De héroes y heroecillos

De héroes y heroecillos

 

Jacques Sagot, Revista Visión CR.

Beethoven, hijo espiritual de la Revolución Francesa, republicano y liberal ardiente, dedica en agosto de 1803 su Tercera Sinfonía a Napoleón Bonaparte, quien a la sazón se erigía como paladín de los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad: el símbolo viviente del “Abrazaos millones de seres… todos los hombres son hermanos” que el coro entonará veinte años después en el “Canto a la Alegría” de la Novena Sinfonía.

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La nueva composición, subtitulada “Bonaparte”, fue completada a principios de 1804, y una copia había sido ya preparada para recibir la aprobación oficial de París, cuando el dieciocho de ese mismo mes Napoleón se proclamaba emperador e imprimía al curso de la historia un dramático viraje hacia nuevas formas de opresión y despotismo.

 La ira del titán

La reacción de Beethoven, según la refiere su amigo Ferdinand Ries, fue intempestiva: “¡Después de todo no era más que un hombre ordinario!  Ahora se dedicará a pisotear los derechos de los demás, no pensará más que en satisfacer su ambición y se erguirá sobre los pueblos como un nuevo tirano”.  Acto seguido, Beethoven desgarró la primera página de la obra, rebautizándola Sinfonía Heroica, y dedicándola esta vez a su benefactor el Príncipe Lobkowitz.  Un vestigio nostálgico de la inicial devoción bonapartista de Beethoven lo encontramos en la Biblioteca de la Asociación Amigos de la Música en Viena, depositaria de una copia en cuya primera página puede aún leerse, parcialmente borrada, la inscripción “Intitulata Bonaparte”).

Quien ha visto derretirse en la codicia y la vanidad a quien alguna vez fuera su héroe comprenderá la sensación de estafa, de saqueo espiritual que experimentó Beethoven.  Es con amargura que el compositor anota en la partitura: “Sinfonía escrita en memoria de quien fuera un gran hombre”.  En su corazón, aquel hermano histórico en los ideales de la revolución estaba enterrado.  Cuando en mayo de 1821 le informan de la muerte de Napoleón, Beethoven responde lacónico: “Hace mucho ya que escribí su marcha fúnebre” (el segundo movimiento de la sinfonía Heroica consiste en la más doliente marcha fúnebre de la historia de la música).

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Cosas que pasan, cosas que quedan

Sea como fuere, lo cierto es que el mensaje de la “Heroica” no ha perdido hoy en día nada de su vigencia, en tanto que las circunstancias políticas que le fueron contemporáneas no son más que una nota al pie de página en los textos de historia.  Pasan los hombres, pasan los imperios, pasan incluso los dioses, pero el arte no pasa.  La estatua subsiste a la ciudad, el medallón subsiste al rey cuyo perfil fuera por el orfebre inmortalizado, la oda subsiste a la amada, y la Sinfonía Heroica subsiste al hombre que alguna vez fuera soberano del mundo.  El verso, la melodía, el lienzo: más incisivos que la espada, más poderosos que el cañón, más resistentes que el granito.

No fue bajo el bombardeo de las catapultas judías que cayeron las murallas de Jericó.  Fue después de la sétima fanfarria de sus trompetas, cuando la fortaleza se desplomó.  La alegoría no podría ser más clara: el poder del arte para traerse abajo imperios y castillos inexpugnables es inmenso.  Como decía Victor Hugo, “nada hay tan fuerte en el mundo como una idea cuando le llega su momento”.  El pensamiento, la palabra, la poesía, la música, la plástica, el cine, la danza tienen un tremendo poder de infiltración en las almas y las conciencias.  Son capaces de traerse abajo al más autocrático, despótico y militarizado régimen.  Es por ello que los tiranos del mundo entero corren a fiscalizar, a censurar, o bien a encarcelar, torturar o fusilar a los grandes artistas.  Desde su brutalidad de primates hegemónicos son capaces de intuir el “peligro” liberador que el arte significa para toda forma de represión.

Gozar la música, no la anécdota

«¡No!  ¡No!  ¡No es Napoleón, no es Hitler, no es Mussolini!  ¡Es Allegro con brio!» –tal fue la observación con que en 1937 Arturo Toscanini interrumpiera uno de sus ensayos con la Orquesta Sinfónica de la NBC–.  En efecto, nada tan innecesario para la comprensión de la música como la imposición de un programa (descripciones, narraciones, anécdotas, personajes) sobre un lenguaje que se basta a sí mismo.

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No es, en el fondo, de un hecho o de un personaje histórico de lo que se ocupa la Tercera Sinfonía, sino más bien de la esencia misma del heroísmo, en lo que este tiene de más universal e intemporal: el heroísmo como componente básico de la naturaleza humana, tal cual lo encontramos hasta en el más discreto y pasivo de los hombres.  La actitud heroica implica el reconocimiento de que la felicidad no es el fin último de la vida, y de que hay otros valores en nombre de los cuales bien vale la pena inmolarla.

¿Quién es el verdadero héroe?

En tanto que sacrificio del propio bienestar en aras de una idea, una causa, o de la felicidad de otros hombres, el heroísmo no es patrimonio exclusivo del soldado, del misionero o de los responsables de las grandes gestas épicas de la historia.  Lo es también de la madre, del médico, del maestro, de cualquiera que tenga la grandeza de alma necesaria para postergarse a sí mismo, para anteponer la felicidad de los otros a la suya propia.  “Es preciso que yo disminuya para que Él crezca” –dijo Juan el Bautista a propósito de Jesucristo, encarnando con ello el más universal paradigma de la abnegación y la renuncia a la propia gloria–.

El verdadero héroe es aquel cuyo martirio nadie sospecha, cuya identidad nadie conoce, cuya memoria nadie celebra.  Esos generalotes legendarios a los que se les erigen monumentos y se les dedican odas triunfales no son héroes, sino vedettes.  Es en el anonimato y el olvido, en el don de la propia vida donde cobra sentido el auténtico heroísmo.

Todo hombre, cualquiera que sea su peripecia vital, reedita en mayor o menor medida el mito ancestral del héroe, mito en el cual cabe distinguir dos etapas: la caída y la apoteosis, el peregrinaje a través del dolor y la victoria final: una dualidad maravillosamente recreada por Liszt en su Poema Sinfónico Tasso: Lamento y Triunfo (Torquato Tasso, el poeta acusado de locura y encerrado durante ocho años antes de probar su lucidez e inmenso talento).

 Caer… para erguirse altivo

Moisés tuvo que recorrer el desierto antes de recibir la revelación de las Tablas de la Ley; Cristo hubo de sufrir la crucifixión para ascender a los cielos; Odiseo debió padecer diez años de exilio antes de volver a aquella que era su verdadera patria: Penélope.  Napoleón mismo conoció su mayor momento de gloria después del destierro en la isla de Elba (el hecho de que en su caso la victoria se viera sucedida por una nueva y definitiva derrota solo prueba la trágica diferencia que hay entre las hipérboles mitológicas y la realidad histórica).

Waterloo, la derrota decisiva de Napoleón
Waterloo, la derrota decisiva de Napoleón.

Cuanto más dramática es la caída, más sublime resulta la apoteosis; cuanto menos difíciles son las pruebas de purificación, menos épica nos parece la victoria, pues, como decía Corneille, “triunfar sin peligro es triunfar sin gloria”.

La música de la Sinfonía Heroica nos lleva de la mano a través del itinerario emocional del héroe, viviendo con él su épica jornada, desde su impetuosa entrada a escena sobre dos acordes de Mi bemol mayor –tonalidad heroica por antonomasia–, hasta su apoteosis final, pasando por el descenso al Hades que representa la Marcha Fúnebre del segundo movimiento.

Comprar la estrellas

En vano buscaremos aquí el fragor de la batalla, el redoble de tambores, las fanfarrias de los bronces y la consabida parafernalia del héroe militar.  En Beethoven todas las batallas son internas, todas las victorias son íntimas.

El héroe de la Tercera Sinfonía no es en realidad Napoleón, ni Odiseo, ni Prometeo (hipótesis sugerida por el hecho de que Beethoven recicla en su sinfonía un tema previamente usado en el ballet Las criaturas de Prometeo).  El héroe es el ser humano, todos los hombres y mujeres que van por el mundo con su fardo de penas, agobiantes o pequeñas, públicas o inconfesables, sublimes o ridículas.  Aquellos que saben enfrentar su tragedia estoicamente, convencidos de que los grandes calvarios divinizan, de que la aceptación del dolor es lo que hace a un ser humano digno de ser llamado tal, y de que, en última instancia, todo sufrimiento es, como decía León Felipe, “moneda contante y sonante para comprar un día las estrellas”.

 

 

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