Jacques Sagot, Revista Visión CR.

Alcohólicos, borrachos, jumas, tanderos, chicheros: siempre desconfiar de la profusión de sinónimos. Una cosa no genera tantos nombres a menos de que tenga una presencia fortísima en la cultura. El guaro es una ideología: “Prefiero un trago que una mujer”; “Si tiene problemas con el guaro y el trabajo, no trabaje”; “Esta cantina es como una barbería: si está pelado jale”; “Tatica Dios, si con la bebida te ofendo, con la goma te pago y me quedás debiendo”; “Vámonos emborrachando y qué caramba hasta que amanezca el día”. Costa Rica es el único país en el mundo que tiene un himno y una oración al guaro.
Así que un trago vale más que una mujer… Cielo santo, no sé por dónde empezar a enumerar todo lo que de depravado y aberrante conlleva esa expresión del sentir popular.
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Ya el mero hecho de establecer una comparación (¡y además desventajosa!) entre el guaro y la mujer, poniendo a ambos en el mismo plano ontológico, es una inimaginable vejación, un ultraje incalificable.
Emborracharse es decirle “no” a la vida, invitar a la muerte y sus damas de compañía –la locura y la violencia– a tomar posesión de nuestro ser. El grillete, la esclavitud, la servidumbre voluntaria: la renuncia a todo tipo de libertad. El “demonio de la disolución” (Unamuno) enseñoreado de nuestras almas. Abordar intoxicados la barca de Carón, y dejar que el remero nos lleve tan lejos cuanto quiera hacia el país de las sombras, el óbolo ya debidamente colocado bajo nuestras lenguas. Un entierro en vida.

Durante los años de la pandemia no hubo festejos pachucos (perdón: “populares”). ¿Dónde creen ustedes que fueron a buscar asilo todos aquellos que identifican la alegría con la intoxicación? Humo, bullicio, guaro, eructos, cientos de seres hacinados en la promiscuidad de espacios reducidísimos, respirando sus humores, sus flatulencias, su imbecilidad colectiva. Eso fueron nuestras cantinas. Hicieron “su agosto”, aunque fuese diciembre.
El Estado tuvo durante mucho tiempo el monopolio del alcohol. Hoy sigue derivando de él rentas inimaginables. Es el gran intoxicador de sus ciudadanos. No admite competencia: solo él tiene derecho de envenenar a la gente. Y luego –¡qué aberrante contradicción!– esa enorme fábrica de borrachos llamada FANAL crea, para limpiarse la cara, instituciones de ayuda al alcohólico.
El Estado llena a los ciudadanos de grilletes, usufructúa de su dolor, y luego tiene que prodigarse en todas direcciones atendiendo cirróticos que él mismo manufacturó. Inmoral. Profundamente inmoral. ¿Y la poderosísima Cervecería? Pues ahí sigue. Inflando panzas, idiotizando al país, sumiendo a los ciudadanos en el botulismo, contribuyendo al aumento del cáncer de recto, vendiendo Rubias Pilsen… y luego patrocinando nobilísimas causas sociales, haciendo las veces de paladín de grandes proyectos de beneficio colectivo. ¿Por qué simplemente no dejan de producir vientres hipertróficos e irreversibles hepatopatías?

Y luego los pataleos de siempre: “el ciudadano debe reivindicar su derecho a beber”. Pues, sí. Todo mundo tiene derecho a estar equivocado y a escoger la manera que le plazca de autodestruirse. “La bebida es propia de los espíritus dionisíacos.” Basta de estupideces, señores: Dionysos era objeto de un culto que conlleva una compleja, ancestral filosofía. Nada tiene que ver con los borrachitos llorones que se atiborran de bocas de chicharrón en una cantina de albañal. “El alcohol hace emerger la parte más auténtica de nosotros.” No. El guaro enajena, esto es, nos convierte en alguien ajeno a nosotros mismos, fractura el principio de identidad: un extraño, a menudo monstruoso y violento, habita de pronto nuestro ser. El alcohol, el cigarrillo, la droga son la plegaria moderna: prácticas ritualizadas, juzgadas “extáticas”, “reconfortantes”, “reveladoras”, epifanías artificialmente inducidas.
No soy avaro con quienes merecen elogios. El ex-presidente Oscar Arias y Fernando Zumbado, a través del programa “Avancemos” asignaron transferencias a miles de familias con el objeto de disminuir la deserción escolar entre los jóvenes. ¿A quiénes creen ustedes que le fueron confiados estos fondos? Pues a las jefas de familia, ¡y con buena razón!

Las estadísticas muestran que son ustedes, padres de familia, quienes con mayor frecuencia corren a dilapidar sus aguinaldos en guaro, y despiertan el primero de enero postrados en la amnesia, el remordimiento, la miseria material y espiritual, y el sordo rencor de sus familias. Algo más: la segunda administración Arias logró que los cuadros adictivos sean tratados por la CCSS como lo que son: enfermedades en toda la acepción del término. Dos grandes aciertos.
Sean felices, amigos y amigas. Y no tomen. Por favor, no tomen. Hay mil formas de embriagarse: de amor, de belleza, de música, de naturaleza, de Dios, de mar, de poesía, de vida. Explórenlas. Apréndanlas. Gócenlas.