Jacques Sagot, Revista Visión CR.

Vivimos en una sociedad que, por una parte, repudia el juicio, pero, por otra, necesita, más que nunca, esa figura de autoridad, investida de poder y lucidez particulares, que llamamos “juez”.
El Magistrado, su Señoría, la Corte Suprema de Justicia… Nuestra reverencia delata algo: el ser humano no puede vivir sin la noción de justicia. Es constitutiva de su naturaleza. Yo, viejo residente de la vida, creo que no podemos prescindir del juicio, vivir sin juzgar. Sería inmoral. Hay atrocidades que demandan severísima valoración ética. Empero, conviene recordar esto.

Delegamos la función de juzgar –que algunas “filosofías” new age consideran nociva–, pero por otro lado proliferan con intensidad casi pandémica los comités de ética, los tribunales, las juntas de honor, en fin, toda suerte de instituciones que asumen la facultad de juzgar, esa a la que nosotros hemos cómodamente renunciado.
He aquí algunos puntos de la mayor importancia, cuando ejercemos el deber y la prerrogativa de juzgar.
Nunca pronunciarnos sobre algo de lo que no tengamos profundo, íntimo conocimiento.
Antes de juzgar, procuremos comprender. Practicar un ejercicio de asociación con el acusado. Ponernos en su lugar, transmigrar a su cuerpo, intentar ver el mundo desde su perspectiva. Cuanto más comprendamos, menos juzgaremos.
Si el daño es irreparable y cruento el crimen, no será posible comprender. Hay niveles de perversidad que son, estrictamente hablando, incomprensibles. Intentar comprender a quienes diseñaron el Holocausto, por ejemplo, es ya, una manera de justificarlos.
Hay cosas que yo he renunciado a comprender. Terencio dijo: “soy hombre: nada humano me es ajeno”. Pero don Publio vivió dos siglos antes de Cristo: no vio las cosas que el ser humano ha perpetrado sobre sí mismo desde entonces.
Perdonar al culpable es traicionar a la víctima. Quienes la sobreviven tienen el deber de constituirse en su voz, de hablar por ella. El cristianismo nos insta al perdón. Dios puede perdonarlo todo: para Él no hay problema: siendo omnisciente todo lo comprende –y por consiguiente todo lo perdona–. Lo que es más importante: siendo omnipotente, nada puede vulnerarlo. Su integridad no corre peligro. Desde esa inatacable plataforma puede permitirse perdonar universalmente.

Los seres humanos somos criaturas vulnerables: nuestra capacidad de perdón está limitada por nuestro instinto de sobrevivencia. Una mujer vapuleada por su marido puede perdonarlo hasta ese justo momento en que su vida corra peligro: de ahí en adelante, su voluntad de vivir la llevará a protegerse a sí misma –y no podrá ya perdonar–.
Un ser cuyo tiempo, vida, inteligencia, misericordia y compasión son finitos, no puede ser obligado a ejercer el perdón infinito: ¡nada en nuestro mundo lo es! La infinitud es prerrogativa de Dios: instalado en ese promontorio de lucidez cualquiera sería capaz de perdonar.
Algo más: nos informan que Dios es infinitamente justo e infinitamente misericordioso. Esta afirmación es aporética, antinómica. Si Dios es infinitamente justo, de ello se seguiría que todo tiene que castigarlo. Si Dios es infinitamente misericordioso, de ello se seguiría que todo tiene que perdonarlo. El problema radica en el uso del adverbio “infinitamente”. Si Dios fuese justo y misericordioso (así, a secas), no colisionaríamos con ninguna disonancia conceptual. Es el carácter absolutista, universalista, matemático y draconiano del adverbio, lo que torna esta aseveración ilógica, contradictoria.
He consultado este punto con un amigo teólogo, y lo único que me ha dicho es que la lógica humana no es conmensurable con la lógica de Dios, y que, por principio, la parte no puede juzgar al Todo. Es un buen punto, lo admito, pero así las cosas tendríamos que declarar una moratoria por tiempo indefinido sobre el pensamiento analítico y especulativo. Una especie de suicidio intelectual: he ahí todo lo que nos quedaría. Mandar a callar a la parlanchina razón, y acogernos a la a-criticidad del dogma.
¿Circunstancias atenuantes? Sí. Pero una “circunstancia” no es un comodín. El asesino de El extranjero de Camus, puede aducir todo tipo de “circunstancias atenuantes” para haber descargado cuatro balazos sobre su víctima –la insolación entre ellas–.
El hecho es este: hasta el final, y a pesar de su momentáneo ofuscamiento, tuvo la libertad de elegir: disparo o no disparo. Eligió mal, y debe pagar las consecuencias.
Cuando juzgamos a un individuo, juzgamos también el sistema en que está inserto y del cual es producto. ¿Quién es el verdadero culpable: él, o la podrida sociedad que lo generó? El término “anti-social” es una antinomia: la sociedad engendra sus propios monstruos. No los juzguemos a ellos sin juzgarla, también, a ella. Los criminales no son disonancias en medio de una sociedad perfectamente consonante: ¡son la expresión de un sistema!
Que tenga cautela, quien se permita hablar en nombre del Bien. Por observancia férrea, genérica, universal, de ciertos principios, se puede ignorar la especificidad del individuo. El Bien ciega, insensibiliza, nos torna –paradójicamente– malévolos, inclementes: Tor blandiendo su maza justiciera sobre el mundo entero.

Expreso mi respeto infinito por aquellos valientes que han aceptado el reto de dotar a la justicia –noción abstracta– del músculo ejecutivo –concreto– para que prevalezca sobre la tierra. Lo correcto no es declarar justo todo cuanto es fuerte, sino dotar de fuerza aquello que consideramos justo.
A la justicia hay que darle instrumentos para que haga oír su voz. La fuerza se basta a sí misma: se impondrá en virtud de su mera masa muscular. Los cañones no dialogan: rugen, y además tienen muy mal aliento.
La fuerza es tangible, palpable, mesurable: cuestión de cantidad. La justica, en cambio… ¡Qué noción tan delicada, tan problemática, tan incorpórea!