Tiempo, espera y ambigüedad en «A la Espera» de Ignacio Quirós Salgado

 Tiempo, espera y ambigüedad en «A la Espera» de Ignacio Quirós Salgado

Eugenia Piza López. Revista Visión CR
Cuando entré en la Galería deCerca en Los Yoses, Costa Rica, en diciembre de 2024, fui instantáneamente transportada a otro lugar. Esta era la primera exposición individual de Ignacio Quirós Salgado y se sentía menos como algo que había encontrado en Costa Rica y más como tropezar con una exhibición alternativa en el Lower East Side de Nueva York o en una pequeña galería del sur de Londres. Había en su obra una cualidad cruda y sobrecogedora que evocaba a pintores estadounidenses y británicos de mediados de los 60 hasta los 80, pero seguía siendo completamente suya.
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«A la Espera» presenta una serie de pinturas donde el tiempo parece suspendido y cada figura permanece en el umbral entre la acción y la quietud, la presencia y la ausencia. No se trata de una quietud de paz o reposo, sino de una que tiembla al borde de convertirse en algo más, en el límite de una historia que nunca se cuenta del todo. Sus figuras parecen atrapadas en el frágil umbral entre la acción y la inacción, el pasado y el futuro. En esta quietud cargada de significado, Quirós nos invita a un espacio de espera, un terreno liminal donde el sentido está suspendido y el futuro sigue sin resolverse. En este reino, el tiempo no tiene soberano. En su lugar, nosotros, los espectadores, somos llamados a participar en un acto silencioso de co-creación, navegando espacios suspendidos en la ambigüedad.
Quirós, cada vez más reconocido en Costa Rica por su habilidad para destilar formas figurativas dentro de paisajes abstractos, presenta en «A la Espera» un cuerpo de trabajo que es a la vez profundamente personal y universalmente resonante. Aquí, el acto de esperar se convierte en una metáfora de la condición humana: un estado existencial de expectativa y anhelo no resuelto.
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Un Artista en Proceso: El Camino de Quirós Hacia la Ambigüedad
Nacido en San José en 1978, Ignacio Quirós Salgado llegó al arte no por decreto formal, sino por la insistencia silenciosa de algo que siempre estuvo allí. «Siempre fui creativo de niño», reflexiona. «Una de las pocas cosas que me da felicidad completa es ver una pintura y saber que antes no existía y ahora sí».
Su vida temprana lo llevó primero a la arquitectura, una educación que rápidamente abandonó. «La odiaba y no sabía qué hacer», admite. El momento de claridad llegó inesperadamente, cuando confesó su deseo de pintar a su tía, la reconocida pintora Nela Salgado. «En quince minutos estaba en mi casa con óleos y un lienzo. Me dijo: ‘Pinta'». En ese imperativo simple y rotundo, encontró un mundo de permiso. Quirós redirigió su camino e ingresó a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Costa Rica. Bajo la guía de mentores como Héctor Burke y su tía Nela, y más tarde a través de estudios en grabado y diseño gráfico, cultivó habilidades técnicas. Pero fue el aprendizaje autodirigido lo que profundizó su práctica. «En la universidad, me di cuenta de que tenía que responsabilizarme por mi propia educación», explica. «Tenía que encontrar a los profesores que realmente tuvieran algo que ofrecerme y que me motivaran a encontrar mi propio camino».
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Hoy, Quirós sigue desarrollando un lenguaje visual definido por su apertura a la incertidumbre. Sus pinturas, aunque figurativas en esencia, se abren a espacios que resisten interpretaciones fáciles. Albergan una «tensión latente entre la imagen y el espectador», capturando figuras inmersas en posturas introspectivas, con expresiones ausentes u oscurecidas y entornos despojados de claridad narrativa.
Narrativas Suspendidas: El Peso de la Ambigüedad
En el corazón de «A la Espera» está el dominio de Quirós sobre la narrativa suspendida: momentos que, como una respiración contenida, sugieren tanto inminencia como imposibilidad. Cristina Ramírez, quien colaboró en la curaduría de la exposición, describe las pinturas de Quirós como «espacios compartidos de expectativa». Ella escribe: «La ambigüedad aquí es un gesto de generosidad», una estrategia mediante la cual el espectador se convierte en cómplice en la construcción del significado. Esta ambigüedad nunca es arbitraria; más bien, ofrece un sitio donde la resonancia emocional y la curiosidad intelectual convergen.
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Las pinturas de Quirós evocan lo que Maurice Merleau-Ponty podría describir como la ambigüedad de la percepción: la manera en que un momento, aunque inmóvil, tiembla con posibilidades invisibles. Sus figuras parecen detenerse en el umbral del significado, sus gestos ni fijos ni completamente descifrables. Un hombre se sienta a la mesa, una ventana enmarca la escena. Al principio, estos elementos ofrecen familiaridad, una sensación de lo conocido. Pero pronto, el suelo se desplaza. Las figuras aparecen suspendidas, su presencia desligada de cualquier certeza. Estas imágenes congeladas no solo capturan el tiempo, sino que contienen su eco, sosteniendo el movimiento dentro de la quietud.
Los personajes de Quirós, a menudo hombres, habitan interiores cargados psicológicamente. Sus miradas se pierden en horizontes indeterminados; sus manos reposan en gestos que no son ni deliberados ni ociosos. «Mis figuras permanecen en silencio, sus rostros vacíos de amor, dolor o furia», reflexiona. «No es en sus expresiones donde se agita la emoción, sino en el mundo que los rodea».
En las obras de Ignacio Quirós, el aire se espesa con anhelo, la luz tiembla con inquietud y las sombras susurran lo que los labios de los personajes no dirán. El entorno insufla vida a lo no dicho, tejiendo un diálogo silencioso entre el espectador y las profundidades invisibles del alma. En estos momentos inmóviles, el tiempo se dilata. Estamos suspendidos junto a sus figuras, esperando que algo ocurra, o tal vez, que nada cambie.
Esperar como Transformación
La meditación de Quirós sobre la espera está lejos de ser pasiva. En «A la Espera», esperar se convierte en una experiencia activa y compleja, a la vez psicológica, existencial y temporal. Su trabajo recuerda a Esperando a Godot de Samuel Beckett, donde esperar se convierte en la narrativa, un ciclo interminable de expectativa y significado diferido. De manera similar, El Coronel No Tiene Quien le Escriba de Gabriel García Márquez revela la espera como una metáfora de la incertidumbre, la esperanza y la resiliencia.
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Esta línea de influencia se extiende al cine. Las películas de Michelangelo Antonioni a menudo presentan personajes a la deriva, cuya inercia refleja crisis existenciales. Jeanne Dielman de Chantal Akerman se detiene en la repetición doméstica para evocar el peso de expectativas invisibles, atrapadas en momentos de crisis e inacción. Al igual que estos artistas, Quirós emplea el motivo de la espera para explorar la suspensión, no como estasis, sino como un estado cargado de potencial y tensión.
Hay una solitaria quietud en las figuras de Quirós, un silencio que evoca el mundo de Edward Hopper—esas almas solitarias atrapadas en el susurro de un momento intermedio, esperando algo sin nombre. Sin embargo, mientras los sujetos de Hopper existen en vastos y melancólicos espacios donde el silencio se acumula en las esquinas de habitaciones vacías y calles tenuemente iluminadas, Quirós comprime el tiempo y el espacio, presionando sus figuras contra los mismos bordes del lienzo.
Cristina Ramírez trazó una paralelismo revelador entre Quirós y Panofsky, reconociendo en su obra una profunda exploración del «tiempo comprimido». En las pinturas de Quirós, el pasado, el presente y el futuro no siguen simplemente uno al otro; se pliegan unos dentro de otros, desdibujando los límites entre memoria y anticipación. Hay una intimidad casi opresiva en sus composiciones, una proximidad que amplifica los mundos interiores de sus sujetos, haciendo que el silencio de su espera sea casi audible. Sus figuras no habitan solo el espacio pintado; están restringidas por él, y su presencia amplifica los temas de anticipación y suspensión, como si el acto de esperar en sí mismo se hubiera vuelto tangible.
Cuando le pregunto sobre los artistas que han formado su percepción del tiempo y el espacio, reflexiona: «Hay miles… Los primeros que descubrí fueron Bacon, Hockney, y mucho más tarde, Neo Rauch. Me marcaron profundamente durante mis años universitarios y más allá.» Sin embargo, fue Héctor Burke quien alteró su rumbo por completo. «Él comenzó a darme lecciones… Me introdujo al Expresionismo Alemán. Me impactó mucho», recuerda. Este encuentro se convirtió en un umbral, un cambio entre dos versiones artísticas de sí mismo. El Expresionismo, con su intensidad cruda y urgencia emocional, le ofreció una forma de contrarrestar la rigidez académica que lo había limitado. «Cuando descubrí el Expresionismo Alemán, fue como un antes y un después para mí», reflexiona. No solo era un nuevo lenguaje artístico—era liberación.
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La exploración de Quirós sobre la espera se alinea con estas tradiciones pero introduce un lenguaje visual distintivo. Sus figuras, al igual que las de Hopper, navegan por el peso de la soledad, pero mientras Hopper les da espacio para perderse en la reverie, Quirós les da paredes—bordes que presionan, enfatizando la artificialidad del mundo pintado. Esta contención es más que composición; es una fuerza silenciosa que da forma a las dimensiones psicológicas y emocionales de la espera, desdibujando la frontera entre la obra de arte y el observador. Nos invita a acercarnos, a llenar los vacíos con nuestras propias memorias y esperar junto a ellos.
El Tiempo Desvinculado: Ambigüedad Temporal como Espacio Poético
La ambigüedad temporal es un pilar de la práctica creativa de Quirós. Tomando las filosofías de Gilles Deleuze y Henri Bergson, quienes veían el tiempo no como algo lineal sino como algo estratificado e infinito, encuentro en la obra de Quirós un testamento silencioso de esta multiplicidad. Sus figuras, atrapadas en el susurro de un momento suspendido, parecen habitar el pasado, el presente y el futuro al mismo tiempo, su quietud vibrando con corrientes invisibles de tiempo. Y sin embargo, cuando menciono a estos pensadores, Quirós solo sonríe de manera irónica, rechazando cualquier estudio formal sobre ellos. Quizás no lo necesite—sus lienzos ya hablan su idioma, tejiendo temporalidades que se despliegan en el silencio entre pinceladas.
Quirós capa sus trabajos con pistas que sugieren narrativas superpuestas. Para él, el acto de pintar es menos sobre la resolución y más sobre fomentar la curiosidad—un proceso que describe como la creación de un espacio donde «la interpretación rebote» entre posibilidades sin fijarse en ninguna historia en particular. «Me interesa que haya múltiples interpretaciones… la gente tiene diferentes sentimientos al respecto, y eso me parece completamente válido», agrega. «Me gusta que la gente sienta la posibilidad de que hay una historia o algo sucediendo, pero no necesariamente que haya una. Esa posibilidad realmente me fascina.»
Cristina Ramírez profundiza esta reflexión con dos ejemplos sorprendentes de la exposición. En «Hombre visto a través de ventana», una ventana colocada en el centro se convierte en un portal hacia la incertidumbre -¿quién es el observador y quién está siendo observado?- La respuesta es elusiva, disolviéndose más allá del marco. De manera similar, «3 hombres inclinados», una reinterpretación de una fotografía de los años 50, suspende a tres estudiantes en un momento despojado de certeza. Sus gestos flotan entre la reverencia, el cansancio y la conspiración silenciosa, negándose a una única verdad. Quirós no dicta el significado; en cambio, nos invita al silencio, donde la interpretación parpadea y cambia con cada mirada.
Imágenes Estáticas y Potencial Narrativo
Las pinturas de Quirós empujan contra los límites tradicionales de la narración en el arte visual. Mientras Jeff Wall sostiene que una imagen estática no puede narrar porque le falta secuencia, Quirós abraza esta limitación como una invitación. Sus pinturas no son historias contadas, sino historias imaginadas—cargadas de potencial más que de resolución. Este enfoque resuena con la noción de Roland Barthes de que el «punctum» de una imagen es aquello que «pincha» al espectador, haciéndole tomar conciencia de algo no dicho, más allá del marco. Quirós aprovecha este poder, incrustando detalles en sus lienzos—reflejos, sombras, gestos—que funcionan como semillas narrativas. Estos fragmentos se convierten en catalizadores para la imaginación del espectador.
Quirós comienza con fuentes fotográficas. «Parte de mi proceso comienza con fotografías digitales,» explica. «Siento que internet me da acceso a miles de imágenes. Algunas llaman mi atención—por diferentes razones. Puede ser los colores o los gestos de las personas en ellas.» De estos fragmentos, construye escenas que se sienten a la vez profundamente familiares y totalmente ajenas.
Una Ambigüedad Ética: La Responsabilidad del Espectador
La ambigüedad, en el trabajo de Quirós, no es solo una elección estética. Es una elección ética. Su negativa a dictar el significado abre espacio para la subjetividad del espectador, pero también nos implica en el acto de interpretación. Debemos confrontar nuestras propias proyecciones, sesgos y expectativas. Las figuras en «A la Espera» no exigen nuestra empatía; la resisten. Su silencio no siempre es invitante. Sin embargo, al interactuar con ellas, reconocemos nuestros propios silencios—nuestra propia espera. «Inevitablemente habrá múltiples interpretaciones. Me interesa que la gente tenga una experiencia sensorial con la imagen—no necesariamente encontrar una narrativa, pero sentir la posibilidad de una,» dice Quirós.
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Al final, «A la Espera» no ofrece respuestas, sino preguntas—enmarcadas en pintura y luz, duda y sugerencia. Es un espacio donde la narrativa y el tiempo permanecen mercuriales, y donde el significado es siempre contingente.
Conclusión: El Arte de Permanecer No Resuelto
“A la Espera” de Ignacio Quirós Salgado es una meditación sobre el tiempo, la percepción y los espacios silenciosos y dolorosos que hay entre ellos. Sus pinturas, suspendidas entre la narrativa y la abstracción, no ofrecen resolución. Y ahí radica su poder. Al abrazar la ambigüedad, Quirós nos invita a habitar un mundo donde esperar no es vacío, sino potencial, donde la quietud resuena con la posibilidad de que permanezca no resuelta.
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