¿Jugar a Dios?  ¡No, gracias!

¿Jugar a Dios?  ¡No, gracias!

Jacques Sagot , Revista Visión CR.

 

Cada vez que se sienta a un ser humano en la silla de acusados, se sienta también a su sociedad y su momento histórico.  No existe esa quimérica figura llamada el “antisocial”.  Esa es una mera ficción fabricada para cloroformizar las malas conciencias de quienes comprenden que todo criminal es también una víctima.

Es lo que nos enseña In cold blood de Truman Capote, donde, después de familiarizarnos con la historia de vida de los despiadados criminales Dick Hickock y Perry Smith, descubrimos que es imposible no sentir compasión por ellos.  Sí: asesinaron a los cuatro miembros de una familia de Holcomb, Kansas, pero “humano sum, humani nihil a me alienum puto”: “humano soy, nada humano me es ajeno”.

In Cold Blood, Truman Capote, Folio Society 2011 – Sancho's Rare Books

Capote llamó su obra una “novela de no ficción”.  Él compartió cientos de horas con los convictos, antes de que estos fueran ahorcados por sus inconcebibles asesinatos.  La novela ha sido llevada al cine en 1967 y en 1996.  Gracias a los testimonios recogidos por Capote y a su actitud de misericordia con los criminales, a su capacidad de empatía y conmiseración, logra crear en nosotros el “síndrome de Bonnie y Clyde”: nos ponemos del lado de los delincuentes, y asumimos que es el mundo, la sociedad, la coyuntura histórica en que vivieron la que debería subir al patíbulo.

Empezamos entonces, lo queramos o no, a invocar una palabra sobajeada como pocas: el “sistema”.  Todo sería, así pues, culpa del “sistema”, y es él quien debería ser llevado a la horca.

Contra esta tesis, surgen de inmediato los que invocan las nociones de libre albedrío, de capacidad de decisión, de libertad para escoger entre el bien y el mal.  Esos asesinos a sangre fría, degolladores de una familia entera (el padre, la madre y los dos hijos) tuvieron la libertad para no perpetrar el crimen.  Pero después nos enteramos de sus misérrimas infancias: madres prostitutas, padres que los amenazaban con armas de fuego, palizas físicas que dejaron a Dick Hickock discapacitado, hambre, más palizas, soledad, incomprensión, marginación, alcohol, drogas, dependencia de fármacos (Hickock no podía vivir sin tomar aspirinas).  Una infancia – infierno.  Nada que encontrarán en el más allá, después de sus ahorcamientos, podría superar en brutalidad y violencia esas infancias malditas.  Las que marcan a fuego y determinan toda una vida.

Archivo:Perry Smith and Richard Hickock at cars in 1960.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre
Perry Smith y Richard Hickock, en 1960.

Y es entonces cuando quisiéramos agarrar esa abyecta abstracción llamada “sociedad”, y llevarla a la horca.

¿Cuándo comienza el mal en la vida de un ser humano, si no es en su temprana infancia?  ¿En qué momento el miserable, agredido toda su vida, toma la decisión de pasarse al bando de los agresores?  ¿Quién puede jurar sobre una biblia que a él jamás le sucedería tal cosa?  ¿Prometer que a pesar de haber padecido una cámara de torturas a guisa de infancia, va a reformarse, recibir una visitación de la Virgen o ser objeto de una teofanía, y salir transfigurado a hacer el bien por los caminos del mundo?

Por otra parte, ¿cómo dejar impunes a las víctimas de su atroz holocausto?  Perdonar al culpable equivale a traicionar a la víctima.  La sociedad tiene entonces que castigar –que castigarse, sería más propio decir–.  Como lúcidamente advierte la pedagoga y psicóloga Ritika Subhash, “educar a un niño involucra a una ciudad entera”.  Sí, y también des-educarlo.

Amazon.in: Ritika Subhash: books, biography, latest update
Ritika Subhash.

Antes que un ser racional la criatura humana es un animalito emotivo, pasional, impulsivo, visceral, sanguíneo, bilioso, cultor del pensamiento mágico, movido por el proceloso océano subconsciente, por el onirismo, un delicado equilibrio químico que el menor desbalance hará derrapar en una u otra dirección, lleno de miedos, inseguridades, atenazado por el horror a la muerte, al tiempo, a la decrepitud, ignorante de la existencia o no existencia de Dios, víctima de sus propios demonios, habitado por miles de hombres, esquizoide, oscilando siempre entre el miedo y el deseo… Los hombres del paleolítico inferior eran hostigados por los mismos tormentos.  No difieren sustancialmente de nosotros.

Sartre, como el hijo de la Aufklärung que nunca dejó de ser, postula a un ser humano que se construye a sí mismo con cada uno de sus actos, dentro de un horizonte de ilimitada libertad.  Según él, estamos condenados a ser libres (¡atención a la aporía!)  Una filosofía de la libertad y la responsabilidad. Pero nuestro pensador suavizó tan categóricas afirmaciones en uno de sus posteriores ensayos.  ¿Libertad, libre albedrío, sindéresis, capacidad de discernimiento entre el bien y el mal?  ¿Puede realmente hablarse de tales nociones en el caso de un niño que creció entre prostitutas, alcohólicos y drogadictos, ayuno de educación, hambriento, friolento, haraposo, misérrimo, carente de padre y madre, robando mendrugos y recibiendo palizas y porrazos que le han ocasionado lesiones perpetuas, tal el caso de Hickock?  ¿No son la libertad y el libre albedrío meras ficciones éticas y sociales?  ¿En qué momento elige un ser humano la senda del mal?  Y esa elección, ¿es realmente tal?  Solo se elige desde la libertad… más un espejismo que una realidad operativa y efectiva.

La lucha ancestral entre el bien y el mal - Ríodoce

Infancias determinadas –no meramente condicionadas– por esos años que fueron “une saison en enfer” (Rimbaud).  Sí: la infancia – infierno es cosa que nos deja marcados hasta la muerte.  La volición, la libertad, la autodeterminación, el libre albedrío… que hagan gárgaras con tan prestigiosas nociones quienes no hayan atravesado estos tránsitos de fuego.  ¿Qué clase de “libertad” tuvo un pobre malandrín sobreviviente del horror de un precario?  Y el propio Sartre, ¿se escogió a sí mismo “dentro de un horizonte de ilimitada libertad”?  ¿Eligió sus perturbadores ojos divergentes, sus orejas puntiagudas reminiscentes de Nosferatu, su labio inferior caído, su aspecto de iguandrago, de sapo verrugoso, su pestilente tabaquismo, su promiscuidad autocomplaciente y frenética?  ¿Se esculpió a sí mismo en todos esos trazos, el gran pensador “de la libertad”?  Y el cincel, el martillo y la gubia que usó para autodelinearse, ¿los sacó de la nada?  La antropología sartreana se desmorona ante la evidencia de que los seres humanos somos criaturas condicionadas y determinadas en muchas de nuestras facetas.  Por la genética, por el subconsciente, por el entorno social, entre muchos otros factores (Sartre intentó integrar el subconsciente a su perfil de hombre libre mediante el sicoanálisis existencial… es tan solo una bouillie intélectuelle, esto es, un guiso intelectual).

En La vida es sueño, Calderón de la Barca nos propone una visión más prudente de la libertad humana.  A su protagonista Segismundo le dice: “los astros inclinan, pero no obligan”.  “Los astros” son aquí todo lo que influye en la lenta coagulación de nuestra personalidad.  Y lo que el dramaturgo afirma es que en efecto hay fuerzas condicionantes muy poderosas que generan en nuestro destino un clinamen –una inclinación en una u otra dirección–, y que estas oscuras potencias pueden condicionarnos, pero no determinarnos (es imperativo establecer la diferencia entre ambas formas verbales).

Teatro Pérez Galdós

Así que Calderón le deja una razonable franja de libertad a la criatura humana… dentro de los condicionamientos que nos imponen “los astros”.  Pero Calderón no toma en cuenta los determinismos biológicos y genéticos… infortunadamente, esos hacen mucho más que condicionarnos.  Que lo diga si no el Zola del ciclo de novelas de la familia Rougon-Macquart: el inescapable relevo transgeneracional de las taras, la violencia, la iracundia, el crimen, la demencia.

En el quinto episodio de Dekalog, el inmenso cineasta polaco Krzysztof Kieslowksi aborda de lleno el quinto mandamiento: “No matarás”.  ¿Por qué asesina, el criminal que hace las veces de protagonista  de esta película?  Porque lo asfixiaba la culpa, y quería ser castigado con la pena capital.  ¿Culpa de qué?  De una experiencia muy puntual: había emborrachado al conductor que operaba una aplanadora, y esta había triturado a su pequeña hermana, de apenas doce años de edad.  Así, el asesino opta por matar a un taxista –amén de diversas acciones criminales que preceden a su decisión– de la manera más cruenta y demorada que sea dable imaginar.  En todo punto discípulo espiritual de Rodion Raskolnikov (Dostoievski: Crimen y Castigo), el joven termina por entregarse a la justicia.  Pero ya en esta mera noción nos salta a la nariz un enorme problema: ¿es justicia o venganza?  La justicia, ¿no será otra cosa que sed de venganza blanqueada, adecentada, protocolizada, normada, legitimada?  La saña, el odio, la delectación con que los parientes de una persona asesinada asisten a la ejecución del criminal… ¿no acusan todos los rasgos psíquicos, fenomenológicos y caracterológicos de la venganza?

El decálogo" Dekalog, dziewiec (Episodio de TV 1989) - IMDb

Acaso la justicia no sea otra cosa que la venganza que púdicamente cubre sus genitales con una hojita de parra.  Sería muy grave, que tal fuera el caso.  En la película de Kieslowski la anónima maquinaria justiciera del Estado opera con kafkiana crudeza, frialdad y sadismo (lo cual levanta un muy acertado cuestionamiento sobre la validez ética de la pena de muerte).  Así que un joven asesino que se crió entre asesinos, un Estado asesino, el propio taxista que si no asesino era por lo menos un despreciable ser humano…  No veo por ninguna parte la libertad de la que habla Sartre.  Es vasto y proceloso el océano de la humanidad.  Que me suban al mástil mayor, y me presten unos binoculares, para ver si alcanzo a entrever en lontananza la libertad que tan taxativamente preconiza nuestro filósofo.

Hace pocos días ofrecía una conferencia sobre Madame Bovary, y alguien pronunció draconianamente: “esa vieja era una madre desnaturalizada que abandonó a su hija y la condenó a la esclavitud infantil, traicionó a su esposo con cuanto amantillo le salía al paso, provocó la confiscación de sus bienes, lo dejó en la miseria, mató a su primera esposa, que murió de tristeza al ver el embobamiento de él con ella, era promiscua, mentirosa, vana, y para rematar cometió la peor de las abominaciones: el suicidio”.  Stricto sensu, Emma Bovary hizo, en efecto, todas esas cosas.

Madame Bovary y el perfeccionamiento de las formas ~ Revista Carátula

¡Pero qué fácil es juzgarla!  ¡Cuánto más difícil –amén de interesante y útil– tratar de entenderla!  Su profundo malaise vital, sus ilusiones tronchadas, la claustrofobia de un ambiente rural, vivir entre vacas, cabras y chanchos, (¡ella, que había soñado los más operáticos romances!), la limitación del medio, su efecto de bonsái sobre la inteligencia, un esposo tonto, mediocre, chato, primario, carente de sofisticación, de humor, de cultura, desprovisto de toda destreza amatoria, pésimo médico (y ni siquiera eso: era un “oficial de salud”, apenas capacitado para atender dolencias básicas).

Emma había recibido una educación esmerada en el Convento de las Ursulinas: sabía tocar el piano, cantar, bailar, dibujar, bordar, conocía la geografía y la astronomía… ¿cómo no entender su irremediable frustración, exiliada en el mundo del spleen, el taedium vitae, la chatura intelectual y la antipoesía?  ¿Hemos de quemarla viva por un par de aventuras adúlteras?  ¿Debatiéndose con la moralina burguesa de la época, que se reducía a una normativa sexual, la “policía erótica” de la comarca?

Irónicamente, es el imbécil de Charles, su cornudo esposo, quien después de muerta, evalúa lo acontecido con mayor sabiduría: “Fue la culpa de la fatalidad” –y Flaubert acota: “he ahí la única gran reflexión que hizo en su vida”–.  El propio autor se abstiene de juzgar o de editorializar en torno a la moralidad de su heroína, pero sí subraya la mediocridad y la falta de honestidad intelectual de Charles (había “aprobado” sus exámenes haciendo trampa: los libros que supuestamente había leído no salieron nunca de sus envoltorios plásticos).

Por qué un Dios “Padre”? - La Croix en español

Ya la imagen de Dios que nos propone el cristianismo es inherentemente contradictoria, antinómica, aporética.  Por un lado, nos dicen que Dios es infinitamente justo.  Por el otro, que es infinitamente misericordioso.  Ahora, mis queridos lectores y lectoras: voy a rogarles que reparen con todo cuidado en el adverbio “infinitamente”, porque es él quien problematiza los adjetivos “justo” y “misericordioso”, que por sí solos no hubieran planteado la chillona disonancia conceptual aquí implícita.

Si Dios es infinitamente justo, tiene que castigarlo absolutamente todo.  Si Dios es infinitamente misericordioso, tiene que perdonarlo absolutamente todo.  De nuevo: habría podido ser justo y misericordioso, y eso no hubiera provocado necesariamente una antinomia.  Pero el adverbio “infinitamente” nos pone ante un tenebroso e inexpugnable predicamento teológico.  El Dios omniperdonante y el Dios omnipunitivo no pueden ser la misma persona.  En virtud de su infinita misericordia, las almas de los judíos masacrados en Auschwitz tendrían que llegar al Reino de los Cielos, y ver, horrorizados, que a la diestra del Señor platican beatíficamente Hitler, Himmler, Goebbels, Göring, Mengele, Hess y Barbie, aureolados por místico resplandor y cantando con un coro de ángeles…  ¡Perdonar al culpable es traicionar a la víctima!  ¿Hemos de hacernos a la idea de un Dios traidor?  Peor aún: ¿infinitamente traidor?

José A. Pagola: "Perdonar nos hace bien"

No hay salida lógica de este dilema.  Si Dios perdona todo no puede castigarlo todo, si castiga todo no puede perdonarlo todo.  Por supuesto, ante este disparate teológico, los sabios de la tribu nos van a decir que nuestro deber es “amar a Dios, no procurar entenderlo”.  Nos van a decir también que “la lógica de Dios no es la lógica humana”.  Nos van a decir –acudiendo a Descartes– que “si Dios lo hubiese querido, dos más dos serían cinco”.  Nos van a decir que “nosotros –las partículas– no podemos arrogarnos el derecho de juzgar al Todo”.  En otras palabras, señores y señoras: prohibido pensar.  Limítense a aceptar el dogma, que es, muy precisamente, lo que Camus llamaba “el suicidio del pensamiento”.  Los dogmas no están para ser pensados –no soportarían el menor asomo de análisis–, sino acogidos acríticamente, ciegamente, borreguilmente.

Si tomamos en serio el dictum de Ortega y Gasset (“Yo soy yo y mi circunstancia”), hemos de colegir que al patíbulo tendríamos que subir yo y mi circunstancia (mi sociedad).  Por las heridas de Cristo, amigos y amigas, no me martiricen preguntándome qué hubiera hecho yo con los asesinos de la novela de Truman Capote.  ¿Qué quieren que les diga?  Sí, sí, sí… supongo que yo también habría mandado a la horca a Smith y Hickock.  Supongo, sí, supongo…

Castigos de Dios, corregir hijos es misericordia - Brujula Cotidiana

Pero les aseguro que lo hubiera hecho con profundísimo dolor y remordimiento, sin convicción, con la mirada baja, apesadumbrado, roído por corrosivo escepticismo sobre la noción de justicia, inseguro, indeciso, asqueado de mí mismo, y convencido de que a ese patíbulo debería subir también toda la sociedad.  No hay criminal sin una sociedad que lo prohíje.  Ella es la madre: debe dar cuenta de todo lo que sale de su vientre.  Es un axioma apodíctico (Aristóteles).  Y después de emitir mi sentencia, abandonaría para siempre mi cargo como juez (¡un rol que tan mal he desempeñado durante toda mi vida!)  Pero eso soy yo.  Débil, vacilante, dubitativo, náufrago de una tremenda tempestad ética, carente siempre de respuestas.  ¿Hay alguien en el mundo que las tenga?

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