El chiste como forma literaria

El chiste como forma literaria

Jacques Sagot, Revista Visión CR.

El chiste es una forma literaria.  Literatura oral (la contradicción es solo aparente).  Se inscribe dentro de una cultura fonocéntrica, marginal con respecto a la cultura letrada y hegemónica.  El chiste está fuera del canon de la cultura clásica y oficial, no por su contenido, sino por el mero hecho de que su hábitat natural es la oralidad.  Jamás tendrá el prestigio y la vocación de perennidad de la cultura escrita. 

El chiste se sabe efímero, se asume como tal, quiere ser flor de un día.  No aspira a forma alguna de canonización o de clasicismo.  La escritura le sienta atrozmente mal.  Un chiste cobra vida en la boca de quienes conversan.  Escrito pierde su alma, su vivacidad, su dinamismo, su picor, su magia.  El chiste vive, así pues, en la oralidad, y se propaga transgeneracionalmente antes de evanescer de manera quieta y callada.

Cierto: la cultura del meme ha con frecuencia congelado el chiste en la palabra escrita, pero bien vemos que ese no es su medio natural.  El meme hace prevalecer la imagen sobre el texto.  Con él nos situamos bajo la égida de lo visual, del oculocentrismo.  Es un fenómeno radicalmente diferente del chiste.  De hecho, el meme ha ido sustituyendo nuestra sensibilidad humorística de la palabra a la imagen: la instantaneidad no verbal de la imagen.  Es ella la que detona la risa.  El texto es en tales casos superfluo e incluso nocivo para la eficacia hilarante del meme. 

El chiste para Freud - La Mente es Maravillosa

La escritura congela el sentido del chiste, le roba su espontaneidad, lo purga de las rapsódicas variaciones que el contador de chistes puede agregar ad libitum a su micronarración.  La suspicacia fundamental de Sócrates y Rousseau (la palabra escrita desvirtúa, petrificándola, a la palabra oral) adquiere plena vigencia en el caso del chiste.  El meme suprime por completo la naturaleza narrativa del chiste.  Todo chiste es un micro-relato.  El meme anula la dimensión crónica (de Cronos: dios del tiempo) del chiste, su fluencia temporal, su índole expositiva y prosística.  Todo queda reducido como ya lo sugerí– a la puntual, focal, sinóptica instantaneidad de la imagen.  El chiste deja de ser sintagma, y se convierte en mero paradigma.

Decía que el chiste es una micronarración.  Para ser más exacto, es una microficción.  El término “microficción” suele serle atribuido al escritor francés Régis Jauffret, quien en enero de 2007 publicó con la editorial Gallimard una obra con este nombre, y se hizo acreedor con ella al premio France Culture-Télérama.  Algunas de sus microficciones fueron retomadas dos años más tarde en su libro Ce que c´est que l´amour.  Pero Jauffret llegó tarde. 

Ya la escritora costarricense de origen chileno Myriam Bustos había publicado diversos libros titulados microficciones desde mediados de la década de los noventa.  Es a ella, pues, a quien corresponde el mérito de haber acuñado el término.  Por otra parte, las microficciones de Myriam Bustos se apegan muchísimo más que las de Jauffret a la noción de una auténtica micronarración.  Muchas de ellas calificarían como greguerías, al estilo de Ramón Gómez de la Serna, y no pocas podrían pasar por meros chistes.  El principio de sinopsis, de síntesis, de concisión suprema es mucho más rigurosamente observado por Myriam Bustos que por Régis Jauffret.

Así pues, el chiste es una microficción.  No existen los chistes largos.  Un chiste largo supone una contradicción en los términos.  La brevedad es uno de sus rasgos definitorios.  Los chistes son prodigiosos ejercicios de sinopsis y concisión verbales: en ellos nada sobra, y nada falta (toda vez que sean relatados por un narrador eficaz).  Edgar Allan Poe decía que hablar de un poema largo era un disparate, que todo verdadero poema, dado el estado de exaltación y éxtasis en que debía sumir al lector tenía que ser, por principio, breve.  Al referirse a Paradise Lost, de Milton, nos sugiere que lo leamos como una sucesión de poemas breves, no como una abrumadora macronarrativa en donde el espíritu de la poesía se evaporaría.  Es un punto que reitera enfáticamente en su ensayo The Poetic Principle.  Pues bien, lo que Poe dice del poema puede igualmente hacerse extensivo al chiste.  Nada podría ser tan tedioso e inane como un chiste largo.

Microficciones en medio del miedo – Universo de Letras

El chiste es, por definición, anónimo.  En caso de que no lo sepan, queridos lectores, el señor Anónimo es el más fecundo creador de la historia de la humanidad: música, poemas, sagas, epopeyas, urnas, tumbas, catedrales, cenotafios, pinturas rupestres…   Nadie ha jamás producido tanto como don Anónimo.  Las grandes catedrales góticas franco-normandas son el producto de miles de creadores anónimos, de gremios enteros, que se relevaban en la erección del majestuoso monumento a lo largo de siglos, superando a menudo incendios, invasiones de vándalos, guerras, pestes: son creaciones colectivas y esencialmente épicas.  Los chistes son siempre anónimos.  Nadie sabe quién fue su creador.  La propagación oral puede bordar pequeñas rapsodias en torno a la anécdota central, pero esta debe mantener toda su potencia, su punchline.  Terrible cosa sería tener que consultar una guía de derechos de autor, de copyrights, antes de contar un chiste, y compensar a su creador con regalías posiblemente determinadas por su éxito y la cantidad de veces que es reproducido. 

¿Dónde nacen los chistes?  Nadie lo sabe.  Son el producto de la socialización, y pueden brotar en cualquier lugar: una cantina llena de borrachos; en el curso de una misa particularmente aburrida; en medio de una tediosísima reunión de junta directiva; entre la barra de torcedores de un equipo de fútbol; en el más señorial, exclusivo y fufurufo de los salones; en los mercados populares; en la calle; en las oficinas de instituciones gubernamentales (hordas de burócratas dotados de algún ingenio); en medio de una cumbre presidencial, acaso de un cónclave del Colegio Cardenalicio Vaticano; durante un picnic o una fiesta cualquiera; en el lecho que comparten los amantes; en el palco de un teatro de ópera; en el contexto del más solemne de los banquetes; en la tregua del almuerzo cuando los obreros de la fábrica se entretienen contando historias; en mitad de un velorio… no lo sabemos.  Pueden surgir en cualquier lugar. 

El chiste no es ni patricio ni plebeyo, ni gran señor ni siervo de la gleba, ni aristócrata ni sans culotte, ni terrateniente ni mujik, ni oligarca ni campesino.  No es tampoco hombre o mujer.  El humor no necesita un entorno humorístico para manifestarse.  Es posible que a un pasajero se le ocurra un magnífico chiste sobre el predicamento de su barco, que está a punto de naufragar.  Puede brotar en el ápex de situaciones terriblemente dramáticas.  Aún más: es harto probable que esto suceda con frecuencia, puesto que uno de los efectos del humor es justamente ahuyentar el miedo a lo inminente e inevitable.  

La muerte ha suscitado innumerables chistes: la inflación del discurso revela aquí la magnitud de la amenaza.  Es lo que en el cine y el teatro se conoce como comic relief: una breve tregua cómica en medio del horror de la situación en que se debaten los personajes.  De hecho, hay personajes cuya única función consiste en eso: proveer comic relief a la por demás aterradora historia en que están trenzados.  ¿Un ejemplo?  La presencia del comediante hispanoparlante Cantinflas, encarnando a Passepartout, en la película La vuelta al mundo en ochenta días, basada en la novela homónima de Jules Verne.  Otro ejemplo: los chascarrillos y parodias de Matt Hooper (Richard Dreyfuss) en la película Jaws, donde debe enfrentar constantemente el bullying de su némesis, el pescador de tiburones Quint (Robert Shaw), viejo lobo de mar, cien por ciento cloruro de sodio.

Algunos podrían argüir que el tema y el campo léxico de un chiste refleja y de manera clarísima su estamento social de procedencia.  Me temo que las cosas no sean tan simples.  De los labios del más encumbrado de los intelectuales puede brotar un chiste singularmente obsceno, vulgar y ofensivo.  Porque, la verdad sea dicha, nadie es “el más encumbrado de los intelectuales” las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, las cuatro semanas del mes y los doce meses del año.  Será “el más encumbrado de los intelectuales” en aquellos momentos en que represente ese papel específico en el gran theatrum mundi (la asunción de una identidad puramente performativa).  Pero cual un siniestro Mr Hyde, podría transfigurarse al minuto siguiente en un perfecto rufián.  Y así es el mundo.  Creerlo de otra manera es engañarnos en torno a la naturaleza humana y a la forma en que la sociedad nos obliga a cambiar de máscaras varias veces al día.  La “máscara” (Jung) es la “fachada de exportación” que mostramos al mundo.  La “sombra”, por el contrario, es nuestro licántropo, ese que solo nosotros conocemos, y que nos guardamos de exponer a ojos de los demás.  La vasta mayoría de los personajes metamórficos de la literatura y el cine visibilizan de esta manera nuestra escisión, nuestra dualidad interna.  El otro yo del doctor Merengue (tira cómica del humorista argentino Guillermo “Willy” Divito) ilustra de manera no se podría más elocuente esta suerte de personalidad biyectiva.  Toda la narrativa basada en la noción del Doppelgänger reposa sobre la duplicidad de la naturaleza humana.  Es un concepto más propio de la literatura gótica de terror que de la comedia (Dr. Jekill y Míster Hyde, El retrato de Dorian Gray, El Hombre Lobo, Drácula, William Wilson, Gregorio Samsa… buena parte de la poesía y la prosa de Musset, Nerval, Hölderlin, Hoffmann, Dostoievski, etc).  Judith Butler llega al punto de sostener que la instauración de los géneros es producto de la repetición de una serie de “papeles” o de “guiones” en el teatro del mundo.  La mujer se hace mujer encarnando en este vasto escenario el personaje de mujer, y otro tanto puede decirse del hombre.

El chiste más antiguo de la historia mezcla mujeres y pedos

No, no sabemos quién inventa los chistes que nosotros alegremente reciclamos.  Son del dominio público.  Nadie reclama sobre ellos autoría, nadie exige el respeto de sus derechos de creador.  Bien podría suceder que no fuesen concepciones individuales, sino relatos construidos por varios participantes.  O variantes distorsiones, deformaciones de historias perfectamente serias referidas en contextos perfectamente serios.  Hemos de considerarlos rapsodias, esto es, “zurcidos de cantos”, o “ensamblajes de cantos”.  La palabra procede del griego rhapthein (ensamblar) y aidein (cantos), y es usada para designar la forma musical que tan exitosamente cultivaron Liszt, Brahms, Gershwin, Rachmaninoff o Enescu, entre muchos otros.  Un chiste puede, también, ser un palimpsesto textual.  Una escritura sobre la que se van acumulando otras escrituras, sin completamente borrar las capas inferiores e iniciales del texto.  Una superposición de estratos que la historia va depositando, unos sobre otros.

Un buen contador de chistes debe ser un buen storyteller.  Un buen narrador.  Así como hay contadores de cuentos profesionales (el gran Hans Christian Andersen improvisaba sus cuentos para niños: es un rasgo que se cae de puro obvio cuando leemos sus maravillosas ficciones: preservan la frescura y espontaneidad de la oralidad), hay también egregios contadores de chistes.  Porque un chiste es una historia.  Breve pero estructurada, las más de las veces, según el esquema de la narrativa clásica: presentación de personajes, desarrollo de la trama y desenlace.

Existe una retórica del chiste.  Bien que mal, estamos en presencia de una pieza oratoria.  Hay virtuosos en el arte de contar chistes, y hay pésimos contadores de chistes.  Quien cuenta un chiste debe enfrentar siempre la posibilidad de que nadie ría de él.  Es un baldazo de agua fría, una experiencia angustiosa y sonrojante.  Cualquiera que la haya vivido sabrá bien a lo que me refiero.  Igualmente es irritante en extremo que en mitad del chiste algún aguafiestas adelante el desenlace.  El contador de chistes necesita ciertas destrezas.  ¿Naturales, aprendidas?  No nos ocupemos de eso por lo pronto.  Contar un chiste exige del narrador fluidez de palabra, dominio del idioma, dexteridad en el manejo de los elementos suprasegmentales del lenguaje, sentido del timing, cambios de tempo, gracejo, picardía, factores de tipo psicológico, poder de convocatoria, capacidad para la captación de la audiencia, y suficiente elasticidad psíquica como para solventar cualquier accidente que acontezca en mitad de la narración.  Repito: existe una retórica del chiste, y no difiere en lo sustancial de la concepción de retórica que cultivaban los grandes oradores griegos.

 

 

20 chistes para niños de más de 12 años (que sí les harán gracia) - Pequeocio

He aquí las fases sucesivas de esta retórica, tal cual la codificó la tradición grecolatina.

1-    La inventio o heuresis (la escogencia del chiste, o la composición o variante de un nuevo chiste).

2-    La dispositio o taxis (la ordenación del discurso: asegurar que tenemos perfectamente establecida la secuencia de la narración: nada peor que un chiste abortado por errores narrativos).

3-    La elocutio o lexis (el acicalamiento literario del chiste, la escogencia de los términos más elocuentes, y de la forma más eficaz de dispensarlo).

4-    La actio o pronunciatio (la elección de los gestos, visajes, sonidos, entonaciones, en fin, de todos los elementos histriónicos que se vayan a emplear y los componentes suprasegmentales del lenguaje).

5-    La memoria o mneme (la memorización del discurso).

Recuerden, amigos, que no es posible hablar o escribir sin retórica. Hoy en día la gente suele tener un concepto erróneo de la retórica.  La palabra debe ser resemantizada: no significa hablar de manera “bonita”, engolada, pomposa o grandilocuente.  La retórica está presente en todo acto de lenguaje.  Aun la anti-retórica del pachuco, del naco, del guarango, es una forma de retórica.  Subversiva, pero retórica al fin.  Como pueden ver, en la tradición grecolatina la retórica suponía no solo hablar bien, sino sobre todo pensar bien.  Ser capaz de enhebrar un discurso coherente y además bello, eficaz, persuasivo.  La retórica era un arma fundamental en el arte de la argumentación, del debate, de la polémica.  Su función principal era la persuasión.  Como dice Shakespeare en Love´a labour´s lost: “La eficacia de un chiste estará siempre en la oreja del que escucha, nunca en la boca de quien lo cuenta”.  Digamos, para no radicalizar las cosas, que el chiste debe ser, como toda obra de arte, una co-creación entre el emisor eficaz y el receptor activo: una candela que se quema por ambos extremos.  No es en modo alguno preciso decretar “la muerte del contador de chistes” como Barthes y Foucault sentenciaron “la muerte del autor”: una noción nefasta, absurda y fácilmente deconstruible.  Basta con establecer que, como en todo acto de comunicación, es preciso que el pabilo se queme por los dos extremos: el emisor y el receptor activo y co-creador de significado recorren sus respectivos tramos sobre el cirio, hasta que ambas llamas se dan la mano en la mitad de la candela.  Ese es el ígneo y puntual momento del jaillissement del sentido, y el milagro del humor y la sonrisa.

Qué es la retórica y cómo construir un discurso? | UNIR

Pericles fue un emperador, militar, orador y patrono de las artes durante el siglo de oro de Atenas (circa 495 – 429 antes de Cristo).  Su verbo fogoso pero lúcido, su razonamiento impecable, su uso profuso aunque ordenado de la palabra lo hicieron legendario como comunicador.  Sus arengas movían a toda una ciudad en la dirección que él quisiese.  Era contemporáneo de dramaturgos como Sófocles y Eurípides, amigo del escultor Fidias y discípulo de figuras como Protágoras y Anaxágoras.  El historiador Tucídides lo declaró “el primer ciudadano de Atenas”.  Claro que no lo recordamos como contador de chistes, pero sí como posesor de una inspiración verbal prodigiosa.  Otro tanto puede decirse del legendario Emilio Castelar (1832-1899), político, historiador, periodista y escritor español, presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República entre 1873 y 1874.  Por su parte, Aristóteles, Napoleón Bonaparte, Winston Churchill, Martin Luther King, Nelson Mandela, Otilio Ulate y Alejandro Aguilar Machado (estos dos últimos en Costa Rica) fueron también oradores cimeros, bien macerados en los preceptos de la retórica que teorizaron los pensadores griegos del siglo de Pericles.

 

En nuestra alicaída Costa Rica la gente no sabe leer.  Como no sabe leer, no sabe escribir.  Como no sabe leer ni escribir no sabe hablar.  Y el trágico corolario de todo esto es que, al no saber ni leer ni escribir ni hablar, termina por no saber pensar.  Los problemas de lectoescritura que enfrentan nuestros estudiantes son abismales.  Estamos creando un pueblo de criaturas lobotomizadas, de seres descerebrados, completamente desprovistos de instrumentos argumentativos.  Se piensa desde la palabra.  La palabra y el pensamiento se producen uno al otro recíprocamente.  Era lo que los griegos llamaban el logos, esto es, la palabra en tanto que palabra razonada, ponderada, y meticulosamente escogida.  Un punto de confluencia entre pensamiento y palabra.  Así pues, bien vemos que hasta para contar un chiste pasablemente bien es preciso contar con cierto nivel de cultura.  Entre la palabra y el pensamiento existe un tipo particular de causalidad que Edgar Morin llama “organizacional recursiva”, esto es, circular: el pensamiento es causa de la palabra tanto como esta lo es de aquel.

 

Hay –para seguir con este intelectualmente raquítico país que es el mío– contadores de chistes que hacen carrera en tanto que tales.  Pero no esperen de ellos las lindezas de Pericles.  Su humor reposa en la obscenidad, la expresión zafia y basta, la vulgaridad, el “humor” escatológico ligado al sexo o la digestión.  Estos popularísimos y por doquier ovacionados personajes cobran 800 000 colones (1 307 dólares) por una hora de chistes.  Son chuscos, ofensivos, pedestres, arrabaleros, y apuntan siempre al más bajo común denominador de la risa, a los temas más innobles y groseros.  Están constantemente en demanda.  Durante el mundial de fútbol Alemania 2006, se contrató especialmente un avión para transportar a la barra costarricense.  Esta manga de borregos, amén de llevar su asqueroso “gallo pinto” con natilla en bolsas de plástico, solicitó los servicios de uno de estos “humoristas” para que les contara chistes durante las once horas que duró el vuelo.  Yo, pianista clásico y escritor con seis discos compactos y veinte títulos en mi haber, conferencista, concertista, poseedor de dos doctorados obtenidos cum laude en los Estados Unidos, debo ofrecer mis conferencias, entrevistas, publicaciones periodísticas, participaciones en programas culturales y constantes espacios para la divulgación del arte gratuitamente.  Vivo con un salario de 630 000 colones al mes, que me paga la Universidad Técnica Nacional.  Todo lo que hago fuera de la academia es trabajo ad honorempro bono.  Mi nivel de vida no guarda relación alguna con la cantidad y calidad de mi producción intelectual.  Dejo testimonio de este hecho, para que los costarricenses algún día quizás lo valoren.  Por cierto: los contadores de chistes a los que he aludido, llegan a las mansiones (son muy codiciados entre los nuevos ricos) en Mercedes Benz, con chofer y guardaespaldas.  Ese es mi infecto país, y es justo que como tal lo exponga ante el mundo y ante sí mismo.

La risa como receta contra el estrés | OSPAT

El chiste ha ido perdiendo su fuerza narrativa.  Ya los contadores de chistes no son storytellers sino más bien formuladores de preguntas o de enigmas, si así lo prefieren.  Esto es producto de la reducción del chiste al formato de fórmula.  Las más variadas y lacónicas fórmulas.  Siempre son interrogativas.  Constituyen lo que en el terreno de la lógica formal se conoce como predicados o relatores poliádicos (“X ama a Y”; “X está situado entre Z y W”).  He aquí las modalidades más socorridas.

“¿En qué se parece X a Y?”

 

“¿En qué se diferencia X de Y?”

 

“¿Qué le dijo X a Y?”

“Se abre el telón y se ve a X.  Se cierra el telón.  Se vuelve a abrir el telón y se ve a Y.  ¿Cómo se llama la obra?”

“¿Cuál es el colmo de X? (La paciencia, la impotencia, la imbecilidad, la ira)”.

“Señor, le tengo una buena y una mala noticia, ¿cuál quiere que le dé primero?” (Y la “buena” noticia suele no ser más que una derivación de la noticia devastadora: no solo no consuela al receptor, sino que lo hunde aún más en la tristeza).

“¿Por qué X tiene Y?”  (Insértese aquí cualquier atributo saliente).

“¿Cuál es la definición del infierno?”  (Aquí se citan diversas etnias y países: el cocinero sería de tal nacionalidad, el amante de otra, el banquero de una más, el humorista procedería de otra nación, el jefe de la armada vendría de un quinto país).

“¿Cuál es la definición del paraíso?”  (Nueva invocación de nacionalidades, habitualmente las mismas del infierno, pero ejerciendo funciones diferentes).  Este tipo de chiste deriva toda su fuerza de los estereotipos étnicos y culturales.

“¿Qué tiene X que no tiene Y?”

 

“¿Qué le dijo X a Y antes de morir?”

 

“¿Por qué se murió X?”

 

“¿Cuál es el peor X del mundo?”

 

“¿Cuál es el mejor X del mundo?”

 

“¿Cuál es el más malvado X del mundo?”

 

“¿Cuál es el más bondadoso X del mundo?”

“¿Cuál es el animal más (grande, chiquito, estúpido, astuto, lento, rápido, elástico, feroz, peligroso) del planeta?”

“¿Cómo se meten veinte X dentro de un Volkswagen?”

“¿Cómo se dice X en (ruso, alemán, árabe, mandarín, japonés)?”

“¿Cuál era el nombre de aquel famoso yudoca coreano?”

“¿Cómo se llamaba la aeromoza japonesa que sobrevivió a aquella catástrofe de aviación en la Amazonia?”

“¿Por qué los X tienen la Y tan (grande, pequeña, larga, gruesa)?”

“¿Por qué los X son tan Y?”

“¿Por qué se extinguieron los X?”

“¿Qué le pasó a X al llegar al cielo?”

“¿Qué le pasó a X al llegar al infierno?”

“¿Quién inventó la (el) Y?”

“¿Qué dijo X cuando descubrió la (el) Y?”

“Iban en un avión un alemán, un francés, un árabe, un ruso y un tico.  El avión tiene problemas mecánicos y es preciso usar los paracaídas.  ¿Cuál fue el único que se mató y por qué?”

Los chistes cuyo humor reposa sobre un retruécano lingüístico (paronomasias, homofonías, anagramas, sinónimos, antónimos, calembours, jitanjáforas, plurivocidad, polisemia, ambigüedad, anfibologías, pleonasmos, antinomias, catacresis, metáforas, metonimias, sinécdoques, acentos locales, extranjerismos, problemas de pronunciación o de dicción, etc.)  He aquí tres ejemplos de chistes basados en la paronomasia,

“Estaban los cubiertos listos sobre la mesa para una cena.  El cuchillo llama a la cuchara: “¡Cuchara!  ¡Cuchara!”  Y como esta no contesta, el cuchillo le comenta al tenedor: ¿No ves qué ridículo?  ¡Pareciera que no escuchara!”

El Chiste De La Cuchara Y El Tenedor | TikTok

“Entra un hombre a un restaurante y dice: “Hola, queremos reservar una mesa”.  Le responde el mozo: “Perfecto, ¿para cuántos comensales?”  Y el hombre responde: “Ninguno: somos todos hipertensos”.

“Soy un tipo saludable”.  “Ah, entonces, ¿comes sano y todo eso?”  “No, la gente me saluda”.

Los chistes inspirados por los tartamudos, los majijos o las personas que sufren de labio leporino integran la categoría de las guasas dirigidas contra minorías afectas de discapacidades y limitaciones físicas: son inherentemente malévolas, pero en este estudio es menester consignarlas.  Dije “discapacidades”, no “invalideces”, porque nadie vale menos (minus valēre) por padecer de una condición física problemática.

La polisemia, la paronomasia y la homofonía son fecundas generadoras de chistes.  He aquí uno entre mil: “Un tipo muy gordo anuncia orgullosamente que este año va a observar estricta dieta y está determinado a meter la panza.  Un amigo le responde: “¿Meter la panza dónde?  ¿En una competencia?”  Aquí la polisemia del verbo “meter” posibilitó un chiste cruel pero sin duda válido, en medio de su ácido sarcasmo.  Nuevamente, la polisemia posibilita los chistes de formato “X es más malo que Y”, “X es más feo que Y”, “X es más lento que Y”, etcétera.  Así pues, “El jugador X es más malo que pegarle a la mamá”, donde el adjetivo “malo” es el articulador que permite la ambigüedad entre malo en el sentido ético (perverso, malvado), y malo en el sentido práctico (inepto, torpe, incompetente).  Lo mismo sucede con el adjetivo “feo”.  “Ese tipo es más feo que ver a la mamá morirse de calambres”.  Aquí el calificativo “feo” es el punto de convergencia de dos niveles semánticos: feo en el sentido estético (horrible, espantoso), y “feo” en el sentido emotivo (terrible, doloroso, aciago).

Lo primero que salta a la vista es que algunos de estos formatos están basados en prejuicios, estereotipos y asunciones étnicas y raciales.  Eliminar el racismo de las constituciones es una operación relativamente fácil.  Borrarlo del subconsciente colectivo de una nación, de la lengua, de la literatura, del sentir general, es virtualmente imposible.  El prejuicio se enquista en las conciencias, y ahí pervive con tenacidad y resiliencia inusitadas.

Como decía anteriormente, asistimos con todas estas fórmulas a un empobrecimiento del chiste en tanto que narración.  Son chistes de muy fácil enunciación, ideales para las personas inhibidas a la hora de tomar la palabra y asumir el rol de payasos ad hoc de la fiesta.

El chiste corto suele inscribirse dentro de la forma de la paremia un enunciado breve, sentencioso, que transmite cierto tipo de sabiduría): es un género parémico.  Ello lo emparenta con el proverbio, el axioma, la máxima (La Rochefoucauld), el adagio, el donaire (Machado), el epigrama, el dicho, el refrán, el cantar, el apotegma, el precepto, la sentencia, la greguería (Ramón Gómez de la Serna), el pensamiento, la moraleja, la agudeza, la regla, incluso el epitafio (los hay notables y de gran mérito poético, tal el caso de Paul Scarron, que transcribo a continuación).

 

“El que aquí ahora duerme

causó más lástima que envidia,

y sufrió mil veces la muerte

antes de perder la vida.

Pasante, no hagas aquí ningún ruido,

procura que nadie lo despierte;

pues esta es la primera noche

en que el pobre Scarron dormita”.

 

Son microformas, literatura “unicelular”, donde lo que cuenta es comprimir un máximo de significado en un mínimo de palabras.  Literatura minimalista, así pues.  El chiste breve y epigramático (no el extensamente narrativo) puede con todo derecho reclamar su lugar dentro de las formas parémicas.  De sus encantos, no es ciertamente el menor.

Los animales son fuente de chistes sin fin.  Vale la pena observar que en la vasta mayoría de los casos se trata de animales “antropomórficos”, de animales que toman el lugar de seres humanos, en virtud de ciertas similitudes morfológicas o conductuales.  “¿Qué le dijo un pollito a otro?  “Necesitamos apoyo”.  He aquí un inocuo chascarrillo que convoca el imaginario animal y además explota la paronomasia “pollo” y “a-poyo”.

Tampoco hemos de caer en el error de creer que todo chiste sobre animales es inofensivo para el ser humano: ¡lejos de ello!  Los animales (tal cual los vemos en las fábulas de Esopo, La Fontaine y Samaniego, o en los seres metamorfoseados de Kafka) son meros Ersätzes de los hombres, una manera oblicua e indirecta de bombardear el multiforme y ubicuo espectáculo de la imbecilidad humana.

 

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