El fútbol y la vida
Jacques Sagot
El fútbol es una metáfora de la vida. ¿De qué manera? De mil maneras, una de ellas preeminente sobre todas las demás. En un partido de fútbol, el jugador tiene que estar tomando decisiones a ritmo vertiginoso. Con cada bola que recibe –¡y aun si juega sin balón, y se limita a seguir el curso de la acción para posicionarse ante ella de manera idónea!– debe tomar una decisión. El problema es este: solo existe, por definición, por principio, una “mejor decisión”. Las demás podrán ser buenas, malas, mediocres, brillantes, desastrosas, pero, en todo caso serán menos que mejores. Porque, de nuevo, “mejor” solo hay una: todas las demás decisiones están por debajo del discernimiento óptimo, y representan una degradación del juego. ¿No es esta, también, la esencia y dinámica de la vida?

¿Driblo, lateralizo el juego, lo retraso, lo acelero, me arriesgo al pique con balón controlado, lanzo un centro al área rival, enhebro una pared o una triangulación, me animo a buscar el disparo de media distancia? A cada nanosegundo, el futbolista se ve en el predicamento de tomar una decisión. Esta puede ser “la gran jugada” del partido, o una debacle técnica que acarree la derrota de su equipo. A veces no piensa el cerebro –la razón es relativamente lenta– sino la sangre, el instinto, la intuición, el reflejo, el más primario automatismo… esas son, también, “decisiones”.
Algo más: después de tomar esa óptima decisión, es preciso saber ejecutarla. No opera ya aquí el discernimiento, sino la destreza, la habilidad, la técnica. Cada decisión debe ser ejecutada, sí, con un máximo de pulcritud, de depuración, de precisión satelital. Después del componente intelectivo (visualizar y elegir la mejor opción) viene el componente técnico: sin la lectura del juego (la intelección), la técnica no sirve para nada; sin la técnica, la lectura del juego (la intelección) es perfectamente estéril.

Como bien decía Johann Cruyff, el fútbol se juega, en primerísimo lugar, con la cabeza. He visto jugadores sobrados de técnica, que nunca sabían exactamente lo que debían hacer: carecían de claridad mental para darle buen uso a sus exuberantes facultades. Y también los he visto supremamente inteligentes, pero perjudicados por un cuerpo que no les permitía dar eficacia a sus jugadas y movimientos.
El futbolista moviliza el mismo tipo de inteligencia que el ajedrecista, el coreógrafo, el bailarín y los navegantes de antaño: una inteligencia esencialmente espacial, la capacidad para reconocer relaciones espaciales entre diferentes elementos, para prever desplazamientos y construir (en el terreno de juego como en el escenario o en el tablero) configuraciones diversas en su ámbito acotado y con una cantidad de “piezas” limitada (aún cuando sus posibilidades permutantes y combinatorias sean infinitas).

El jugador está condenado a tomar decisiones, y debe hacerlo contra el reloj, bajo apremio, en medio de la ofuscación general y con once rivales que están deseando que su decisión sea la peor en cada momento dado.
Pero vuelvo a mi punto: solo hay una mejor decisión, y los grandes genios del fútbol se caracterizaron por saber encontrarla. Como en el ajedrez, solo hay una movida perfecta: las demás, siendo quizás correctas, son menos que ideales. Con cada sístole y diástole, con cada inhalación o exhalación, nuestro cuerpo está tomando permanentemente decisiones, conscientes o automáticas. Eso es la vida. Eso es el fútbol. Por eso es bello, y terrible, inherentemente violento, emocionante y vertiginoso hasta la locura.