Brief encounter

Brief encounter

Jacques Sagot, pianista y escritor.

Abordaron el metro, abrazados, en la estación Balard.

En Lourmel ya las lenguas iban trenzadas en esgrima como solo había visto en la vieja película hollywoodense Scaramouche: Stewart Granger y Mel Ferrer blanden sus fierros con felina presteza.  Tizona y Durandal: Rodrigo Díaz de Vivar y Rolando no hubieran sido capaces de tal virtuosismo en el cruce de los aceros.

A la altura de Boucicaut se han convertido en un embrollo de serpientes pitón en celo.  Nudo feroz, inextricable.  ¿Por qué miembro comenzar, para desenhebrar tal madeja?  Suerte de animal polimorfo y tentacular, de hipercuerpo proliferante e indeterminable.

En Félix Faure, él honró la memoria del legendario expresidente.  La cabeza de ella desapareció tras el respaldar del asiento.  Él se limitaba a jugar con sus cabellos.  Prócer de la patria, Faure murió durante una maratónica felación oficiada por su amante, Marguerite Seinheil.  De él dijo Clemenceau: “Il a toujous voulu être César, mais il est mort Pompé” (“Pompé”, parónimo de “Pompeyo”, significa también “succionado”).

Al llegar a Commerce, él reciprocó los favores.  Era lo menos que cabía esperar de un caballero.  Primero hundiéndose en “el divino hiato de sus senos” (Victor Hugo), y luego…  Pues en toda suerte de hiatos.  Digamos, simplemente, que cedió a su vocación de espeleólogo, y a su gusto por los intersticios.  No seré ciertamente yo quien se lo reproche.

Métro de Paris - Ligne 8

En La Motte-Picquet, debido a la masiva invasión del vehículo, declararon un momentáneo cese al fuego.  Una “tregua civil”.  Se recompusieron, y devolvieron todas las fieras del zoológico a sus respectivas jaulas.

Ya en École Militaire las hostilidades fueron reabiertas.  Cañones, bayonetas, los “escudos provocadores, armados de puntas rosa” de Baudelaire, los “bellos obuses, como mimosas en flor” de Apollinaire.  ¡Ejemplares ciudadanos!

En La Tour-Maubourg él optó por el enroque corto, y sacó a jugar su torre.  No “la torre abolida” de Nerval, no.  Desplome de Babel, caída de las murallas de Jericó, naufragio del Titanic, explosión del Hindenburg, derrumbe de las Torres Gemelas…  El rufiancillo reivindicó todo monolito, tótem o menhir jamás erigido por el hombre.

En Invalides ninguno de los dos respetó la sepultura del hombre mejor enterrado del mundo (después de los faraones).  No hubo minuto de silencio, no se entonó la Marsellesa.  Napoleón Bonaparte, el gran erector de torres y coleccionista de obeliscos, hubiera, creo, aprobado la gestión del tipejo.

A la altura de Concorde no cupo ya la menor duda: la concordia entre ambos era absoluta.  No privaré al lector de lo que tiene todo derecho a saber.  Ella se sentó sobre él.  Vestía una enagua verde.  Cuestión de correrse hacia el lado el slip, y cabalgar al trote primero, a todo galope después.

Desde mi perspectiva, todo lo que veía era su dorso, su cabeza, por encima de la figura del cretino, y su pierna derecha, recorrida por una mano basta, tosca, venosa.  Mano de labriego, de obrero, ciertamente no de pianista.  No acariciaba: estrangulaba –que, for all we know, era posiblemente lo que ella quería–.  Prokofiev, más bien que Mozart.

En Madeleine ella se volvió.  Bien centrada sobre su eje.  Empalada de una manera que tornaba superflua toda medida de seguridad.  Aun considerando un descarrilamiento, su vida no corría peligro.  Ahora lo cabalgaba de frente a mí.  Pero no puedo contaminar mi relato de ficción.  Soy incapaz de describir su rostro.  Un bosque de sargazos le cubría la cara.  Aun al alzar la cabeza, el pelo la sustraía a mi mirada acuciosa.  Desmelenada como una bacante.  Así, desprovista de rasgos, se convertía en una mujer abstracta, especie de arquetipo universal, la mujer absoluta, por cuanto podría haberle conferido el color de ojos o de piel que hubiese querido.  Modelo para armar, de Cortázar.

Archivo:Metro Paris - Ligne 3 - station Opera 01.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre

En Opéra alcancé a oír el espectáculo que en ese momento se representaba: hasta mí llegaron los ecos del “aria de las campanas” de Lakmé de Delibes…  A menos de que fuera “Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen” de la Reina de la Noche, de La flauta mágica de Mozart, con sus estentóreos Fas sobreagudos.  En todo caso, un número de bravura, una fulgurante cadenza llena de gorgoritos y notas sostenidas.  Los agudos, perfectamente impostados, impecable la afinación, de todo punto encomiable el vibrato, el color quizás más rauco, más áspero de lo que hubiese cabido esperar de una soprano de coloratura, pero sin duda, un verdadero tour de force técnico.  ¿La Netrebko, la Fleming, la Petibon?  ¡Cielo santo, más hubiera pensado en Lily Pons, de no ser porque la sé muerta desde hace cuarenta y siete años!  En fin, las óperas tienen sus fantasmas.

Al llegar a Richelieu la pareja, como desafiando la severa mirada del “cardenal rojo”, aceleró: de allegro con fuoco a prestissimo possibile.  No por ella, que ya había terminado su aria de résistence y sin duda recogía, ahora, los ramilletes y vítores del público, sino por el truhán.   No varió el compás.  Algo sé de música, así que pueden creerme, cuando les digo que bailaron en ritmo de tres por cuatro.  Una especie de vals, pero no el modelo vienés de los Strauss –demasiado atildado–, sino algo más afín al Vals Mefisto de Liszt.  Sí, de haber sido director, hubiera podido, perfectamente, marcar el compás: era, en efecto, tres por cuatro.  No me pregunten cómo lo sé.  Sucede, simplemente, que lo siento, lo percibo.  Ritmo ternario, no ciertamente binario.  Ni tango ni marcha: vals.  Pero un vals –insisto– percusivo, incisivo, frenético, niño díscolo que sin duda no fue educado en la casa de los Habsburgo.  El cambio se operó en el parámetro del tempo, no del compás.  Precisiones de músico que juzgo indispensables.  Richelieu hubiera preferido…  Pues seguramente la courante, la gavotte, la sarabande, un gracioso passepied…  No fue complacido.

En Bonne Nouvelle advino, por fin, la buena nueva.  Para el bellaco, por lo menos, que, atípicamente, había durado más tiempo que su compañera, para liberar el mísero chorrillo con que los hombres celebramos eso que experimentamos como la explosión del Krakatoa.  ¡Qué infame desproporción de energía sexual, entre la mujer y el hombre!  Amén del hecho de que, por evacuado el escupitajo –cuestión de unas cuantas contracciones de los músculos del suelo pélvico– debemos resignarnos a la exhausta, inoperante fase refractaria.  Torpe, ineficiente mecánica.  Asimetría que genera mi más ponzoñosa envidia.  Contra este irrisorio y efímero géiser, ¡que potencia y variedad, la de los orgasmos femeninos!  Los hay, por lo menos de cuatro tipos.  He leído a Hite, Kinsey, y Masters y Johnson: mi conocimiento teórico del tema es, por lo menos, tan vasto como mi sapiencia musical.  En todo caso, Bonne Nouvelle cumplió con su promesa: it delivered the goods, justo lo que cabía esperar de ella.

En Filles du Calvaire no sucedió ya nada.  En primer lugar, porque la experiencia había sido todo menos un calvario (excepto para mí, y aun ello de manera retorcidamente deliciosa).  En segundo, porque las “filles” habían salido todas corriendo a la vista de semejante espectáculo: esgrima, lucha grecorromana, ópera, deportes ecuestres, misa negra, Paolo y Francesca en el infierno de Dante, coreografía, vals, música de cámara, rito sacro y profano, comunión y eucaristía, aquelarre, contorsionismo, acrobacias de las que Nadia Comaneci no hubiera ciertamente renegado…  La Gesamtkunstwerk, la “obra de arte total” de Wagner.

A la altura de Bastille, la pareja observó, por fin, algún grado de respeto a los símbolos y monumentos patrios.  Silencio, lasitud, algunas vagarosas caricias, de esas que encuentran sin buscar, errancias exquisitamente sonambúlicas, ejecutadas en estado de trance…  ¡Ah, la divina extenuación que sobreviene a las grandes revelaciones!  ¡Nadie puede entrever el rostro de la Divinidad sin experimentar –por decir lo menos– alguna fatiga!  Es lo que asumo.  Yo no hablo con Dios frecuentemente.  Para ello sería menester contar con un servicio de larga distancia…  Mis cuentas telefónicas son ya suficientemente onerosas, as it is.

Place de la Bastille, París - todo lo que necesita saber

En Porte Dorée lucían serenos, apaciguados, bañados por áureo resplandor.  Hasta mí llegaban jirones de risas, frases entrecortadas, palabras que se robaban de la boca el uno al otro.  El beso es un ladrón inveterado.  Hirsutos y sudorosos, pero estabilizado ya el ritmo de sus respiraciones.  Nada del jadeo que había acompañado –subrayando la acentuación natural del compás de tres por cuatro, esto es, marcando el primer tiempo– la irreprimible tremolina.  En efecto, al dar el primer tiempo del “un, dos, tres”, la mujer dejaba siempre escapar un gemido rauco y cavernoso.  Fue, justamente, lo que me permitió establecer con tal precisión el compás de la danza.

Porte de Charenton.  Se han distanciado.  Las caricias se han hecho más esporádicas: una mera formalidad.  Gesto puro, desprovisto del contenido que hubiera debido animarlo.  Forma sin espíritu.  Ahí sentí, adiviné, supe que aquello no había sido más que el cruzarse de dos cuerpos celestes que seguirían sus parabólicas trayectorias para, probablemente, jamás volver a colisionar.  Hoy en día lo llaman “casual sex”, o “sexo recreativo”.  No lo censuro.  Es sabroso…  Como podría serlo un helado de vainilla.  Pienso, eso sí, que es una subutilización de las capacidades humanas: terminaciones nerviosas, imaginación, ternura, lirismo, imaginación, fantasía, devoción, fervor, comunicación, poesía, creatividad, amor profundo, yo qué sé.  Pero subutilizar algo no es pecado.  Es simplemente… pues nada: podría ser mejor, infinitamente mejor: eso es todo.

En Liberté ella abandona el vehículo.  Un beso tirado a manera de honorario, de compensación.  ¡Todo sea antes que no observar las buenas maneras!  Una gratitud de etiqueta, cuestión de urbanidad elemental.  Él la deja ir.  No hay pesar ni angustia en su expresión.  Extiende la mano sin levantarse del asiento…  Y ella se desprende de él con aire nonchalant.

École Vétérinaire de Maisons-Alfort es la estación del bellaco.  Un estropajo.  Desmirriado, flacucho, anémico.  Baja con paso vacilante, un poco desorientado.  En el andén, vuelve a ver en una y otra dirección, y emprende por fin su ruta, las manos metidas en los bolsillos del pantalón, la cabeza baja, torva su apariencia, la luz –ya que no fuego sagrado– que minutos antes lo animara, completamente disipada.  No se volverán a ver, no.  Lo siento desde el fondo del ser.

Sigo mi camino.  Sin rumbo fijo, que yo en esta ciudad no voy nunca a ningún lado: soy el “Barco ebrio” de Rimbaud y, de toda suerte, Diderot afirmó que, pese a nuestro paso firme y asertivo, nadie sabe nunca hacia dónde se dirige.

Brief Encounter (1945)

Recuerdo una película que vi durante mi niñez.  Brief encounter.  No es de “mi época”: fue filmada en 1945, pero todavía hubo en ella imágenes que me interpelaron hondamente.  En lo esencial, su mundo era, aún, el mío.  Ahora, en cambio, la ruptura histórica se me hace dolorosamente evidente.  David Lean dirigía, con soberbio guión de Noël Coward, y una fascinante –si no convencionalmente bella– Celia Johnson y Trevor Howard en los papeles protagónicos.  Dos desconocidos en una estación de tren.  El romance y la separación inevitables.  Pero profunda, indeleble, la huella que en ambos deja esta aleatoria intersección de espacios vitales.  Por fondo musical, el tema lírico del tercer movimiento del Segundo Concierto para Piano de Rachmaninoff (sin duda, no el menor mérito de la película, y el rasgo que más directamente le habló a mi corazón de niño –nada sabía yo a la sazón sobre el amor)–.  La he visto varias veces desde entonces.  Bella, bella película.  Pero no, Celia Johnson y Trevor Howard no copulaban, dentro del tren.  Aun más: ni siquiera hacen el amor.  O lo hacen de esa manera –la única– que permite su perpetuación: evitando la trampa del placer, a fin de preservar el gozo.  “No hay amor eterno, salvo cuando es contrariado” –sostiene Camus–.  Sí, me gusta, Brief encounter: la película figura en mi pequeño museo íntimo del cine.  Signo inequívoco de que he envejecido, de que ya estoy “out”, de que, en esa inmemorial caravana de las generaciones que surcan la historia, mi vagón ya hace mucho tiempo pasó.

 

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