Mamá

Mamá

Jacques Sagot, Revista Visión CR.

 

Mi Mamá alberga la esperanza –a veces certeza– de que al morir va a poder reencontrar a “Mainitor”, su hijo muerto, en alguna arcana dimensión del ser.

Lo justifica todo con las respuestas y promesas que ha subrayado en su Biblia.  Al oírla decir esas cosas se me estruja el corazón.  No es que niegue la posibilidad de que eso suceda, no.  Es que sus palabras son dichas con tal inocencia, con tan conmovedora sencillez…

La fe de las almas simples es una prueba poderosísima de la existencia de un Padre como el que describe Schiller en el texto de la Oda a la Alegría: “arrodillaos, millones de seres, más allá de la bóveda celeste habita un Padre amado”.  Y ella, a quien su papá abandonó cuando tenía cuatro años, ha encontrado en Dios el padre que la vida le negó.

La llegada del primer hijo - Eres Mamá

¿Es su fe – esperanza, su esperanza – fe completamente absurda, mera superchería?  Ninguna lo es.  Pascal decía: “¿qué es más difícil?  ¿Que algo que jamás ha sido sea, o que algo que ya fue vuelva a ser?  Y sin embargo, damos la primera posibilidad por un hecho perfectamente natural (cada nacimiento), y la segunda por algo absolutamente inconcebible”.

En efecto, la eclosión de la vida ex-nihil (los retoños de primavera, los recién nacidos, los amaneceres) se nos antojan naturales a fuer de consuetudinarios (algo que sucede todos los días se banaliza, pierde su carácter milagroso), mientras que la “reedición” de algo que ya fue (y de lo que –podríamos fantasear– pervive en alguna dimensión su “fórmula”, su “molde”) nos parece, como proyecto, completamente inverosímil.  Una vez más, Pascal nos desnuda, y arroja sobre la promesa de la resurrección en alma y cuerpo una luz nueva, impensada de puro obvia.

Así que lejos estoy de descalificar el sentir de Mamá.  De hecho, tiendo a pensar –sé cuán ridículo mi aserto puede parecer– que el corazón de una madre, por principio, no se equivoca.  No es un mero “querer” –lo que los angloparlantes llaman “wishful thinking”– sino un vislumbre, una presciencia, una intuición de las cosas.  Sí, creo en estos atisbos de la verdad, en estos sentires, cuando el amor materno los fundamenta.  Mucho más que en las proposiciones que el filósofo o el científico extorsionan a la realidad, como el odontólogo que arranca, a punta de músculo, palanca y tenazas, una muela podrida.

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Esa resurrección sería, efectivamente, en cuerpo y en alma, pero el primero estaría “transformado en gloria”, sería un “cuerpo espiritual”.  No sería “revivificación” (el despertar de Lázaro, que sale de su tumba para reintegrarse a la vida terrenal), sino de verdadera resurrección (“amanecer” en la presencia de Dios).  Llamativa, la insistencia que el cristianismo pone sobre la preservación del cuerpo, aun cuando quiera, por todos los medios, “sutilizarlo”, “enrarecerlo”, “arralarlo”: siendo espiritual, este cuerpo tendría materia: sería su forma más refinada, por poco, materia sine materia: algo así como el sonido, los perfumes o la luz.  Acaso podría ser medido en unidades ángström.  En lo sustantivo, es la misma concepción que los estoicos tenían del alma.  Entre esta y el cuerpo habría una diferencia de grado, más no de esencia, de naturaleza.

Así que quizás no anda tan déboussolée mi Mamá, después de todo, aun cuando Papá, por supuesto, se encarga de desinflar sus expectativas de manera sistemática.  Vano afán: la fe de mi Mamá es –he de decirlo de manera muy directa– la fuerza psíquica más grande, más inquebrantable que en mi vida he conocido.

Un día de estos estaba zurciendo en silencio.  Yo la observaba, la observaba con la conciencia de que es ya una mujer de ochenta y ocho años, y la brutal dinámica de la vida podría pronto quitármela.  Es gordita.  Su perfil, su nariz, su pelo encanecido, su frente dulcemente combada.  Es un ángel, si alguna vez lo hubo.  Tomé una foto mental de ella, lo hice con la certeza de que algún día –ojalá no pronto– la presencia se habrá convertido en evocación.  Me adelanté al tiempo y me dije: ¡cuán triste será perderla, perder esta imagen bien merecedora de la inmortalidad!  Pero con mi poder de invocación estoy seguro de que la veré sentada en el borde de la cama zurciendo o bordando, serena, bañada en esa luz y esa mansedumbre que dimana de todo su ser.

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Puede o no creérseme, pero tal cual la vi esa noche –sin que ella siquiera lo supiera– parecía envuelta en un aura blanca, purísima.  Es un ángel, un ángel un poco gordito, pero eso qué importa: el cielo no es una pasarela (no todavía, por lo menos).

Imploro a Dios que no me la quite por muchos años aún.  A veces se queda meditabunda, y luego me dice, con aires pueriles de triunfo: “Ya ves, Yaco, ahora ya puedo pensar en Mainitor y hasta ir al que fuera su cuarto sin ponerme a llorar”.  Quizás, pero basta una imagen o el más tenue de los recuerdos para que se le llenen los ojos de lágrimas.  Cuando llora se diviniza: todos los grandes calvarios nos acercan a Dios.

Lo mejor que me ha dado la vida es mi Mamá.  Por mucho tiempo creí que también lo era mi esposa, pero me equivoqué estrepitosamente: esa fue una maldición disfrazada de bendición, una farsa orquestada por el más infecto demonio del Averno.  Viendo a mi Mamá trabajar sus paños con aquella carita que imanta el beso, recordé la frase de Julia Kristeva: “Comparado al amor que une a un hijo a su madre, todos los otros afectos humanos estallan como meros simulacros”.  Así es, así es.  La imagen de perfil, silenciosa, concentrada, la naricita respingada, lista a servir y con la frase bíblica siempre a flor de labios, esa bella estampa me la quiero llevar conmigo adonde el destino y las parcas dispongan confinarme.  Incapaz de inquina y de rencor –que mil razones ha tenido para cultivarlos–.

Una vida durísima no logró, a pesar de toda su saña, robarle la sonrisa.  Sonrisa de castañuela, pura, espontánea, repiqueteante.  Un ángel, un ángel: eso es ella.  Esa noche, viéndola en silencio, tuve la certeza de que vivía un momento de epifanía.

 

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