Jacques Sagot , Revista Visión CR.
Tres fotos icónicas capturan, en mi sentir, la esencia del deporte como ejercicio simbólico de dominación. La primera de ellas, tomada por Niel Leifer, uno de los más grandes fotógrafos deportivos de todos los tiempos, nos muestra a un desafiante Muhammad Alí –entonces Cassius Clay– ebrio en su propio triunfo, de pie al lado de Sonny Liston, que yace sobre la lona: la imagen misma del hombre demolido.
Fue el 25 de mayo de 1965 en Lewiston, Maine. La famosa pelea en que Alí noquea con el “golpe fantasma” a Liston, en el primer asalto. En lugar de retirarse a su esquina –como el reglamento lo estipulaba, y el juez lo insta una y otra vez a hacer–, Alí permanece altivo, sobre la ruina de su rival vencido. Le grita: “¡Levántate y pelea, oso feo!” El brazo derecho flexionado (como si amagase un nuevo golpe), la expresión fiera, las venas del cuello saltadas, los músculos crispados, un rostro que vale por mil palabras, su cuerpo pareciese todo él esculpido por la furia: un altorrelieve de Étex que ornaría los pilares de cualquier arco de triunfo del mundo.
Un libro entero podría serle consagrada, a esta fotografía. El gesto de Alí rezuma ferocidad, saña, sed de sojuzgamiento. Hay algo demoníaco, en su expresión. Una imagen para la eternidad. En el suelo, Liston es absoluta indefensión: de espaldas, los brazos extendidos, como una marioneta destartalada, pugnando por alzar la cabeza. Vencido, vencido, una y mil veces vencido.
La foto le dio la vuelta al mundo y se hizo acreedora a varios galardones. Es una imagen que retrata al ser humano. El fotógrafo capturó una esencia, un instante en que el deportista deja emerger al licántropo sediento de sangre que lo habita. El boxeador presentado more geometrico, sub specie aeternitatis…
Por lo que al otro lado del drama atañe –la derrota–, la imagen solo puede ser una. La foto tomada por Sven Simon después de la final del Mundial 1966, cuando Inglaterra se impuso a Alemania Occidental. Vemos al capitán germano, “el Tanque” Uwe Seeler, abandonando el terreno de juego, después de tiempos de alargue, combate sin piedad en ambos frentes… Y dos goles cuestionables de los ingleses (uno porque el balón jamás traspasó la línea de cal de la portería, el otro –esto es evidente en varios documentos filmográficos– porque se había ya producido una invasión masiva del terreno de juego cuando fue anotado). Seeler sale de la cancha…
Hay que verlo, amigos, amigas, para entender a qué punto debía pesarle el alma. Este gigante luce de pronto enjuto, disminuido, camina encorvado, la cabeza gacha, los brazos que cuelgan fláccidos de su cuerpo monumental: a su lado, los guardas que lo escoltan nos hacen el efecto de colosos. En el segundo plano, vemos a la banda que toca –lo sabemos por el testimonio de periodistas– “God save the King”, y allá, al fondo, las graderías del Estadio de Wembley que revientan de público. Seeler dijo, cuando la imagen fue publicada, en 1967 –y declarada en Alemania la “foto deportiva del siglo”– que probablemente en ese momento no hacía otra cosa que ver si sus zapatos estaban amarrados, y que lejos de lamentarse, pensaba ya en la siguiente copa mundial. Sí, sí, cosas que se dicen.
La foto es un verdadero tratado sobre el dolor de la derrota deportiva (que, como he procurado establecer en diversas oportunidades, nunca se limita a su ámbito, que se extrapola a otras dimensiones sociales y psicológicas, que trasciende el espacio acotado del estadio). Para un deportista de esa magnitud, caer vencido es morir. La expresión facial de Seeler es un mapa de la tristeza.
Añadamos, para equilibrar el contenido de ambas imágenes, una tercera foto, que expresa todo cuanto en el deporte es bello y noble. Fue tomada por John Varley, de The Mirror, justo al terminar el partido Brasil – Inglaterra jugado en el Estadio Jalisco, el 7 de junio, durante el Mundial México 1970. Brasil se ha impuesto 1-0 con gol de Jairzinho, a pase de Pelé posterior a una maniobra – exhibición individual de Tostao por la punta izquierda que bien podría llamarse: “Cómo bailarse a tres ingleses en un metro cuadrado”. La más grande humillación que la Pérfida Albión sufría desde que el rey franco-normando Guillermo el Conquistador derrotara a Inglaterra en la batalla de Hastings, ocurrida el 14 de octubre de 1066, efeméride que dio lugar a varios siglos de ocupación francesa.
Es un momento simbólico. En esta final adelantada, el poder pasaba de manos de Inglaterra (campeón vigente) a las de Brasil (¡el Rey ha muerto, viva el Rey!) Moore y Pelé intercambian camisetas. Ambos sentían infinita admiración mutua. Pelé dijo alguna vez que Moore era “el hombre que mejor lo había marcado en su vida”. Efectivamente, en el curso del partido lo vemos desarmar un par de veces al colosal negrao, y más significativamente, quitarle el balón a Jairzinho dentro del área con una limpieza, precisión y solidez que debe ser equiparada, en el minusvalorado mundo de las proezas defensivas, a la acción de un delantero que eludiese a cinco rivales para anotar un gol. Moore despoja a Jairzinho –¡empresa nada fácil!– sin incurrir en falta, con un gesto de supremo virtuosismo, de depuración técnica sin par.
La foto captura, en lo esencial, la radiante, generosa sonrisa de Moore, reciprocada por el gesto de cariño de Pelé, quien toma su cabeza para prodigarle un abrazo. Hay algo mágico y profundamente conmovedor en la imagen. Un símbolo de fraternidad universal. No creo que se pueda hablar de una sonrisa fea: sería incurrir en una antinomia. ¡Pero estas dos son de una belleza extraordinaria! El hombre que reconoce el triunfo del hombre. Por debajo de diferentes uniformes, la misma sangre, los mismos anhelos, las mismas quimeras.