Erwin Wino Knohr*, Revista Visión CR.

El domingo estuvo de temporal. Quizás por la lluvia me levanté un poco flojo ante el panorama futbolístico del país. Con las gotas sobre el techo escucho en el dial una canción de Bad Bunny. No le entiendo nada sus letras, pero la melodía es contagiosa.
Resulta que Bad Bunny andaba de gira por Europa, ya vino a Costa Rica, y como parte de su espectáculo, colocó una casa típica de la clase obrera puertorriqueña en el escenario.
Y, como homenaje a esos orígenes humildes, la llenó de actrices, modelos e influencers con mucho dinero, que le echaban miraditas y le hacían bailes de apareamiento al cantante.

Por supuesto también había alguna que el equipo del artista seleccionaba entre el público de acuerdo a dos criterios: muchas curvas y poca ropa.
Y la gente en las redes sociales se cabreó. ¿Qué era eso de que un hombre que en sus canciones habla de las clases marginadas quiere mandarse a una modelo. En las redes empezó el clamor que querían, además de esas vedettes, gordas en la casita, pero las seleccionadas no le daban importancia a esas críticas y se codeaban para conseguir la mirada del macho alfa.

La Federación de Futbol de Costa Rica siempre ha tenido una casita como la de Bud Bunny en el escenario de sus conciertos. Antes la Federación la tuvo en La Sabana , y ahora tiene una en Alajuela en el distrito de San Rafael.
A la de La Sabana le decían “La Casa de los Sustos”. A la actual la llaman Complejo Deportivo FCRF – Plycem. En realidad qué importa el nombre. En ambas, después de muchos años, siguen asustando, con un grado de terror por las decisiones que toman.
A través de los años se produjo una avería al sistema deportivo, que nos tiene en el fondo por la lucha personal de cada representante de equipo. Algunos con más poder que otros.

Es aquí donde esta canción que debería llamarse “estamos en el fondo”, la celebre cada directivo de los equipos. Celebrar que estemos en el fondo es como alegrarse de que el motor del autobús en el que viajamos se incendie porque el conductor pertenece a otro club.
Cuando alguien se identifica mucho con Saprissa, por poner un ejemplo, se alegra de que el mejor jugador de Alajuelense se rompa una pierna.

La Selección no clasificó al mundial, pero se alegran que dos jugadores panameños, porque pertenecen a Saprissa, fueran seleccionados en su país, no por el nivel que mostraron en el pasado torneo local, sino porque les garantiza el ingreso de varios millones de colones al club.
En Alajuelense, que llenaron su casita con actores, modelos e influencers, después de varios desmadres en ese club, el Director de Selecciones y el cuerpo técnico de la Federación de Futbol, los acogió en su casita para completar la caída del futbol nacional.
Muchos, cuando los sacaron, sintieron una alegría que deja un sabor un poco extraño, como el de la saliva de media noche cuando vas a orinar.

Tal vez la patología del futbol costarricense consista en gozar de los beneficios secundarios que proporciona el síntoma, en vez de preocuparse por la enfermedad de fondo que nos está matando.
Quizás el susto que hace muchos años producía el futbol nacional en la “Casa de los Sustos” de La Sabana, ahora la convirtieron en la “Casa del Terror”, en un atolladero.
*Máster en Comunicación. Lic. en Periodismo. Lic. en Educación Física. Entrenador de futbol y baloncesto.
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