Humor y deporte

Humor y deporte

Jacques Sagot, Revista Visión CR.

 

El deporte es una actividad inherentemente humorística, y no es esta la menor de las razones de su inmensa popularidad y de su omnipresencia mediática.  En realidad, todo virtuosismo técnico termina por devenir humorístico.  La gente lo contempla con mirada émerveillée, con una expresión de deslumbramiento en la que siempre termina por insinuarse una sonrisa o una risa de disbelief, de perplejidad.

La admiración es un sentimiento de suyo gozoso, exultante.  Ser feliz es, en buena medida, vivir en estado de admiración.  La admiración es una euforia.  La envidia es una disforia.  El hombre que admira reconoce una excelencia que lo sobrepasa, y ello genera en él un sentimiento de bienestar y quizás también un sano deseo de emulación.  De nuevo: la felicidad puede concebirse como esa actitud vital que nos permitiría experimentar la admiración tanto cuanto sea factible.  ¿Su condición de posibilidad?  La sensibilidad.  ¿Su talante moral?  La proscripción de toda forma de envidia.

Dos cuestiones sobre el deporte
Antonio Rivero Herraiz.

En la Revista Internacional de Ciencias del Deporte, Antonio Rivero Herraiz nos dice: “En 1921, Ortega entendía el espíritu deportivo como una metáfora del deseo humano. El deportista da lo mejor a cambio de nada, hace deporte por el placer de hacerlo, porque quiere, da su esfuerzo sin buscar recompensa material alguna. Para Ortega todos los avances de la humanidad se debían a lo que los hombres realizan con espíritu altruista, espontáneo y sin un utilitarismo inmediato o sea con una motivación semejante a la del espíritu deportivo.  En contraposición, afirmaba que la necesidad y la obligación que tantas veces nos guía en el quehacer diario nunca hizo que el hombre consiguiera grandes logros.  Ortega entendía el espíritu deportivo como paradigma del estado anímico con que el hombre crea, avanza y progresa”.

Ortega y Gasset establece una distinción fundamental entre las actividades humanas ligadas a la supervivencia (todo cuanto tenía que ver con las condiciones materiales, instrumentales y económicas de la vida), y aquellas que se ejercían como un “lujo vital” (sic), esto es, como un rebozo de placer, de gozo inútil en términos productivos, pero precisamente por eso, egregio, aristocrático, excelso.  El deporte como producto del ocio, no del neg-ocio (la negación del ocio).  El deporte, deliciosamente superfluo, desligado de las arduas, épicas, fatigosas imposiciones de la vida cuando esta no ha evolucionado más allá del mero fin de pervivirse.  El deporte es aquello que brota justamente cuando ya nuestra preocupación fundamental no es tener pan, agua y techo para el día siguiente.  En su ensayo El origen deportivo del Estado Ortega y Gasset propone –tesis audaz, originalísima– que el Estado cobra forma merced a una serie de prácticas deportivas, y a las estructuras de poder que les son consustanciales.

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En su ensayo La deshumanización del arte, el filósofo enuncia lo siguiente: “El nuevo estilo, por el contrario, solicita, desde luego, ser aproximado al triunfo de los deportes y juegos.  Son dos hechos hermanos, la misma oriundez.  En pocos años hemos visto crecer la marea del deporte en las planas de los periódicos.  El culto al cuerpo es eternamente síntoma de inspiración pueril, porque solo es bello y ágil en la mocedad, mientras el culto al espíritu indica voluntad de envejecimiento, porque sólo llega a plenitud cuando el cuerpo ha entrado en decadencia.  El triunfo del deporte significa la victoria de los valores de juventud sobre los valores de senectud. Lo propio acontece con el cinematógrafo, que es por excelencia, arte corporal”.

Empero, también conviene señalar que en otros escritos Ortega y Gasset llega a deplorar el fanatismo deportivo, el furor futbolístico que enajena a toda una sociedad.  Nuestro filósofo asumía su natural e irrenunciable misión de velar por la salud psíquica colectiva de los pueblos, de dar las señales de alarma cuando aberraciones sociales como los fanatismos de todo orden amenazaban con empobrecer el espíritu de la gente.  Pero, cela étant dit, saludaba el deporte como la excelsa manifestación de una sociedad que se ha emancipado del vínculo exclusivamente instrumental, funcional, utilitarista con la realidad.  Es justamente por eso que podemos considerarlo “un lujo vital”.

El deporte es una metáfora de la guerra.  Al entrar al estadio Vicente Calderón, sede del Atlético de Madrid, se topa uno con una frase inscrita en la pared con letras monumentales: “El fútbol es ganar, ganar, ganar y ganar…, y después de ganar, ganar otra vez”.  La definición es de Luis Aragonés, el hombre que en la Eurocopa 2008 probó que España era, después de todo, capaz de ganar un torneo internacional de primera magnitud (hasta ese momento «La Furia Roja» solo había ganado un torneo de fuste: la Eurocopa de 1964, jugada en su propio feudo).  El fútbol como “guerra civilizada”.  De sus diversos registros imaginarios, es el primero que salta a la vista.  El fútbol – milicia, el fútbol – batalla, el fútbol – colisión.  Lo propio de cualquier deporte, de cualquier juego –¿existe alguno que no esté basado en el principio de la competencia?– es prevalecer, imponerse, vencer.  Una parte quiere derrotar a la otra.  Para que haya ganadores tiene que haber vencidos.  El combate, ¿sería un paradigma vital, un correlato de la lucha por la supervivencia, del primer mandato de natura (la pervivencia del más apto y la perpetuación de los propios genes)?  Sería caer en el biologismo puro, en la más burda forma de darwinismo social.  Pero acaso el biologismo y el darwinismo social no estén tan equivocados: por lo pronto, no descartemos ninguna hipótesis.

La metáfora de la guerra en la narración del fútbol - Notas Rosas

El deporte es –valga la antinomia– una guerra civilizada.  Una guerra pautada, protocolizada, normada, contenida en un espacio acotado, pero sobre todo, una guerra lúdica y simbólica.  Un equipo de fútbol que le inflige un varapalo de 6-0 a su rival lo está matando, sí, ¡pero de manera puramente simbólica!  El deporte elabora, procesa, racionaliza y –el verbo fundamental– sublima la sed guerrera, hegemonista propia de la especia humana.  La voluntad de poder, de sojuzgamiento, de dominación se convierte en un constructo social lúdico y, en principio, no peligroso para nuestra integridad psicofísica.  Hay diferentes grados de sublimación: el rugby, el boxeo y la lucha libre están más cercanos a las atávicas pulsiones de dominación del ser humano.  El ajedrez (pese a la terrible violencia psicológica que lo anima) es un producto simbólico más enrarecido, más filtrado, menos primitivo y más cercano al mero ludus.

Sí: el deporte es una guerra “de mentirijillas”.  A su modo, una parodia, una caricatura de la voluntad guerrera del homo sapiens.  Como tal, es inherentemente humorístico.  El rival ya no nos agrede y asesina… pero nos inflige un túnel, pasándonos el balón entre las piernas (en el caso del fútbol).  No tiene sentido engañarnos al respecto: el deporte conlleva un altísimo coeficiente de violencia, pero es una violencia –repito– lúdica, sublimada, simbólica.  El lema olímpico –citius, altius, fortius– no deja duda al respecto: el nombre del juego es prevalecer, vencer, derrotar.  Una medalla de oro instaura una superioridad técnica sobre los rivales… ¡pero no los eviscera, trepana y devora!

Boxeo: Alfredo Evangelista: “Perder con Ali a los puntos fue una victoria” Alfredo Evangelista: “Perder con Ali a los puntos fue una victoria” - AS.com

Para comprender en qué consiste el contenido humorístico del deporte es preciso ver la manera en que Muhammad Alí bailoteaba sobre el tinglado, la presta y bella coreografía de sus piernas y brazos, la forma en que se burlaba de sus rivales, provocándolos de manera tal que se lanzaran al ataque y el pudiese ejecutarlos más fácilmente mediante su boxeo “de contragolpe”.  Sus llamadas “payasadas”, “bufonerías”, su malicia, su picardía, sus burlas, su astucia, en suma, el sentido del humor utilizado como arma psicológica contra sus rivales.  ¿El fútbol?  ¡Reboza de humor!  Como en todo deporte, el fingimiento, el amago, la mentira son fundamentales.  De hecho, podríamos decir que el deporte es el único espacio social (Bourdieu) en que la mentira es admirada y recompensada.  ¿A qué me refiero?  Vean los videos de Garrincha bailándose a los ingleses en el partido de cuartos de final del campeonato mundial Chile 1962.  Amagaba (esto es, simulaba, fingía) un desborde por la derecha, y luego quebraba hacia la izquierda, dejando al defensa burlado, sembrado en el terreno, perplejo y sí: también humillado.  Fíjense en esto: toda gambeta, dribling, túnel, rabona, “elástico” (Rivellino), quiebre de cintura, sombrerito, desborde, pase de talón, taquito, auto-pase, bicicleta, vaselina, cambio súbito de ritmo, freno, cola de vaca, arcoíris, ruleta marsellesa, croqueta, pisadita, abracadabra… toda esa maravillosa cornucopia de destrezas balompédicas, de fintas (del latín fingere: fingir), ¡no son otra cosa que mentiras!  Éticamente, no difieren en lo absoluto del embuste, del infundio, de la patraña.  ¡Pero en el espacio acotado del fútbol, a diferencia de la moral, des bons moeurs, de todo cuanto predica la preceptiva kantiana, estas multiformes mentiras son aplaudidas, celebradas, pagadas a precio de oro (a la altura del año 2026 una vedette futbolística puede fácilmente ganar 80 millones de euros al año)!  ¡Y lo hace mintiendo de manera sistemática, constante y gozosa!  ¡La mentira elevada el nivel de apoteosis, de epopeya, de modus vivendi!  La gente se sienta frente al televisor y paga sumas exosféricas por ver a un satimbanqui mentiroso, embaucador, deshonesto, ahí donde la deshonestidad no es un disvalor, sino el mayor de los valores imaginables.  Un gran deportista debe ser, en primerísimo lugar, un fingidor profesional, un ilusionista, un enjȏleur, un trompeur, un hombre que le toma el pelo a sus rivales (y a nosotros, espectadores) cada vez que ensaya una jugada.

Cuando Garrincha fue Pelé - Panenka

¿El ajedrez?  ¡Está lleno de simulaciones, de trampas, de fingimiento!  Para no ir más lejos, “regalarle” al adversario una “pieza envenenada” (a menudo un peón).  Este corre a devorarla, con lo cual gana cierto grado de ventaja material, ¡pero con ello su posición se deteriora, se vulnerabiliza!  Ceder la ventaja material a fin de conquistar la ventaja posicional.  En el torneo de Linares, versión de 1994, Anatoly Kárpov, campeón mundial entre los años 1975 y 1985, sacrificó (le “regaló”) la bicoca de dos torres a su rival, Vesselin Topalov.  Lo que mucha gente creyó que era un tremendo dislate por parte de Kárpov, reveló ser una inconcebible genialidad táctica.  Después de la “entrega” de las dos torres, Topalov cae en posición Zugzwang: todas sus jugadas eran obligadas… hasta el jaque mate final (aunque, viéndose perdido, Topalov volcó el rey mucho antes de su inexorable desenlace).  Kárpov ganó ese torneo con panache, solvencia, autoridad, y sobrada superioridad sobre sus rivales (entre ellos Garry Kasparov, su némesis).

¿Con que no se miente?  Es lo que nos instruye el noveno mandamiento del Decálogo bíblico.  ¡Pero sucede que en el deporte gana por principio el que más y mejor miente, y por ello lo amamos!  La ética de la verdad y de la honestidad debe ser puesta en estado de suspensión, de momentáneo congelamiento.   En la final del campeonato mundial de fútbol Alemania 1974 el técnico del equipo teutón, Helmut Schön, envió al delantero Hans Hölzenbeim a infiltrarse en el área rival gambeteando a diestra y siniestra.  Hölzenbeim era conocido por su capacidad para ocasionar penales contra el equipo rival.  Y, en efecto, fue víctima de un foul en el área rival, que Breitner convirtió en gol.  A fin de cuentas, Alemania ganó la final con marcador de 2-1.

Désiré Doué, jugador de Francia, sobre Paraguay: "Son un muy buen equipo, los vimos jugar contra Alemania. Van a ser muy difíciles de vencer; defensivamente son duros, le ponen mucha intensidad a
Désiré Doué.

La misma situación se reprodujo en el partido de octavos de final Francia – Paraguay, con victoria gala 1-0.  Estando el equipo sudamericano herméticamente cerrado en su propia área, y ostensiblemente procurando llevarse el partido hasta la instancia de penales, el técnico Didier Deschamps hizo ingresar al terreno de juego al jugador Désiré Doué, especialista en gambetear en espacios reducidos, en el área rival, a fin de provocar un penal.

Y claro está, nueve minutos más tarde le cometían falta dentro de la surface de réparation, y Mbappé convertía el penal.  Estos penales “provocados”, “extorsionados”, “inducidos”, ¿son éticamente correctos?  Las infracciones fueron bien señaladas.  El punto es, ¿puede considerarse un penal “ocasionado” como una jugada justa?  Lícita lo es: de eso no tengo dudas.  ¿Pero justa?  Tremebundo problema, el de la justicia en el deporte.  La administración de la justicia en el deporte corresponde siempre al árbitro: no es un sambenito que querría vestir.  No gana el equipo más justo, sino tan solo el que haga más goles.  Es así de simple, y no hay vuelta de página.

Sí, claro que el deporte está lleno de humor. Independientemente de los accidentes que con frecuencia lo tornan hilarante (en el campeonato mundial de fútbol España 1982, el árbitro alemán Walter Eschweiler chocó contra un jugador, cayó patas arriba de la manera más aparatosa que sea dable imaginar, derramando por el suelo todas sus tarjetas y su libreta: la imagen se convirtió en uno de los íconos de esa justa), el deporte es casi siempre hilarante.  Las coreografías y desplazamientos que los jugadores ejecutan en el terreno de juego, su aspecto vagamente maquinal (de nuevo evoco a Bergson, quien en su Ensayo sobre la risa, de 1900, plantea la tesis de que lo cómico procede a menudo de la repetitividad motórica, maquinal, propia de muchas actividades humanas –la terrible reiteratividad fabril, entre otras–).  La manera de correr sobre el terreno de juego, el masivo flujo y reflujo en una dirección, luego en la otra, el carácter robótico, acéfalo de estos desplazamientos, todo eso es formidablemente humorístico, siempre y cuando seamos capaces de disociarnos siquiera momentáneamente del grávido contenido emotivo de la competencia, y verla con mirada virgen, distante, objetiva, desapasionada.

Mundial: Walter Eschweiler el árbitro que dirigió borracho el partido entre Italia vs Perú en España 82

Como toda parodia, el deporte desinfla los patéticos globos de la altisonancia épica, política y guerrera: es inherentemente cínico y deconstructivista.  Es la caricatura misma de toda epopeya, de las grandes gestas heroicas: actúa como un agente de deflación de la retórica patriótica y de los exaltados nacionalismos de antaño y –hélas!– de hoy en día.  Bástenos tal cosa para amarlo, y considerarlo una de las mejores cosas que se le han ocurrido a la criatura humana.

 

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