“Vivir sola es como estar en una fiesta donde nadie te hace caso” (Marilyn Monroe)
“La soledad y la sensación de ser indeseable es la pobreza más terrible” (Madre Teresa)
Adriana Núñez, periodista Visión CR
La agenda de actos sociales y culturales de nuestro país casi siempre está llena. No obstante, algunas personas -por razones de distinta índole- no buscan ni encuentran espacios para compartir con otros o simplemente para llenar una parte del día a día con actividades que les puedan ser gratas.
La desconexión social que mucha gente experimenta por causas diversas tales como la muerte de familiares, amigos o seres queridos, el uso excesivo e inadecuado de las redes sociales o la carencia de redes de apoyo y personas de confianza con las que compartir sus ideas, pensamientos, dudas o experiencias, son algunas de las causas más frecuentes de esa sensación tan dura que es la soledad.
Muchos se sienten solos e incluso “en abandono” pero no son ni la algarabía social ni las multitudes lo que les puede ayudar a combatir el extenuante sentimiento de aislamiento, la desconexión consigo mismos y con los demás o el dolor por las pérdidas sufridas.
Y es que aunque todos sentimos la lógica necesidad de apartarnos por un momento o de estar a solas durante unas pocas horas o días, para poner en claro las ideas o simplemente para descansar del “mundanal ruido” la soledad, si se prolonga en el tiempo, usualmente tiene consecuencias negativas tanto en la salud física como emocional.
Cuando ese “vacío” existe y se entroniza, la mayoría de la gente experimenta sentimientos de tristeza, ansiedad y depresión. En gran cantidad de personas se refleja en una baja autoestima, crecientes problemas de sueño y estrés, condiciones que aumentan considerablemente el riesgo de padecer dolencias más graves a nivel mental y físico.
De acuerdo con una encuesta reciente de Meta-Gallup, casi una de cada cuatro personas en el mundo se siente bastante o muy sola. La soledad es un problema de salud pública que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha priorizado.
Para ciertos individuos, el hecho de estar solos se convierte en una angustia permanente y por ello, no se les puede ayudar así “de sopetón”, tratando de integrarlos -prácticamente a la fuerza- a actividades que para los demás son gratificantes.
Primero, con delicadeza, hay que comprender y hacerles comprender, que la situación tiene remedio, pero “actuando despacio y con buena letra”. Sobre todo en el caso de adolescentes y jóvenes.
Y por supuesto, si realmente deseamos contribuir a mejorar la vida de quien está padeciendo, es preciso tener la disposición de interactuar de “cuerpo presente”, y no a través de un escueto mensaje de WhatsApp.
Pasos lentos pero seguros
De primera mano, los psicólogos recomiendan -tanto a los familiares como a los amigos cercanos de quien está experimentando esa “dolorosa” etapa- que hay que esforzarse para tener una presencia activa en la vida de la persona y especialmente, en entablar con ella una comunicación fluida, donde con paciencia y apertura se comience por escuchar lo que está sintiendo.
Ponerle nombre a las cosas que nos afectan, identificar las razones que precipitan esa sensación de soledad, contribuye a que podamos gestionar la emoción negativa que ello produce de forma más saludable.
Otra sugerencia puntual es dedicar tiempo a realizar algún tipo de actividad física: salir a dar un paseo o caminar alrededor del vecindario, visitar un parque o coordinar una visita a sitios como la playa, el boliche, la plaza de fútbol o la piscina, constituyen pasos fundamentales pues el aire libre y el movimiento ayudan a que el cerebro libere endorfinas y por ende, mejore el ánimo de quien se siente solo.
Además de brindarle a los “solitarios” la oportunidad de desahogar sus preocupaciones, sufrimientos y temores, sobre todo en el caso de personas menores de edad, resulta indispensable llevarle el pulso a los alimentos que consumen diariamente y supervisar si sus hábitos de sueño están siendo los necesarios. Incluso los adultos que viven solos, muchas veces dejan de comer adecuadamente y con frecuencia, pasan mayor cantidad de horas de las recomendables, frente al televisor, lo cual los debilita aún más y los abstrae de la realidad circundante.
Hechos, no palabras
Nos jactamos de ser una sociedad solidaria e inclusiva, pero realmente no lo somos tanto. Como tampoco somos “el país más feliz del mundo”. Las palabras se van con el viento mientras que los hechos son realmente los que dejan huella. Expresar amor en un papel o en un audio no es lo mismo que darle un beso y un abrazo a aquellas personas a las que queremos. Es el tiempo de calidad lo que más cuenta en esos casos.
Nadie ha dicho que sea fácil dejar de lado el trabajo, las rutinas personales, las obligaciones o los ratos de descanso, para dedicarle espacio a otra persona. Pero si realmente deseamos ser consecuentes con el valor de la solidaridad, es preciso hacerlo. Aunque para ello debamos realizar ajustes horarios, salir de nuestra zona de confort y hacer acopio de paciencia.
Es preciso tener muy claro que una profunda sensación de soledad en adultos mayores, puede ocasionar problemas cardíacos, depresión y acelerar su deterioro físico y cognitivo.
Según estadísticas del instituto catalán San Juan de Dios, entre personas mayores, el aislamiento social y la soledad están más estrechamente vinculados a las enfermedades cardíacas y los derrames cerebrales, con un 29% de mayor riesgo de sufrir un ataque cardíaco y/o fallecer de una enfermedad cardíaca, y un 32% de mayor riesgo de sufrir un derrame cerebral.
En el caso de los jóvenes, la soledad también está asociada con ansiedad y depresión. Y el riesgo de suicidio aumenta en ese tipo de circunstancias, sobre todo cuando una mala calidad del sueño y severos cambios fisiológicos ya han hecho estragos en la condición de quien sufre.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, en América Latina y el Caribe, el suicidio es la cuarta causa de muerte y su complejidad radica en que no existe una única razón que conduzca a los individuos a tener pensamientos suicidas. Sin embargo, lo que sí está comprobado, es que generalmente está asociado con problemas no tratados como depresión o ansiedad, entre otros.
Así es que en este 2025 ¡a predicar con acciones! Menos mensajitos copiados de Instagram, Facebook o Google y más interacciones personales con aquellos a los que amamos y nos interesa ayudar.