Javier Ortiz, psicólogo transpersonal.

Eyaculación precoz, evolución o enfermedad
La desaparición del deseo es uno de los principales obstáculos que toda pareja puede llegar a enfrentar en algún momento de su relación. No es un tema menor ni una molestia pasajera: es una de las principales razones por las cuales el amor, que parecía suficiente, puede terminar fracasando.
Desde la experiencia clínica sabemos que una de las principales causas de esta desaparición del deseo es la insatisfacción sexual sostenida. Semana tras semana, mes tras mes, año tras año, el cuerpo aprende que el encuentro íntimo no es una fuente de placer, sino de frustración.
Es una respuesta inteligente del organismo. Cuando la experiencia sexual se convierte repetidamente en una experiencia displacentera, el cuerpo reduce o elimina el deseo para evitar seguir sufriendo. El problema es que esa defensa termina anestesiando también el vínculo: la pareja deja de tocarse, luego deja de desearse y finalmente deja de encontrarse, haciendo normal lo inaceptable.

El caso de Manuel y Lucía lo ilustra con claridad: después de años de insatisfacción continua por la creciente dificultad de Manuel para controlar su eyaculación, a pesar de sus intentos por resolverla, el cuerpo de ella se apagó.
Tras un diagnóstico integral, Manuel inició un entrenamiento para el control de la respuesta sexual. Como parte de este, dejó de utilizar el retardante y el fármaco que le habían prescrito, dejó de pensar en el partido de fútbol para retardar su eyaculación e interrumpió el programa para el suelo pélvico que había adquirido en las redes sociales. Esos tratamientos solo les habían generado gastos inútiles, expectativas incumplidas, distrés y resentimiento.
Gracias a esa iniciativa Lucía y Manuel pudieron mantener viva la elección que dio origen a su relación y, al cabo del tiempo, recuperar su sexualidad.
Para comprender cómo Manuel logró salvar su relación convirtiéndose en un buen amante, necesitamos conocer primero el origen de su dificultad, así como comprender los motivos por los cuales suele empeorar con el tiempo.
Más adelante veremos por qué llegó a normalizarse, cuáles son las soluciones propuestas por los falsos profetas y por qué fracasaron los primeros intentos de Manuel por superar su dificultad.
Un origen mal comprendido: coito, orgasmo y evolución
El caso de Manuel y Lucía está relacionado con dos datos que conviene mirar juntos: el coito promedio del ser humano dura tres minutos y medio, y solo un treinta por ciento de las mujeres alcanza el orgasmo durante el coito. Puestas una al lado de la otra, estas dos cifras explican gran parte del sufrimiento sexual que se vive en la intimidad.
Según nos contó el Dr. Wardell Pomeroy en una de sus clases, inicialmente se creyó que la eyaculación rápida era producto de los hábitos de masturbación ocultos y vinculados con la culpa. Posteriormente, gracias a la publicación de Patternsof Sexual Behavior de Clellan Ford y Frank Beach, supimos que la duración del coito humano era la más larga que existía en el planeta, a consecuencia de la conducta gregaria de los homínidos, quienes podían cuidarse mutuamente durante el acto sexual (Ford y Beach, 1951).
Los datos publicados dos años después en Sexual Behavior in the Human Female por Kinsey, Wardell y colaboradores provocaron largas discusiones entre los antropólogos. Porque si el coito humano era el más prolongado del reino animal, ¿cómo era posible que esos tres minutos y medio fueran insuficientes para provocar el orgasmo en la hembra humana? De acuerdo con las leyes evolutivas, la selección natural debería haber favorecido a los hombres de coito más prolongado.
Durante años se propusieron distintas explicaciones. Sin embargo, la respuesta terminó apareciendo cuando los investigadores dejaron de preguntarse cuánto duraba el coito y comenzaron a preguntarse cuál era la función evolutiva de la vagina y su relación con el orgasmo coital.

La polémica se disolvió cuando comprendimos algo que incomoda pero que es necesario decir: la evolución no favoreció el coito prolongado porque el orgasmo femenino no es necesario para la fecundación. La mayor parte de las hembras de este planeta no participan del coito para alcanzarlo. El motivo es muy sencillo: la vagina no evolucionó como un órgano para el placer.
La misma lógica evolutiva aplica al control eyaculatorio masculino: siendo que el orgasmo coital de la mujer no es parte de las expectativas, la evolución no tuvo necesidad de desarrollar esa habilidad en el varón. Por eso la dificultad de Manuel no era una disfunción ni una enfermedad sino una limitación relativa: el control de su respuesta sexual era algo que debía ser descubierto, aprendido y cultivado.
Según muestran las estadísticas, todos los hombres inician su vida sexual como Manuel. Es la configuración inicial del ser humano. Algunos pocos logran superar la barrera del minuto y permanecer en el límite de los tres minutos y medio. Otros pocos logran aprender a controlar su respuesta sexual por sí solos, sin entrenamiento dirigido; sin embargo, a la mayoría, como a Manuel, se les agrava la dificultad con el tiempo.
Cuando el tiempo se acorta: las cuatro razones
Después de todos estos años de intervenir en las crisis relacionales para salvar el vínculo, he llegado a reconocer las siguientes razones por las cuales la falta de control agrava la condición hasta llevarla a un extremo:

- El placer actúa como reforzador de la eyaculación. Cada experiencia orgásmica fortalece el circuito que conduce a ella. Cuanto más se repite el patrón, más automático se vuelve.
- El distrés reduce el umbral de respuesta orgásmica. Cuando el sistema nervioso permanece en estado de alerta, la capacidad para sostener niveles elevados de excitación disminuye.
- La inseguridad genera ansiedad anticipatoria. El miedo a perder la erección o a eyacular demasiado rápido termina acelerando precisamente aquello que se intenta evitar.
- La pareja manifiesta su frustración. Eso convierte la sexualidad en un espacio inseguro. Lo que antes era placer compartido se convierte en una fuente de tensión, presión y vigilancia, alimentando el círculo vicioso.
Por eso decimos que lograr el control de la respuesta sexual representa un salto evolutivo de enorme trascendencia. No se trata simplemente de mejorar el desempeño sexual, sino de desarrollar capacidades que la evolución biológica nunca tuvo necesidad de construir por sí sola.
Habiendo comprendido que la evolución no diseñó el control eyaculatorio como una habilidad innata y las razones que agravan la dificultad, llegamos ahora a un hecho insólito que sería imperdonable no comentar: la psiquiatría oficial ha normalizado como ‘no patológico’ un tiempo de coito que deja insatisfecha a la mayoría de las mujeres.
Lo que no debes hacer
La psiquiatría y sus criterios: tres minutos bastan

En el tema de la perspectiva médica oficial sobre la eyaculación precoz encontramos uno de los ejemplos más sorprendentes de cómo puede llegar a normalizarse algo inaceptable: el DSM-5 denomina eyaculación “prematura” o “precoz” al patrón persistente en el cual el hombre eyacula dentro de aproximadamente un minuto después de la penetración vaginal. ¿Un minuto? Sí. Solo un minuto.
No se trata de un detalle curioso sino de algo de suma gravedad porque el DSM-5 es el sistema de clasificación oficial de la Asociación Psiquiátrica Americana y es utilizado internacionalmente. Es el que establece los criterios que médicos, psiquiatras y psicólogos emplean para diagnosticar los llamados trastornos mentales.
Más adelante en ese documento dice «aunque los hombres con latencias de eyaculación de entre uno y tres minutos también pueden beneficiarse del tratamiento, no cumplen los criterios diagnósticos para la eyaculación prematura».
Las implicaciones de esta definición son evidentes. Sobran los comentarios y desarrollarlas con mucho detalle sería subestimar la inteligencia del lector.
¿Qué implica esto en la vida real? El resultado práctico es de gran impacto para la supervivencia del vínculo: una relación sexual que deja insatisfecha a una enorme proporción de las mujeres está considerándose clínicamente normal.
Un ejemplo impresionante de cómo puede llegar a aceptarse lo inaceptable.
Sin embargo, al lado de esto, tampoco compartimos la conclusión inversa: que la dificultad sea considerada una disfunción. Esa conclusión es tan ilógica como considerar una enfermedad el hecho de que los seres humanos no podamos respirar bajo el agua.

Como indiqué, los hombres sin control de la respuesta sexual no están enfermos ni padecen una disfunción o enfermedad: carecen de una habilidad que nunca fue necesaria durante la mayor parte de la historia evolutiva de la especie. Lo que necesitan no es un tratamiento farmacológico sino un entrenamiento.
Esta limitación fue tolerada durante milenios, pero dejó de serlo cuando la mujer comenzó a exigir su derecho al placer en los años sesenta. Sin embargo, ese logro desencadenó nuevos problemas. Uno de ellos fue la aparición de soluciones mágicas.
El papel y el peligro de los falsos profetas
A partir del momento en que la mujer exigió satisfacción sexual, algunos científicos comenzaron a recibir subsidios de las compañías farmacéuticas para investigar si la eyaculación precoz podía relacionarse con algún trastorno físico que requiriera medicamentos patentados. Así se llegó a afirmar que la dificultad tenía su origen en aspectos hormonales y metabólicos: un exceso de tiroxina, una falta de testosterona o cambios en los niveles de serotonina.
Es cierto que el hipertiroidismo, los niveles bajos de testosterona o alteraciones en la serotonina se relacionan de alguna manera con la respuesta sexual. Pero eso es distinto a pretender que existe una relación causal directa y exclusiva con la falta de control. La bioquímica puede influir en el umbral de respuesta —al igual que la genética o el estado del sistema nervioso—, pero atribuirle la causa principal es un error.
Pensémoslo así: saber andar en bicicleta requiere coordinación, equilibrio y práctica. Un desequilibrio bioquímico podría afectar el rendimiento de un ciclista experimentado, pero nadie diría que no saber andar en bicicleta se origina en un desequilibrio bioquímico. Se origina en la falta de entrenamiento. Lo mismo ocurre aquí: hay una base biológica sobre la que se construye —o no— la habilidad del control eyaculatorio. El problema de los falsos profetas no es señalar la biología, sino pretender que ajustarla con un fármaco es suficiente, sin ningún entrenamiento que construya autorregulación.

Entre los fármacos que con mayor frecuencia he encontrado prescritos para la eyaculación precoz se encuentran la dapoxetina, la fluoxetina, la clomipramina y la paroxetina. Sin embargo, tomar un antidepresivo sin padecer depresión para solucionar la falta de control de la respuesta
Hay además otro problema: reducir la sensibilidad del pene puede dificultar aún más la comunicación entre el cerebro y los genitales. Por eso muchas personas descubren que el uso prolongado de retardantes no resuelve el problema de fondo y, en algunos casos, incluso dificulta el aprendizaje del control.
En estos tiempos en que todo se encuentra en internet han aparecido también otros falsos profetas. El más sofisticado es el entrenamiento aislado del músculo pubocccígeo.
Muchos de estos programas tienen una presentación convincente y una lógica aparentemente sólida. Sin embargo, aunque los ejercicios de Kegel son esenciales para lograr el control de la respuesta sexual, por sí solos son insuficientes. Esto no significa que sean inútiles ni que los fármacos no tengan ningún lugar. Son herramientas. El error de los falsos profetas —sean médicos, influencers o vecinos bienintencionados— es presentarlos como la solución completa, independiente y mágica.
El Kegel entrena un músculo, pero no la mente ni la regulación del sistema nervioso. El fármaco puede retrasar la eyaculación, pero no enseña al cuerpo a autorregularse. La crema anestésica reduce la sensibilidad, pero también la comunicación entre el cerebro y los genitales, haciendo más difícil el aprendizaje. Creer que pueden funcionar solos es como creer que puedes correr un maratón con solo entrenar los músculos de las piernas en un gimnasio.

Lo que propone el entrenamiento que finalmente encontró Manuel —y que describiremos en el capítulo siguiente— es un proceso integral donde estas herramientas, si se usan, son solo eso: andamios temporales al servicio de un proceso de aprendizaje, nunca sustitutos de ese proceso. Se usan mientras se necesita y se retiran cuando la habilidad está construida.
Los falsos profetas no habitan únicamente los laboratorios ni los congresos científicos. Cuando una necesidad humana permanece insatisfecha durante demasiado tiempo, aparecen también en la cultura popular. Algunos visten bata blanca; otros hablan desde las redes sociales, los vestidores deportivos o las reuniones familiares. Unas soluciones se venden en farmacias; otras circulan de boca en boca, en redes sociales o en conversaciones entre amigos. Pero el peligro es el mismo.
Al lado de las prescripciones oficiales, la cultura popular está llena de recomendaciones que han pasado de generación en generación, repetidas por la ignorancia y la desesperación, como pensar en el partido de fútbol. Otras recomendaciones recogidas en mi práctica clínica incluyen morderse los labios, rezar el Ave María y hasta pensar en la suegra.
El objetivo de todas estas técnicas es el mismo: desviar la atención del placer para retardar la eyaculación. Pero hacerlo es la receta perfecta para destruir la intimidad y hacer más lejana la solución.
Recuerdo el caso de un hombre que durante años había estado pensando en su suegra cuando tenía sexo con su esposa. Según le habían dicho antes de casarse, eso le permitiría mayor control. Cuando vino a verme estaba realmente desesperado: seguir la recomendación le había provocado una reacción inesperada. Había perdido el deseo por su esposa, y el solo hecho de pensar en su suegra le excitaba. Cuando publiqué esa historia en mi libro Las 100 preguntas y el arcoíris del género, varias personas me escribieron relatando experiencias semejantes.

No se trata de una anécdota graciosa ni de un caso aislado. Es una tragedia íntima.
Enseña un principio profundo: no se puede desviar sistemáticamente la atención del placer sin que el deseo se desplace hacia otro lado. La mente no distingue entre «distracción voluntaria» y «asociación erótica». La evolución consciente no consiste en evitar el placer para durar más, sino en aprender a transitarlo sin ser arrastrado.
La moraleja es clara: la sexualidad existe para disfrutar, para jugar, para dar y recibir placer, cariño y amor. Todo intento de desviar el acto sexual de esos objetivos está destinado a provocar resultados inesperados.
Todos los falsos profetas comparten el mismo error fundamental: intentan resolver desde afuera lo que solo puede resolverse desde adentro. Y por eso fracasan.
Al inicio de esta serie de artículos ofrecimos entender por qué la falta de control eyaculatorio existe, por qué el mundo aprendió a tolerarla y por qué fracasan los falsos remedios.
Sabemos ahora que la pregunta correcta no es cómo curar una enfermedad, sino cómo se aprende una capacidad que la evolución nunca tuvo necesidad de enseñarnos. Sabemos que el sistema médico oficial normalizó esa condición, y que cuando la mujer dejó de tolerarla, aparecieron todo tipo de soluciones equivocadas.
Saber que no estamos enfermos es liberador. Saber que podemos aprender una habilidad es esperanzador. Ahora falta lo más importante: conocer de qué se trata el entrenamiento y cuál es la lógica con la que opera.
Eso es lo que veremos en la próxima entrega.
Referencias
Ford, C. S., & Beach, F. A. (1951). *Patterns of Sexual Behavior*. New York: Harper & Brothers.
Kinsey, A. C., Pomeroy, W. B., Martin, C. E., &Gebhard, P. H. (1953). *Sexual Behavior in the Human Female*. Philadelphia: W. B. Saunders.
Lloyd, E. A. (2005). *The Case of the Female Orgasm: Bias in the Science of Evolution*. Cambridge: Harvard University Press.
Masters, W. H., & Johnson, V. E. (1966). *Respuesta Sexual Humana*. (Título original: *Human Sexual Response*). Boston: Little, Brown and Company.
Pavličev, M., & Wagner, G. (2016). The evolutionary origin of female orgasm. *Journal of Experimental Zoology Part B: Molecular and Developmental Evolution*, 326(6), 326–337.
American Psychiatric Association. (2013). *Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders* (5th ed.). Arlington, VA: American Psychiatric Publishing. (DSM-5)
Más información sobre el autor y sus programas de sexología transpersonal en:
https://gaiacr.org/sexologia-integral/
Para participar en su próxima MasterClass en línea gratuita:
https://gaiacr.org/eventos-gratuitos/
encontró. Y es lo que veremos en el artículo siguiente.