Un ratero

Un ratero

 Jacques Sagot, Revista Visión CR.

Debajo de la cama de mi habitación me encuentro un fajo de billetes; el equivalente en dólares a trescientos cincuenta euros.  Me apropio de ellos sin la menor reserva moral.  Poetic justice –dirían los angloparlantes–.  Justifico y racionalizo mi acción considerándola una compensación histórica por los doscientos dólares que durante mi primer viaje a Europa –hace treinta y dos años– perdiera en… ¡el dormitorio estudiantil de la UNESCO, rue Glacière!  ¡Ah, los misteriosos ciclos de la vida!  Todo el mundo es honesto… hasta el momento en que deja de serlo.  Como dice el refrán: “en arca abierta hasta el justo peca”.

¿Qué debí haber hecho?  Pues llevar la plata a la recepción del hotel, y averiguar si algún desesperado cliente había llamado, desde Dios sabrá qué rincón del mundo, para preguntar si la mucama o el viajero que ocupó la habitación después de él había devuelto la suma.  Para que el infortunado hubiese recuperado su dinero tendría que haberse conjugado la integridad de la mucama, el nuevo ocupante de la habitación y el recepcionista.  Y la cadena se rompió a la altura del primer eslabón: yo, el descubridor del tesoro.  ¿Tres honestidades concatenadas, imbricadas unas en otras?  ¡Tal vez en los cuentos de hadas!

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¿A quién le asesté el golpe?  ¿Un jeque árabe?  Harto improbable que un bribón de tal estofa se aloje en semejante hotel.  ¿Un pobre estudiante de Zambia, que ante tal calamidad habrá tenido que abortar su proyecto de sacar un diplomita en París, para regresar, en el descrédito y la angustia, a su país?  Más plausible, aunque este tipo de espécimen hubiera ido a parar a alguna miserable residencia estudiantil, no a un hotel que –estamos en el mes de enero– siquiera tiene calefacción y un restaurante de buen ver.

¿Cambiaría ello el peso ético de mi acción?  Contrariamente a lo que la mayoría de la gente diría, yo creo que sí.  Me parece perfectamente moral, ético –más aún, loable– robarle a un jeque árabe: todos son unos miserables rufianes, que se han enriquecido extorsionando al mundo con su apestoso petróleo.  ¿Le habré robado por ventura $ 350 euros al príncipe Mohammed bin Salman, cuya fortuna sigue escalando más allá de los 2 billones de dólares?  Es como quitarle un flequillo de nieve al Himalaya: ¿pesará menos por ello?

Por lo que al estudiante zambiano atañe…  Pues optemos por pensar que probablemente se trató más bien de un turista gringo o chino que andaba zandungueando por las Europas, tomando fotos de cada poste que se le cruzara por el camino…  O mejor aún: un turista sexual que visitaba París con el único propósito de husmear en todos los establecimientos de lenocinio de la ciudad.  Con ello, mi acción habría constituido un acto de la Providencia.  Pero no…  El turismo sexual es practicado en Marruecos, Brasil, Camboya, Costa Rica, China, Cuba, Perú, México, Tailandia y, desde la caída de la cortina de hierro, en varios países de Europa del Este, no tanto en Francia.

Caín matando a Abel - Peter Paul Rubens. - Magic Dreams Art Gallery -
Caín matando a Abel – Peter Paul Rubens.

Supongo que es imposible “blanquear” mi hurto.  Pues lo asumiremos como tal.  Es así de simple.  La culpa es, después de todo, una elección.  Puedo decidir –es mi prerrogativa inalienable– no experimentarla.  Desprogramarla de mi hard disk moral.  Tal es, justamente, la definición del cinismo.  Tan sencillo como apretar el botón de “delete” en esa parte de nuestra psique que activa la secreción de adrenalina, y provoca el sonrojo y la vergüenza.  Es cosa que, como toda destreza, se aprende con los años y un poco de disciplina.

Tenemos, a guisa de guías, a nuestros políticos y funcionarios públicos.  Figuras tutelares en la adquisición de tan útil facultad.  He elegido no sentir culpa.  Dejo testimonio de que lo he logrado, y ello sin haber representado para mí un trabajo particularmente arduo.

En la película Crimes and Misdemeanors, de Woody Allen (1989), el personaje interpretado por Martin Landau decide asesinar por interpósita mano a su esposa, que encarna Angelica Huston.  Cuestión de faldas y de esquivar las pensiones alimentarias.  Meses después del feminicidio, Landau se encuentra con Woody Allen en una fiesta de la alta sociedad neoyorquina.  Allen (quien sabe del horror cometido por su amigo) le pregunta cómo se siente.  Landau esboza la más radiante de sus sonrisas, y saboreando un Martini, toma un asiento al lado de Woody.

Crimes and Misdemeanors: A Parable Without a Point? | Lost Nostalgia
Martin Landau junto a Woody Allen en «Crimes and Misdemeanors».

Es entonces que le dice estas palabras: en su momento cayeron como bronce hirviente y derretido en los laberintos de mis oídos y mi conciencia: “Me siento perfectamente bien, compadre.  Hice lo que hice y sigue pareciéndome una excelente idea: ahora puedo disfrutar de la nueva mujer en mi vida y no tengo que soportar quebraderos de platos, ataques de histeria y las sanguijuelas de los abogados de mi esposa, que me hubieran drenado hasta los huesos.  ¿Pero sabes qué es lo esencial que aprendí en esta experiencia?  Que la culpa es una elección, y estás en capacidad de elegir no sentirla.  La culpa, el remordimiento, son, como casi todas las emociones, selectivas, y uno puede escoger no padecerlas.   Liberarse de ellas.  Es lo que he hecho yo, y me siento muy feliz por ello”.  Woody Allen queda anonadado, balbuciente, estremecido desde los cimientos éticos de su ser.  Y ahí termina la película.  El remezón moral de este aserto es de magnitud 9,5 en la escala Richter.  Pero, tal parece, los hay que pueden desprogramar de su conciencia la culpa.

En mi caso, era harto difícil devolver el dinero: había varios intermediarios en el proceso de devolución que de seguro se lo hubieran robado.  Era dinero perdido.  Me lo dejé.  Sin miramientos.  Sin estremecimiento profundo del alma.  Sin vergüenza.  Sin culpa.  Sin examen moral.  Sin remordimiento.  Sin rumia ética y espiritual.  ¿He de castigarme por ello?  Es muy probable que lo haga.  Soy muy refinado en el perverso arte de la autopunición.  Rodion Raskolnikov no sería capaz de superarme.  Ya elegiré yo la más cruenta manera.

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