Flores tristes

Flores tristes

Jacques Sagot, pianista y escritor

Se murió doña Juanita, la vecina.  Jugaba de vez en cuando con sus nietos.  Fueron los únicos compañeros que jamás tuve en el vecindario.  Ellos venían a mi jardín o yo al de ellos, ¡pero callejear jamás!  Buena señora.  Rolliza, de origen libanés, según recuerdo.  Nariz aquilina, ojos anillados de sombra.  Es domingo.  Esa mañana voy al Teatro Nacional a oír a un pianista perfectamente descolorido que toca el Primer Concierto de Liszt con la Orquesta Sinfónica Nacional.  Tres años antes había oído la misma pieza con Sándor.  Como comparar a una diligencia con un tren de alta velocidad.

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La cosa es que después del concierto me voy para la funeraria Pollini.  La gente parece serena.  Me asomo al féretro.  Los párpados violáceos.  Abotagada, cerúlea la cara.  Una corona de flores le ciñe la sien.  Comienzan ya a marchitarse, como si ellas también reconocieran la muerte.  Me dicen que fue un ataque cardiaco.  Los empleados de la funeraria no han hecho un buen trabajo.  Supongo que la víscera infartada o la aorta deben de haber reventado, porque una mancha violácea se extiende sobre la parte lateral del cuello.  ¿Cómo no disimularon el derrame?  Reconozco demasiado bien ese tipo de manchas negruzcas y expansivas.  Son la marca de mi hemofilia.

Papá anda en México.  Las vacaciones de medio año han terminado.  Domingo por la tarde.  Al día siguiente hay que volver a clases.  En la televisión, una película de vikingos con Kirk Douglas y Tony Curtis.  Mi terror es inexpresable.  La cara de la muerta, esculpida, estatuaria.  Los párpados, la corona de flores, la mancha oscura de la hemorragia extendiéndose a lo largo del cuello.  Hierática pero conserva ese paradójico y perturbador remanente de muerte: la sangre que gana terreno sobre la base del cuello.

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Duermo en la cama de mis padres, flanqueado de un lado por mi Mamá, del otro por mi hermano, a quien mi relato también asustó.  Aun así tengo miedo.  Una semana después regresa mi Papá (me trajo de regalo un disco con las sonatas Kreutzer y Primavera de Beethoven, interpretadas por Rubinstein y Szeryng; y otro con el Primer Concierto y la Fantasía Coral, también de Beethoven, tocados por Julius Katchen y la Orquesta Sinfónica de Londres, dirigida por Pierino Gamba).  Soy expulsado del cuarto de Mamá.  Paso a dormir a la habitación que comparto con mi hermano.

Doña Juanita, doña Juanita… ¿de qué hubiera servido no haberme asomado al ataúd?  ¿No me hubiera deparado mi imaginación visiones aún peores de las que me infligí a mí mismo con mi malsana curiosidad?  (Dos semanas después muere también, para estupor del barrio, su mucho más joven hermana, doña Malca, también vecina nuestra).

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Durante semanas me paso a dormir a la cama de mi hermano.  Lo abrazo estrechamente.  Tiro por el suelo las almohadas y cobijas de mi lecho vacío, a fin de que en la noche sus sombras no dibujen la forma de un cuerpo inerte.

El miedo sigue siendo el sentimiento primal de mi ser.  Hay imágenes que nunca se van a desprender de mí.  Su rostro sereno, hierático, casi estatuario.  El color cerúleo de la piel.  La mancha oscura en expansión sobre el cuello.  Un cadáver fresco es algo que, en rigor, nuestra mente (la mía, por lo menos) no es capaz de aceptar.  La vida está todavía ahí, en cierta forma, su traza siquiera, algo de su calor, cierto rubor en las mejillas.  Y, sin embargo, la persona es ya objeto, cosa yacente tras su obscena vitrina mortuoria… carne de sepulcro.  Estar y no estar, la presencia – ausencia… no puedo, simplemente no puedo procesar esas inquietantes ambivalencias.

Y ahí, en los predios de la muerte, el símbolo mismo de la vida: la corona de flores tristes…

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