?

–Palestrina.

–¿Sus poetas preferidos?

–Poe y Baudelaire.

–¿Su prosista favorito?

–Flaubert.

–¿Pasatiempo?

–Leer, fumando tabacos complicados y exóticos.

–¿Con cuáles faltas es más indulgente?

–Con las faltas de armonía.

–¿Virtud preferida en una mujer?

–El encanto.

–¿Virtud favorita en un hombre?

–La fuerza de voluntad.

–¿Su imagen del infierno?

–Tener demasiado calor.

–¿Su rasgo distintivo?

–Mi pelo.

–¿Su personaje histórico más aborrecido?

–Herodes.

–¿Su nombre predilecto?

–Depende de quién lo lleve.

–¿Qué piensa usted de la celebridad?

–Es un sufrimiento, una maldición.  Jamás la he buscado.  La desprecio.

–Háblenos de su vida.

–Ah no, no no: no me pida que le hable de mí.  Le suplico que no lo haga.  No: no fui un niño prodigio.  Pienso en ciertos músicos que hablan de su juventud, y siempre tienen la tendencia a adornarlo y fabularlo todo.  Nos dirán que hicieron esto o lo otro a la edad de diez u once años…  No, yo confieso que jamás escribí una ópera a los tres años y medio, y nunca dirigí una orquesta a los siete.  Y eso es todo.

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Debussy revela hondas verdades.  El mar ejerció sobre él infinita fascinación.  Como todos nosotros, recordó siempre el día en que descubrió el mar.  Deslumbramiento, perplejidad, hipnosis.  Lo adoró con devoción pagana.  Pensemos en El mar, y Sirenas, donde un coro femenino –tras el escenario– reproduce el canto obsesionante, peligroso al tiempo que irresistible, de las sinuosas criaturas.  Y su draconiana reflexión: “El mar está reservado para las sirenas: a los cuerpos feos y adiposos debería prohibírseles bañarse en él”.  Antipático, sí, y él –que distaba de ser Apolo– hubiera debido acatar su interdicción.  Pero amigos, amigas, ese coro de sirenas que vocaliza, sin texto, sobre la letra “A”, es mesmerizante…  Yo no habría resistido su magnetismo así me hubiesen amarrado al mástil de mi barco y hubieran cubierto mis oídos de cera.  Hasta el gran Odiseo habría sucumbido a él.  Por lo que a las “faltas de armonía” atañe, la respuesta es irónica: Debussy es el “ábrete sésamo” a la armonía del siglo XX, el transgresor por excelencia, que desoyó los mandatos de tres centurias y se emancipó de la tradición.

Debussy fue un “rebelde con causa”.  Un alumno díscolo.  Necesitaba absoluta libertad.  Toda férula pedagógica lo asfixiaba.  ¡Ah, sus pleitos con los profesores del Conservatorio de París!  Señores cejijuntos, con sus patriarcales barbas y mostachos doctorales.  Debussy se sentaba al piano, e imitaba grotescamente su pomposidad y engolamiento, divertía a sus compañeros con heterodoxas improvisaciones: ¿prohibidas las quintas paralelas?  ¡Pues organizaba una orgía de quintas paralelas e insólitas disonancias!  “Tocaba como un energúmeno, un poseso” –recuerdan sus condiscípulos–.

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Cabeza de fauno, mirada traviesa que horadaba la piel, capaz de profunda, mal disimulada languidez, humor implacablemente crítico, proclive al sarcasmo, hedonista, sensualista, y –por paradójico que parezca– un místico.  Solo un homo religiosus podría decir: “es obsceno aplaudir después de una obra musical.  Ante la belleza uno se arrodilla y guarda silencio.  ¿No sería vulgar vitorear un claro de luna, una puesta de sol, la aurora boreal?  Lo único que procede hacer en presencia de tales milagros es recogerse en la unción, y observar una actitud profundamente contemplativa.  En estos casos el aplauso es vulgar, procaz”.  No le falta razón, a Debussy, aunque como músico que soy, me perturbaría hondamente no generar así no fuese que el más discreto aplauso después de una interpretación.  Pero es cierto lo que dice nuestro compositor: la cima del gozo para un músico consistiría en lograr una ejecución tan poética, tan mística y espiritual, que el público quedase sobrecogido en el silencio, y el intérprete saliese del escenario discretamente, como un sacerdote que viene de oficiar su misa.  Es una fantasía que he cultivado durante toda mi vida.  No sucederá nunca, me temo.

Debussy era un poeta capaz de infundir a su música las gradaciones de color y atmósfera más sutiles y precisas.  Sus indicaciones alcanzan el fanatismo de la exactitud: “la melodía debe sonar lejana, extinguiéndose”; “la mano izquierda se reduce aquí a un murmullo”; “seco y puntiagudo, pero sin aspereza”; “con humor y desenfado, pero no indiferente”; “el sonido debe ir muriendo, sin por ello adoptar un tempo más lento”; “como una campana tañendo a través de la bruma”…  ¡Cuán lejos de los genéricos “adagio”, “allegro”, “moderato”!  Son tan puntillosas y constantes sus indicaciones de carácter, de atmósfera y de color, que yo –debo confesarlo– jamás me habría atrevido a tocar su música para él.  A veces encontramos varias de estas instrucciones dentro de un solo compás: ¡Debussy sabía con precisión satelital qué color e intensidad quería para cada nota de su música!

Reactivo a toda institucionalidad, ajeno al établissement musical, misantrópico, decía ser jardinero, para no verse asociado al gremio de los músicos.  Más próximo estuvo de los poetas (estudió piano con Mathilde Mauté, suegra de Verlaine; fue amigo de Louÿs y frecuentó esotéricos cónclaves poéticos: “los martes de Mallarmé”, celebrados en la casa de la Rue de Rome, París, por el gran poeta: la residencia se conserva intacta y está señalada por una placa que consigna preciosos datos sobre las reuniones de esta cofradía).  También se alió con los pintores Monet y Renoir.  Detestaba el gafete de “impresionista”: el término fue acuñado con un sesgo derogatorio para Impresión, sol naciente, de Monet.

Tres datos curiosos de Claude Debussy y obras recomendadas - Música Clásica Buenos Aires

Después de que Wagner hiciera de la ópera una experiencia metafísica, fatigado por un siglo de grandilocuente retórica germánica, Debussy propone: “La música debe, humildemente, tratar de causar placer”.  Y con deliciosa irreverencia intercala el Leitmotiv de “la muerte de amor” de Tristán e Isolda, en un jazzístico cake-walk que pareciera decirnos: “es hora, amigos, de tomar la vida más ligeramente”.  ¿Hay algo más serio que morirse por amor?  ¡Pues él pone a una muñequita, tomada de la caja de juguetes de “chou-chou”, a bailar sobre el tema en cuestión!  Realmente, uno de los más señeros méritos de Debussy fue devolverle a la música el sentido del humor, la ironía, después de un siglo de patetismo exorbitado.

La  música de Debussy fue hecha para soñar, no para tocar.  Poeta de la piel, las sensaciones, los aromas, niño juguetón, rebelde, le devuelve a la música su “cuerpo”, la sonrisa cálida y benévola, luego de un siglo que lloró demasiado, y exhibió su dolor con gesticulante énfasis.  Hay melancolía en Debussy, pero entre las lágrimas sonríe, o si lo prefieren, llora en medio de la risa.  Música de intersticios, de entreluces, crepuscular, dolor velado con exquisito pudor, sin patéticos aspavientos.  Un visionario que no se limitó a entrever la tierra prometida: la habitó, y fundó en ella mil “mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón” (Machado).  No solo fue Moisés, sino que también hizo las veces de Josué.  Señaló la dirección en que la música iba a evolucionar, pero también residió en su nueva, inédita comarca musical.

Basta escuchar los compases iniciales del Preludio a la siesta de un fauno (el solo de la flauta), inspirado por el poema homónimo de Mallarmé, para percatarse de que la música ha entrado en una nueva fase evolutiva.  En esa soñadora, sensual, vagarosa melodía, tenemos ya el germen de todo Stravinsky, Schönberg y Bartók.  Los camorreros y buscapleitos de este mundo han sostenido que Ravel no apreciaba a Debussy.  ¡Falso, falso, una y mil veces falso!  Lo adoraba a tal punto, que estipuló que para sus exequias se ejecutase precisamente el Preludio a la siesta de un fauno, que calificó como “la única obra absolutamente perfecta en la historia de la música”: ¡no es poco decir, amigos y amigas, y viniendo de quien viene, la aseveración debe ser tomada muy en serio!

Debussy: Preludio a la siesta de un fauno – Conciertos en el Auditorio Miguel Delibes

Por cierto, Nureyev recreó la coreografía original de Vaclav Nijinski que fue presentada en París en 1912.  Sobre esta efeméride, nos dice la revista Ballet, de 2005: “El Preludio a la siesta de un fauno provocó un escándalo mayúsculo cuando fue ejecutado por primera vez, por su erotismo explícito y su radical apartamiento de la tradición del ballet clásico.  La coreografía creada representaba un aspecto de bajorrelieve griego animado, en donde las bailarinas debían desplazarse con el pie al suelo, posando primero el talón y terminando el movimiento en los dedos, en total oposición a las reglas clásicas enseñadas hasta entonces.  Los pocos elegidos debían ubicar el cuerpo de frente al público, la cabeza  y los miembros de perfil, los brazos mantenidos en posiciones angulares diversas.  El telón del Teatro del Châtelet se levantó ante un público sorprendido a la vista del bellísimo decorado de León Bakst –un lago bordeado de árboles en el medio del cual se encontraba Nijinski con su malla cubierta de figuras de animales con manchones, y las ninfas vestidas con túnicas plisadas, pelucas doradas y pies desnudos–.  Nijinski arrancó gritos y abucheos utilizando el chal como si estuvieran filmando una película erótica.  El gran escultor August Rodin mandó una encendida defensa a los periódicos: “Nijinsky es un genio; Diaghilev, otro; el Preludio es arte, y el que no esté de acuerdo un retrógrado”.

Esa versión, reproducida por el gran Nureyev, es accesible en Youtube.  No se la pierdan, amigos y amigas.  Apreten en sus computadoras los botoncitos que sea necesario apretar, y regálense a sí mismos este poema musical y dancístico.  El fauno es Nureyev, el poema es de Mallarmé, la música es de Debussy, y el montaje en su totalidad es obra del productor Serge Diaghilev, un pionero del moderno ballet, que también colaboró con Stravinsky, Prokofiev, Ravel, Falla, Poulenc, Glazunov, Satie, y muchos otros grandes maestros ubicados en la bisagra de los siglos XIX y XX.  Una sola cosa no le puedo perdonar: hacia el final de su vida le pidió al editor que elaboraba el catálogo de su opera omnia que eliminara el «Claro de Luna» de su Suite Bergamasque, por cuanto era una pieza de juventud, y no representaba la radical evolución hacia las vanguardias de su obra de madurez.  ¡Por las heridas de Cristo: el mundo no sería concebible sin este milagroso poema sonoro!  ¿Cómo puede un padre errar a tal punto en la evaluación de sus hijos?  Afortunadamente, el editor lo disuadió de tan nefaria idea,

Debussy es el alma misma de la música, que pasó por el mundo entre 1862 y 1918.  Corta visita –todos los milagros lo son–, pero indeleble y profunda su huella.  Por siempre estará con nosotros.

 

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