El oscuro demonio de la codicia anda suelto

El oscuro demonio de la codicia anda suelto

Juan 3:19: «Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.»

No es el dinero en sí mismo, sino  “el amor al dinero”, lo que la tradición cristiana condena como un pecado y así lo señalan textos bíblicos como Eclesiastés 5:10 y 1 Timoteo 6:10. La condena cristiana se refiere a la avaricia y la codicia.

Adriana Núñez, periodista Visión CR

El empresario Isak Andic, originario de Estambul y creador de la cadena internacional de moda Mango -emporio que posee cerca de 3000 puntos de venta físicos distribuidos en más de 120 países y mercados alrededor del mundo- falleció a los 71 años de edad el 14 de diciembre de 2024, tras caer por un precipicio de más de 150 metros, mientras hacía senderismo junto a uno de sus hijos, Jonathan, en la montaña de Montserrat, en Barcelona, donde reside la familia y se constituyó el exitoso negocio.

Las tiendas Mango, son propiedad de una empresa creada en Barcelona, España

En un nuevo giro al caso, que inicialmente parecía corresponder a un penoso accidente, y tras casi año y medio de investigación, el primogénito, que le acompañaba durante el fatal suceso, fue detenido hace menos de una semana, según informaron los medios en distintas latitudes, acusado del delito de homicidio por la muerte de su padre.

En la foto, Isak Andic, creador de Mango y su hijo Jonathan

De inmediato, la jueza que investiga el asunto, decretó prisión provisional “eludible” bajo fianza de US$1,16 millones, suma que ya depositó el encartado, quien quedó en libertad pero con la prohibición de salir de España y la obligación de apersonarse al juzgado semanalmente. Además, por razones obvias, le retiraron el pasaporte.

Dado el nivel económico de los protagonistas y la importancia pública que se ha dado a sus vidas, en la prensa, círculos sociales españoles e incluso en los corrillos de barrio, circulan innumerables teorías sobre los supuestos motivos que tendría Jonathan Andic para matar a su progenitor. Y una de las causas que más se mencionan, es la del testamento del difunto, quien aparentemente, habría estipulado que si moría, más del 95 por ciento de sus acciones de Mango, deberían ser administradas por una fundación creada para llevar a cabo obras de caridad.

Al mencionar esta investigación -aún en curso- que ha sacudido a España y a otros países donde la famosa marca de ropa posee innumerables tiendas, la intención no es ahondar en las penosas circunstancias descritas sino únicamente tomarlas como ejemplo -en gran escala- de lo que en nuestros días está sucediendo en muchas sociedades, donde tanto la educación informal como la formal y los espacios laborales, alientan a niños, jóvenes y adultos a centrarse en conseguir dinero y bienes materiales a costa incluso de su propia salud física, mental y moral.

Datos y hechos preocupantes

Según lo ha dado a conocer la Oficina de las Naciones Unidas sobre Drogas y Crimen, (UNODC por sus siglas en inglés) los “homicidios interpersonales” -como ellos los denominan- “representan aproximadamente la mitad de los asesinatos en el mundo”. Y es precisamente dentro de esa categoría, donde las disputas por deudas personales, herencias, negocios y otros conflictos de carácter financiero o de propiedad, constituyen una parte sumamente “significativa” incluso superando incidencias graves tales como las venganzas y disputas territoriales no ligadas al crimen organizado.

Alegoría de la codicia

Adicionalmente, la UNODC ha informado que “en América Latina y el Caribe tanto el crimen organizado como el lucro económico, son los principales motores de la violencia letal”.

En algunos casos, están impulsados por la desigualdad, el desempleo o las disputas por el control de economías ilícitas tales como la distribución de drogas o el trasiego de productos en el “mercado negro”; pero en un alto porcentaje, responden a la ambición desmedida de individuos cuyo único afán es acumular dinero, riquezas y poder,  aunque tengan que pasarle por encima a sus propios padres, hermanos, cónyuges, etc.

De acuerdo con datos recientes, “en Europa, aproximadamente el 70 % de los homicidios tienen un origen interpersonal y se originan en disputas familiares, riñas por dinero o problemas de pareja, entre otros; en general, no están directamente vinculados a grandes organizaciones criminales”.

A ojo de buen cubero, a lo que sí están vinculados es a corrientes meramente materialistas donde se exacerban antivalores tales como la avaricia o la codicia que aunque se identifican como “sinónimos” en realidad en el ámbito psicológico y filosófico tienen matices diferentes.

Mientras la avaricia es “la necesidad desordenada de acumular y retener riquezas” y su enfoque principal es el “atesoramiento”, al punto de que el avaro prefiere vivir en la miseria antes que gastar lo que ha acumulado, la codicia, por su parte, “es un deseo insaciable de adquirir más bienes, poder o estatus, y muy a menudo implica querer apropiarse de lo ajeno sin importar los medios que sea preciso utilizar para conseguirlo”.

El infierno no está bajo tierra, sino sobre ella

Seguramente muchos de los amigos lectores -al igual que me ha pasado a mí- han tenido en algún momento de sus vidas que enfrentarse a situaciones en las que, a raíz de la muerte de un ser querido, ciertos miembros del núcleo familiar “levantan las antenitas” y se frotan las manos ante la posibilidad no sólo de beneficiarse del legado económico del difunto, sino también de despojar a la viuda u otros deudos directos, de lo que por ley les corresponde.

Sendero ubicado en el Monte Montserrat en Barcelona, de donde cayó Isak Andic en diciembre 2024

Y lamentablemente, en muchas ocasiones lo logran pues se valen de sus malas acciones para presionar -de distintas formas- a quienes en pleno duelo, no tienen el ánimo para defenderse. Donde hay dinero de por medio, bienes materiales, acciones, bonos u otras herencias, nunca falta el conflicto.

Por supuesto, en nuestros días, situaciones aún más extremas como la narrada al inicio de esta nota, han ido creciendo en número e intensidad: hijos que asesinan a sus padres; parejas que se deshacen de sus cónyuges o simplemente les dejan “en la calle”. Socios comerciales que literalmente se traicionan y “se disparan” unos a otros. En fin, individuos y grupos de personas envilecidos por el afán de acumular dinero.

Es el culto al “vil metal” que se ha entronizado por encima de todo y de todos, a pesar de que sabemos que la codicia responde principalmente a un vacío emocional, a una profunda inseguridad que impulsa a las personas a compensar sus carencias afectivas o sus miedos, mediante la adquisición de bienes materiales.

La moraleja es clara: todo ello sucede porque miles de hombres y mujeres han perdido el verdadero sentido de la vida; se han “deshumanizado” para convertirse en máquinas de hacer y acumular dinero y por supuesto,  han olvidado que la fuerza vital, la verdadera paz y la felicidad, provienen de la espiritualidad, un bien supremo, intangible pero sumamente preciado..

El «demonio de la codicia» anda suelto

Cuando eso ocurre, no solo cometen el error de medir el éxito según sean las posesiones que se tengan sino que además, los individuos que así piensan y actúan, suelen ser pésimos ejemplos para sus hijos, parientes y personas cercanas, en las que, conforme a sus propias ideas, intentan siempre reforzar el deseo -para ellos insaciable- de obtener cada día más. Aunque ello implique “daños a terceros”.

Si a tal circunstancia le sumamos la pérdida de esquemas de formación y educación en valores, los cuales se han ido abandonando a través de los años, entenderemos por qué, sin herramientas cognitivas adecuadas, sin límites ni contención, los delitos y agresiones interpersonales están a la orden del día.

Y por eso, términos que antes nos perturbaban hasta el tuétano, tales como “parricidio”, “filicidio” o “femicidio”  ahora inundan las noticias cotidianas y se asimilan sin siquiera un respingo.

 

 

 

 

 

 

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