Sergio Parra, National Geographic.
El telescopio europeo Euclid, diseñado para investigar el universo oscuro, ha identificado un cuerpo helado que tarda miles de años en rodear el Sol y podría cambiar la búsqueda de cometas primitivos.
Un equipo de científicos ha confirmado el descubrimiento de un nuevo cometa situado a unos 1.300 millones de kilómetros de la Tierra, en una región poco explorada del sistema solar. Bautizado como C/2026 S1 (Euclid), este misterioso viajero describe una órbita extraordinariamente inclinada y necesita miles de años para completar una vuelta alrededor del Sol. Lo más sorprendente es que ha sido localizado por un telescopio espacial que ni siquiera fue diseñado para buscar cometas.

El descubrimiento, anunciado el 19 de octubre de 2026 por la Agencia Espacial Europea (ESA), abre una inesperada oportunidad para investigar los objetos que se desplazan lejos del plano donde orbitan los planetas. El responsable del hallazgo es Euclid, un observatorio concebido para estudiar la materia oscura y la energía oscura, dos de los mayores enigmas de la cosmología moderna. Su mirada, dirigida habitualmente hacia galaxias remotas, ha terminado revelando un pequeño fragmento de la historia de nuestro propio vecindario cósmico.
Pero existe una circunstancia que convierte este descubrimiento en algo especialmente singular.
El cometa apareció en una zona del cielo que Euclid observa siguiendo una estrategia muy restrictiva, lejos de la franja donde abundan los cuerpos menores del sistema solar. La coincidencia entre su trayectoria y las observaciones del telescopio permitió identificar un objeto que hasta entonces había pasado inadvertido. Un hallazgo fortuito que demuestra que todavía quedan sorpresas incluso en regiones aparentemente conocidas de nuestro sistema planetario.

Un cometa escondido a 1.300 millones de kilómetros que nadie había identificado
El descubrimiento comenzó con una señal diminuta: una estela que atravesaba varias imágenes obtenidas por Euclid entre el 16 y el 24 de septiembre de 2026.
El investigador Mikko Pöntinen, de la Universidad de Helsinki, había desarrollado un programa informático capaz de reconocer cuerpos en movimiento dentro de las observaciones astronómicas. Su algoritmo detectó una anomalía que no encajaba con las estrellas ni con las galaxias inmóviles del fondo.
El análisis reveló que aquella señal correspondía a un objeto que cambiaba de posición entre diferentes exposiciones. Tras reconstruir su desplazamiento, los investigadores consiguieron localizarlo en cinco campos de observación distintos, con un total de 16 imágenes. La confirmación más reveladora llegó cuando examinaron su apariencia: el objeto estaba envuelto en una tenue nube difusa, característica de los cometas que liberan polvo y gas.
A diferencia de los asteroides, que generalmente muestran una apariencia puntual en imágenes telescópicas suficientemente lejanas, los cometas pueden desarrollar una envoltura denominada coma. Esta estructura se forma cuando los materiales volátiles del núcleo pasan al estado gaseoso y arrastran partículas de polvo. La presencia de esa nube fue una pista decisiva para reconocer la naturaleza cometaria del cuerpo, aunque todavía se desconocen detalles fundamentales sobre su composición y dimensiones.
Los científicos comprobaron después que el objeto no coincidía con ningún asteroide o cometa conocido. Las observaciones fueron remitidas al Minor Planet Center, organismo vinculado a la Unión Astronómica Internacional que centraliza los registros de cuerpos menores. Tras las comprobaciones y el seguimiento desde observatorios terrestres, el 8 de octubre de 2026 quedó oficialmente reconocido como C/2026 S1 (Euclid).
La distancia a la que se encontraba resulta impresionante, pero no es el único aspecto desconcertante. Aunque esos 1.300 millones de kilómetros equivalen aproximadamente a la distancia entre el Sol y una zona situada entre Júpiter y Saturno, el cometa no sigue el camino habitual de los planetas. Su órbita se eleva muy por encima del plano principal del sistema solar, describiendo una trayectoria que lo aparta de las regiones celestes observadas con mayor frecuencia.
Los primeros cálculos indican que necesita varios miles de años para recorrer su órbita completa. Es una estimación que deberá perfeccionarse con nuevas mediciones, pero ya sugiere que estamos ante un visitante de período largo.
Cada nueva observación podría ayudar a reconstruir el recorrido de este cuerpo helado y comprender mejor su historia dinámica.
La imagen fue capturada el 20 de septiembre de 2026, durante la encuesta Euclid Deep Field North.

Es una exposición de 560.52 segundos, por lo que el cometa aparece como una racha porque se mueve a través del cielo durante la exposición larga. Una nube difusa de polvo y gas, conocida como “coma” en términos cometarios, se ve alrededor del objeto.
La verdadera paradoja del descubrimiento reside en el instrumento que lo hizo posible. Euclid fue lanzado para investigar cómo se distribuye la materia en el universo y cómo ha evolucionado su expansión.
Durante su misión científica, pretende estudiar miles de millones de galaxias y observar estructuras situadas a distancias de hasta 10.000 millones de años luz. Su objetivo está en los confines del cosmos, no en los pequeños objetos que orbitan alrededor del Sol.
