Mario Granados Chacón, investigador académico y profesor universitario.

El poder de los algoritmos y el futuro de la libertad
Insistiremos una vez más que la humanidad ha entrado en una nueva etapa de su historia: una época en la que la inteligencia artificial ya no constituye solamente una herramienta tecnológica, sino una fuerza capaz de transformar la economía, la educación, la política y hasta nuestra manera de comprender la realidad.
En tal coyuntura, debemos cuestionarnos no tanto el hecho de qué puede hacer la inteligencia artificial, sino más bien quién controla su poder, con qué propósitos actúa y bajo qué reglas democráticas debe operar.

La tecnología siempre ha modificado las sociedades. La imprenta transformó el conocimiento, la electricidad transformó la producción, luego Internet modificó radicalmente la comunicación.
Sin embargo, la inteligencia artificial introduce una diferencia esencial: puede intervenir en procesos que hasta ahora considerábamos básicamente humanos, tales como interpretar información, producir lenguaje, reconocer patrones, recomendar decisiones y modelar comportamientos.
Nos encontramos entonces, una primera advertencia formulada por la socióloga y escritora estadounidense Shoshana Zuboff (1951). Su concepto de capitalismo de la vigilancia en The Age of Surveillance Capitalism (2019), describe un sistema económico basado en la extracción masiva de datos sobre la experiencia humana, para convertirlos en instrumentos de predicción y modificación de conductas. Para Zuboff, el problema no consiste simplemente en que las empresas conozcan nuestros datos, sino en la enorme desigualdad de conocimiento y poder que se establece entre quienes observan y quienes son observados.

La democracia – en consecuencia – enfrenta un desafío reciente e inquietante: los ciudadanos pueden ser cada vez más transparentes ante las plataformas, mientras las plataformas permanecen cada vez más opacas ante los ciudadanos.
El escritor italiano-suizo Giuliano da Empoli (1973) lleva la reflexión hacia el terreno político. El autor ha advertido sobre los llamados “ingenieros del caos” (2019) – en su obra del mismo nombre – actores capaces de utilizar algoritmos para amplificar la ira, la frustración y las divisiones sociales, en donde la política dejó de ser un espacio de deliberación racional para convertirse en una batalla permanente por la atención. Su argumento no es que la tecnología haya creado por sí sola esas fracturas, sino que las herramientas digitales pueden multiplicarlas a una velocidad y escala desconocidas.
La política digital corre así el riesgo de abandonar la deliberación para ingresar en la lógica de la reacción inmediata. El ciudadano deja de ser únicamente un sujeto político y se convierte también en un conjunto de datos, preferencias, emociones y patrones de comportamiento susceptibles de ser segmentados algorítmicamente.

En este contexto, adquiere particular relevancia el pensamiento de la crítica literaria estadounidense Michiko Kakutani (1955).
En The Death of Truth (2018) y posteriormente en The Great Wave (2024), la autora ha examinado la erosión de la verdad pública, la pérdida de confianza institucional y el papel de Internet y la inteligencia artificial en la aceleración de la desinformación.
Kakutani observa nuestro tiempo como una etapa de profunda disrupción, en la que las nuevas tecnologías pueden convertirse en vectores extraordinariamente veloces para la circulación de falsedades y para la fragmentación del espacio público, período caracterizado por la posverdad, el populismo digital y la crisis de la democracia contemporánea.

La cuestión de fondo es entonces epistemológica: ¿cómo puede funcionar una democracia si sus ciudadanos ya no comparten un mínimo de realidad común?
Sin hechos verificables, el debate público puede convertirse en una competencia entre relatos emocionales. Y cuando la verdad pierde autoridad, la democracia queda expuesta a quienes poseen mayor capacidad para producir, distribuir y amplificar narrativas.
Frente a estos riesgos, también emergen posiciones que reclaman una responsabilidad directa de los poderes públicos. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez (1972), ha sostenido que la inteligencia artificial debe estar orientada por valores humanos y que su desarrollo no puede quedar exclusivamente sometido a la autorregulación empresarial.
En 2026, planteó la necesidad de un “nuevo contrato social” alrededor de la inteligencia artificial, con especial atención a la concentración de poder, la pérdida de control humano, el empleo, la privacidad y la desinformación.

Por su parte el Papa León XIV (1955), ha insistido en que el desarrollo de la inteligencia artificial debe permanecer vinculado a la dignidad humana y al bien común. Ha advertido – en junio de 2025 – que la inteligencia artificial puede abrir nuevos horizontes para la ciencia y la igualdad, pero también puede ser utilizada de maneraegoísta y materialista para alimentar conflictos y agresiones.
De ahí, su reclamo en favor de una gobernanza responsable de estas tecnologías y su recordatorio de que la disponibilidad de datos no equivale a verdadera sabiduría.
No se trata entonces de enfrentar democracia y tecnología. Sería un error histórico indiscutible. El verdadero desafío consiste en democratizar la tecnología.

La inteligencia artificial puede mejorar los servicios públicos, ampliar el acceso al conocimiento, apoyar la investigación científica y contribuir a resolver problemas complejos.
Pero esos beneficios requieren instituciones capaces de establecer límites, garantizar transparencia, proteger los datos personales y asegurar que las decisiones de enorme impacto social puedan ser examinadas y cuestionadas.
La democracia del siglo XXI tendrá que aprender una nueva lección: no basta con votar cada cierto número de años si las decisiones cotidianas de millones de personas, están condicionadas por sistemas algorítmicos que no comprenden ni pueden cuestionar.
El futuro democrático dependerá – en extraordinaria medida – de quién controle el conocimiento producido por las máquinas y quién determine sus usos. La inteligencia artificial puede convertirse en una maravillosa ampliación de las capacidades humanas, pero también en una peligrosísima concentración inédita de poder.

La tecnología no tiene por sí misma una ideología democrática. La democracia debe proporcionársela mediante leyes, instituciones, educación, transparencia y ciudadanía crítica, por lo que – como hemos insistido en señalar – el gran desafío de nuestro tiempo no es impedir que las máquinas sean inteligentes.
El fenomenal reto es impedir que los seres humanos renuncien a pensar, decidir y gobernar su propio destino.