La pax estadounidense, o el imperio del terror

La pax estadounidense, o el imperio del terror

Jacques Sagot, pianista y escritor.

Cuando la imagen desmiente a la palabra.  Habrá sucedido quizás un mes después del horror de las torres gemelas de Nueva York, el 11 de setiembre de 2001.  George W. Bush, el presidente espurio que se robó, con la connivencia de su hermano Jeff, gobernador de Florida, las elecciones del año 2001, y es recordado, por otra parte, como uno de los más egregios tarados y farusquillas que ha detentado el poder en la noble nación del norte.

Legado de George W. Bush tras el 9/11 aún repercute: Afganistán y la irresuelta guerra al terrorismo
George W. Bush.

Estaba ofreciendo unas declaraciones transmitidas en vivo a todo el país, de pie, con una mano apoyada sobre una de las barandas del bello puente de Arlington Memorial sobre el río Potomac.  La cámara se cerró sobre su figura, mientras decía: “Como todos pueden ver, los Estados Unidos de Norteamérica, la más poderosa nación del planeta, sigue siendo un país seguro, donde el ciudadano no corre peligro alguno, donde la gente puede caminar o trotar sobre los parques o aceras, donde reina la serenidad, la confianza, y un sentimiento de paz y de tranquilidad que no tiene parangón en el mundo entero”.

En ese justo momento la cámara se abrió panorámicamente.  El mundo vio, estupefacto, que en el aire Bush estaba siendo resguardado por varios helicópteros, y que a cada instante un avión de guerra atravesaba el firmamento en una u otra dirección.  También vio que el río estaba infestado de lanchas provistas de ametralladoras y vigías que oteaban el horizonte con celo redoblado.  De las aguas del río brotaban también buzos que revisaban el fondo del cauce, en busca de una posible bomba instalada para detonar justo durante el discurso presidencial.  En tierra, unos cien metros detrás del “presidente”, pudimos observar varios tanques de guerra, destacamentos militares, escuadrones, todo el cuerpo de la policía, un carro de bomberos y agentes de seguridad hablándose por sus celulares, y corriendo sin cesar a fin de proteger todos los flancos de Bush…

Nueva York: Vuelo en helicóptero de última generación en Manhattan 2025

No pude menos que reír.  Si eso es “paz”, “seguridad”, “serenidad”, “tranquilidad” y “confianza” no quisiera enterarme de qué es la guerra.  Era, de toute évidence, un país hundido en la paranoia, la zozobra, la angustia.  ¿Quién no habría de sentirse seguro cuando está protegido por semejante despliegue de fuerzas militares?  ¿Y a eso lo llaman “paz”?  No, eso es miedo cerval, terror paralizante que se arma hasta los dientes.  Jamás discursete alguno fue vigilado tan de cerca y de manera tan fanática.  Ahí nunca hubiera podido penetrar una hormiga, no hablemos de terroristas de Al-Qaeda, que era le bête noire de Bush, y la excusa para mandar soldados a Irak y Afganistán que permanecieron ahí absurdamente, durante veinte años, haciendo añicos el museo antropológico de Bagdad y vandalizando incontables sitios patrimoniales en esta, la más arcaica cuna de la civilización.

Esos pobres milicianos reprodujeron, palabra por palabra, el drama del personaje Giovanni Drogo, protagonista de la novela del absurdo El desierto de los tártaros (1940), de Dino Buzzati, que malgasta su vida entera protegiendo un cuartel de un supuesto y largamente temido ataque de los tártaros.  El hecho no sucede hasta que un senil y delirante Giovanni Drogo es removido de su puesto y sustituido por otro oficial.  El gran evento de su vida, ese para el cual se preparó durante toda su existencia, terminó siendo encarado por un jovenzuelo cualquiera, mientras a él se le descartaba como a un viejo mueble.

Pues sí, eso es lo que me recuerdan estos trescientos mil soldados que dejaron vidas y largos segmentos de sus existencias buscando unas armas de destrucción masiva que no existían, y desbaratando todo lo que se encontraba en Bagdad y en Kabul.

La guerra de Afganistán: diario de un fotógrafo desde 2001 - The New York Times
La guerra de Afganistán.

Y bueno, para volver al tema que nos ocupaba, la cámara volvió a cerrarse sobre Bush hacia el final de su discurso, y terminó de hecho con un primer plano de su cara (¡cuán deplorable mapa de la tarupidez!)   Pero los camarógrafos ya nos habían hecho ver lo que nadie en los Estados Unidos hubiera querido ver: un presidente que no tiene vida si no es rodeado por la mitad de las fuerzas terrestres, aéreas y navales de la Armada.  Muy triste, sí, pero también involuntariamente cómico.  El camarógrafo traicionó y desmintió (por accidente o por su propia decisión) in situ las palabras del presidente.  Lo dejó, como dirían los mexicanos, “en cueros”, expuesto ante la opinión pública, y el país proyectó al mundo una imagen verdaderamente deplorable de terror y aprensión que alcanzaba niveles fóbicos y patológicos.

Esa cámara jamás debió haber abierto el lente panorámico sobre el entourage de Bush: le hizo más daño que las mil imbecilidades que él mismo profirió a lo largo de ocho años.  Es mucho decir: recuerden que se trata del presidente que se jactaba de solo haber leído un libro en toda su vida: Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain.  Poquito, muy poquito menos que un analfabeto.

Mil veces peor que Donald Trump, si quieren mi opinión al respecto.  Pero este tópico amerita otro artículo: no se pueden evocar personajillos tan estólidos y pazguates sin que las computadoras y redes sociales rechacen el texto por saturación de idiotez y generen, quizás, una huelga de brazos caídos de las ondas electromagnéticas encargadas de transportar estos contenidos.

 

Visitado 142 veces, 1 visita(s) hoy