Gabriel González-Vega, crítico de cine.
“Violeta al fin” de Hilda Hodalgo
La defensa del hogar
Contemplamos con solidaridad y también con desazón la actual revuelta y acampada en Plaza del Sol, Madrid, a raíz de la evicción de María del Carmen Abascal (¡vaya paradoja de apellido, igual al de Satiago, el ultra de Vox!).

Maricarmen, jubilada de 87 años, recién falleció en el hospital adonde fue a parar, víctima de los intereses leoninos de fondos buitre, desahuciada luego de vivir 70 años en el piso que su padre le dejó, y tras un largo y penoso proceso judicial.
Basta ver los números del aumento en el alquiler para percatarse del abuso.
Una creciente y enorme movilización popular de apoyo ha derivado, claro, en otras demandas de estos nuevos Okupa, y ha sacudido la política española, con el presidente Pedro Sánchez convocando a elecciones para el próximo 27 de noviembre, luego del rechazo de dos decretos suyos para paliar la situación, una medida discutible e incierta.
A propósito de esta lucha, me parece oportuno volver a publicar, actualizado, este texto que escribí hace una década sobre otra mujer mayor que defiende su vieja casa de la voracidad de parientes sin escrúpulos. Como el Clint Eastwood de “Gran Torino”. El texto original lo publiqué en Campus, de la Universidad Nacional, recién jubilado después de 46 años de labor académica.
La vejez es libertad

Este relato audiovisual, sencillo y agradable, nos convence y resulta en una de las mejores realizaciones del cine costarricense. Película amable y más profunda de lo que a simple vista parece, que se recomienda con entusiasmo y con certeza.
Durante un cuarto de siglo la directora Hilda Hidalgo, de sólida formación y amplia experiencia, acarició este tema que le inspiró su madre, a la que recordó con respeto el día del estreno (la vi en la premier). En este caso, esa cercanía personal nutrió el trabajo creativo.
De entrada, Hilda nada contra corriente pues los jóvenes dominan las pantallas y no es fácil ofrecer al público una protagonista setentona. Sin embargo, encontró una actriz ideal en Eugenia Chaverri, que encarna a Violeta –propicio nombre de planta y color- de forma natural, con alegre picardía y una dulce y serena firmeza.

El nombre latino de la flor representa la humildad, la sencillez, el pudor y la dulzura; quizá lo que se espera de una mujer en esta sociedad machista y que en el filme ella trasciende para ser asertiva, desenvuelta y luchadora.
Mayor, divorciada, vive sola en la casa de sus recuerdos en Barrio Escalante, donde se desprende de prejuicios y tienta la aventura de alquilar habitaciones. Como es usual, sus hijos y exmarido se oponen en esa típica manía de imponerse a los viejos como a los niños y en asumir que los ancianos son unos inútiles, lamentable costumbre nuestra, tan distinta a la tradición oriental o africana que conocemos.
La acción dramática la desata el peligro de perder la casa, en una oportuna crítica a la forma en que operan los bancos en nuestro país. Sobresale sin proponérselo el personaje de la protagonista, y se desenvuelve la actriz con una facilidad que es propia de la maestría. Aceptables son los otros personajes, aunque los hijos algo sin gracia, mas quizá esto es parte de la visión de una obra que cuestiona la rutina. Los niños se empeñan con entusiasmo y su conexión con la abuela es significativa en el marco del patriarcado. Las interpretaciones son satisfactorias para nuestro medio (donde a veces vemos auténticos desastres), mas falta camino por recorrer.

Destaca mucho en dos escenas muy logradas el veterano Óscar Castillo; formidable como un exesposo tristemente muy “tico”. El mejicano Sánchez Parra, carismático, se desenvuelve con aplomo. Quizá el guion pudo darle mayor peso al final.
El filme fluye como el agua brillante y ondulada de la piscina donde ella hace deporte, muy bien editado por Ariel Escalante (además, un director interesante – “El sonido de las cosas”, “Domingo y la niebla”). La fotografía del reconocido Nicolás Wong (“La llorona,” “Tengo sueños eléctricos”) es eficaz y transmite la tibieza y frescura de la realización, con planos detalle hermosos. Sin embargo, pienso que se le pudo dar mayor presencia a la propia casa misma, crucial en la historia.
Ese espacio maravilloso de la memoria y la nostalgia que hará vibrar a muchos otros como yo. Vale que hacia el final tenemos un buen plano de toda la residencia, y antes uno estupendo del palo de mango y sus ramas fabulosas entrelazadas como un Shiva salvador.
El color y la luz son muy adecuados para el tono de la historia, donde lo aguerrido de la mujer nunca es excesivo. Hay una sabia moderación en el tratamiento y se evita el sentimentalismo. Otro acierto son las gotas de buen humor que refrescan la narración. Así como los momentos de magia y el sorprendente, audaz y sugestivo final, que eleva el filme a otra dimensión; como logramos de forma análoga en “Presos” (fui de los que se empeñó en mantener ese final, como constante asesor del cineasta Esteban Ramírez).

Mas lo principal en “Violeta al fin” es el conjunto; el retrato hermoso de esa mujer que sin aspavientos desafía convenciones como la prohibición de comulgar para los divorciados –centro de una polémica entre el bueno de Francisco I el papa y los conservadores eclesiales-. Un filme realizado con notable sensibilidad, envuelto en una rara belleza, y con observaciones sagaces en diálogos y situaciones. Méritos que podemos rastrear en trabajos previos de la directora, especialmente en los notables cortos “Sacramento” y“ La pasión de nuestra señora”(donde brilla otra veterana actriz, mi querida compañera Eugenia Fuscaldo) y en la audaz adaptación de García Márquez “Del amor y otros demonios”. Así como en su valiente y esclarecedor documental “Dos patrias” sobre la deriva autoritaria de la burocracia esclerotizada y la miseria creciente del pueblo cubano, atrapado entre la fallida revolución castrista y la brutal agresión del neo imperialismo Donroe.
El ingenioso título “Violeta al fin” señala tanto que finalmente ella es Violeta para sí misma, como que trata sobre el final de su vida. Este es un filme que se goza, que reivindica con ingenio la llamada tercera edad y que muestra una notable madurez entre la dispar producción nacional.
Epílogo
La dignidad no tiene precio
Sigo buscando mi artículo sobra la maravillosa “Acuarius”, de Klever Mendonza Filho, magistralmente interpretada por Sonia Braga, que trata un tema semejante. Le hice cine foros y si no encuentro el análisis escrito, debiera volver a hacerlo, pues es uno de mis filmes favoritos.

Que, por cierto, el gobierno -qué oportuno decirlo hoy– impidió que representara a Brasil en la 89 competencia de los Óscares (2017) debido a la protesta del equipo de producción durante el Festival de Cannes por la polémica destitución de la presidenta Dilma Rousseff(PT).
El docudrama nos cuenta de otra mujer jubilada que sufre continuo hostigamiento por parte de un gigante inmobiliario que pretende botar el edificio donde vive -para construir otro más grande y moderno- y que ella se niega a abandonar.
Una situación recurrente en muchos espacios, donde el poder del dinero choca con la dignidad de un individuo que se niega a ser aplastado o desechado. El cómo lo cuenta es muy seductor, aunque el final es menos convincente. La historia resulta conmovedora y estimulante. Es una película formidable y su protagonista, Clara, una heroína contemporánea. Entrañable. Véanla y celebren su dignidad.