Centroamérica: crucifixión, resurrección… y nueva crucifixión

Centroamérica: crucifixión, resurrección… y nueva crucifixión

Jacques Sagot, Revista Visión CR.

Con la caída de Somoza y la toma del poder por el Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua (1979), Costa Rica acogió una ola migratoria que transformaría al país en casi todos los aspectos concebibles. Fue un tsunami demográfico que Costa Rica no estaba en condiciones de absorber.

Los inmigrantes se integraron mayoritariamente a las fuerzas de trabajo, en calidad de mano de obra, y se beneficiaron de las garantías laborales, de la educación pública y gratuita, y de la medicina socializada que les ofrecía el país. No hay duda de que el auge infraestructural y el crecimiento económico que el país comenzó a experimentar alrededor de 1985 reposan sobre los hombros de cientos de miles de nicaragüenses.

Es vergonzoso que algunos empleadores hayan encontrado la forma de soslayar las cargas sociales y hayan dejado a sus trabajadores en estado de intemperie social. ¿Explotó Costa Rica a los inmigrantes nicaragüenses? Por supuesto que sí. Desde todos los puntos de vista imaginables. Pero, por principio, nadie sale de su país si está a gusto en él, y el hecho de que los nicaragüenses llegaran en oleadas a Costa Rica prueba que, aun explotados, gozaban de mejor nivel de vida aquí que en su país de origen.

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Por otra parte, es imperativo recordar que los empleadores que desatendieron sus deberes no asegurando a sus asalariados fueron minoría. La seguridad social en Costa Rica es, en esencia, un sistema convivencial que reposa sobre el principio de la solidaridad. Y nunca faltan canallas que antepongan sus intereses privados a los de la comunidad. Quien, cegado por el egoísmo y la codicia, conspira contra el bonum commune communitatis, termina por cavar su propia tumba.

El bonum privatum es inconcebible en un país destrenzado por las luchas sociales, la desigualdad y la miseria. Los nicaragüenses entraron a Costa Rica porque eran profundamente infelices en su país: no hay que darle más vueltas al asunto. Como bien dice Óscar Arias, “el hambre no tiene necesidad de pasaporte para viajar”. Estos patronos, anacrónicos señores feudales, malos ciudadanos y peores seres humanos jamás leyeron –o si las leyeron juzgaron adecuado ignorarlas– las grandes encíclicas sociales de la Iglesia Católica, comenzando por la Rerum Novarum, publicada en 1891 por el papa León XIII. Su tema axial –como el de varias de la encícicas que seguirían– es la necesidad de darle un tratamiento digno y justo a las clases obreras, detener los abusos y la explotación bestial a la que el sistema capitalista las estaba sometiendo. Estas encíclicas son fundamentales en la consolidación del pensamiento socialdemócrata del siglo XX y en las conquistas y garantías sociales que este logró implementar.

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Muchos inmigrantes nicaragüenses se empleaban en la zafra de la caña (Guanacaste), luego en las recolectas de café (Meseta Central), en los bananales (costa caribeña), y de la piña (región Huetar norte, región Caribe, región Brunca). Una vez terminado el ciclo, volvían a su país, compartían algún tiempo con sus familias, y reiniciaban el ciclo de Sísifo al año siguiente.

El cuatrienio 1978-1982, con su inestabilidad económica y cambiaria, el meteórico ascenso del dólar con respecto al devaluado colón, el surgimiento de células terroristas, el empobrecimiento de la clase trabajadora y la clase media, el pánico colectivo, la torva, amenazadora proliferación de agentes de seguridad en nuestras calles, la obscena presencia de un ministro de Estado que tenía un arsenal oculto en el sótano de su casa y traficaba armas en Cuba, la aparición de esa siniestra figura política que se conoce como el “gorila”, el manifiesto de una junta de expresidentes y notables que le imploraban a Carazo –a la sazón, presidente de la república– renunciar antes de que la catástrofe fuera irreversible, la sombra de Somoza que planeaba ominosa sobre nuestro país (era una inquina que databa de 1948, cuando José Figueres Ferrer y su Legión Caribe habían anunciado que se abocarían a defenestrar a Somoza y Trujillo, entre otros dictadores de la región), el nuevo gobierno sandinista que enarbolaba la bandera del marxismo en plena Guerra Fría, cuando las heridas de la Revolución Cubana aún sangraban, y un sentimiento de paranoia anticomunista reinaba en la mayoría de países de la región… Fueron años difíciles y desconcertantes para toda América Central.

La Revolución Sandinista - UNAN-Managua

Como diría Victor Hugo, en verso extraordinario: “De quel nom te nommer, heure trouble où nous sommes?” (“¿Con qué nombre nombrarte, hora turbia en la que somos?”) No dice “hora turbia en la que estamos”, sino “hora turbia en la que somos”. Porque, en efecto, somos esta hora que estamos viviendo, somos el tiempo, somos el devenir, somos el hic et nunc, somos el presente, somos nuestra circunstancia –para hablar en términos orteguianos–. El tiempo es constitutivo del ser: somos el tiempo, no estamos en el tiempo.

Decir que entre 1978 y 1982 Costa Rica se haya militarizado es sin duda excesivo. Pero hubo gorilas en el gobierno, foscos personajes, megalómanos afectos de delirios de grandeza, sujetos peligrosos y delirantes que se dejaron contagiar por la psicosis guerrera en que estaba sumida toda América Central. Sarmiento con Facundo (1845), Valle-Inclán con su genialmente esperpéntico Tirano Banderas (1926), Miguel Ángel Asturias con El Señor Presidente (1946), Roa Bastos con Yo el supremo (1974), Carpentier con El recurso del método (1974), García Márquez con El otoño del Patriarca (1975) y Vargas Llosa con La fiesta del chivo (2000) delinearon literariamente con admirable exactitud al prototipo del dictador tropical, pistolero, petardero, parafrénico o teomaníaco, solo y febril en su delirio de poder. En Costa Rica, Carlos Cortés con su novela El año de la ira, exhaustivamente documentada y vibrantemente escrita, dio también vida a uno de nuestros más execrados tiranos.

Es doloroso –más aun, trágico– ver cuántos jóvenes en Costa Rica desconocen lo que significó este amargo capítulo de la historia centroamericana. Abro un paréntesis para hablar de mí. Corría el año 1981. Agosto, si bien recuerdo, o quizás más bien julio. Estaba yo en la ciudad de San Salvador, preparándome para el que sería mi debut internacional como pianista. El programa era demandante, y yo me había tomado aquella efeméride con la absoluta seriedad con que siempre abordé mis compromisos pianísticos. Cuando llegué al hotel, comencé a escuchar lo que me parecieron ser truenos distantes, anunciadores de tremenda tormenta. Pero había algo diferente en su sonoridad: eran más apagados, más sordos, pero más retumbantes: generaban una vibración que llegaba hasta mi habitación de hotel. No es lo propio de los truenos. Inquieto, bajé –en pantuflas y pijamas– a hablar con el recepcionista. Me dijo que el torvo sonido no era otra cosa que el estallido distante de bombas. Provenían del Frente Farabundo Martí o de la Armada Salvadoreña: era imposible determinarlo. Como el buen hombre advirtiera mi expresión de terror, se apresuró a tranquilizarme: “No se preocupe: esos estallidos ocurren en la zona de combate. Este hotel y este barrio son muy seguros, aquí no pasa nada.

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Claro, convengo en que la explosión de bombas no es precisamente la mejor canción de cuna para ponerlo a uno a dormir, pero le repito: la guerra ha respetado este barrio y este hotel: nunca hemos estado bajo amenaza de escaramuzas bélicas”. Agradecí las palabras del recepcionista y volví a mi habitación. Sí, cada cierto tiempo (¿una media hora quizás?) se oía el estallido de una bomba, y el tremor que generaba llegaba hasta los cristales de mi habitación, hasta la cama, hasta la madera, hasta el espejo del baño… eran estremecimientos por poco telúricos, leves, pero de sobra perceptibles y suficientemente vibrátiles como para asustar a cualquiera.

Durante los dos días siguientes las detonaciones bajaron en su frecuencia (una cada tres o cuatro horas), pero el mero hecho de saber que con cada una de ellas moría una cantidad indeterminada de personas (una sola víctima hubiera sobrado para tornarlas ominosas) bastaba para hacer de mi sueño un duermevela sobresaltado y sudoroso. La tarde del recital me senté en la terraza del hotel, y pedí, si bien recuerdo, una taza de chocolate y algunas galletas (es preciso hacer acopio de calorías antes de un evento de esta naturaleza).

Farabundo Martí, el líder revolucionario salvadoreño - Zenda
Farabundo Martí, el líder revolucionario salvadoreño.

Estaba nervioso, expectante, viviendo esa agonía irreductible e inexorable que precede a los recitales y conciertos con orquesta, especialmente si constituyen un debut internacional, y no puede uno contar con el público doméstico, por principio mimoso e indulgente. Y estaba sorbiendo mi chocolate con extra cucharadas de azúcar cuando vi lo que quizás nunca debí haber visto, o que por el contrario era perentorio que viera a fin de comprender mejor el mundo, y salirme de mi pequeña burbuja de pianista y escritor.

Por la calle avanzaban lentamente, cabizbajos, como avergonzados de cruzar la mirada con cualquier ser viviente, escoltados por guardas de seguridad, un grupo de hombres rapados, uniformados, y unidos por una urdimbre de cadenas y grilletes inexpugnables, que los ataban por los tobillos, las manos y los cuellos. Quedé perplejo. Corrí a preguntarle al recepcionista qué significaba aquello y este me respondió: “Son los reos políticos que serán fusilados esta noche en el Cuartel Central de la Policía de Hacienda”. “Pero, pero… ¿qué crimen han cometido?” –pregunté balbuciente–. “Pues mire, es posible que hayan sido responsables en el pasado de esas bombas que tanto lo asustan hoy en día. El gobierno los tiene por guerrilleros y terroristas. No hay piedad con ellos. Por otra parte, muchos son inocentes, y van a dar al cadalso por su mera simpatía con los insurgentes. Este es un país en guerra amigo, un país dividido, fracturado. Y le puedo decir: en el mundo nada hay tan cruel como las guerras civiles: no pocas veces sucede que un hermano se descubra en la coyuntura de tener que matar a su hermano de sangre. Ha sucedido. Conozco casos”.

Esa noche tuve que dar mi recital. No hubo un instante, durante la ejecución, en el que lograra expulsar de mi mente la imagen de los condenados a muerte, que estaban ahí, de pie, frente al paredón, mirando el negro ojo de los fusiles y anticipando el dolor de su carne y lo que habría del otro lado de la muerte, mientras yo, cual un príncipe, rodeado de inmerecidos privilegios, tocaba la más bella música del mundo. No fue un buen recital. No podía serlo. Fue un debut triste. Jamás la futilidad, la perfecta superfluidad de mi profesión se me había hecho tan penosamente evidente. ¿Cuándo y dónde ha muerto un hombre porque un pinche pianista toque un Re bemol en lugar de un Mi bemol? ¡Cuánta pomposidad de mi parte, prestarles tanta importancia a semejantes fruslerías!

Timeline: ¿cómo inicio la Guerra en El Salvador? | Timetoast

Eran seis –o quizás ocho, no recuerdo con exactitud– los hombres que, justo en el momento en que yo hacía música, caían abatidos por las balas. Vayan a preguntarles si a alguno de ellos le importaba un comino Beethoven, Schumann, Liszt o Debussy. Baladí, innecesaria profesión, la mía. El mundo no me necesitaba. Aquellos mártires no me necesitaban. El pelotón de fusilamiento no me necesitaba. El país desangrado y destrenzado en fratricida lucha no me necesitaba. Los propios Beethoven, Schumann, Liszt y Debussy no me necesitaban: para interpretarlos había miles de pianistas mejores que yo en el mundo. Los tiempos de guerra demandan hombres de guerra. De las armas o del pensamiento, pero en todo caso, guerreros. No hay lugar para mí en el mundo, en este momento concreto de la historia. El pueblo salvadoreño no puede tener absolutamente ningún interés en Schumann. Esa noche salí al escenario y cumplí con la preestablecida y mil veces ensayada coreografía de mis dedos. No fallé muchas notas, que recuerde, pero mi corazón no estaba ahí. Quien tocó fue un fantasma, un hombre al que le habían robado el alma. Para usar la terminología lorquiana, fueron ejecuciones sin “ángel”, sin “musa” y sin “duende”. Y es con un estremecimiento que reparo de pronto en mi elección de palabra: “ejecuciones”. Pude haber escrito “interpretaciones”, pero en primer lugar fue muy poco lo que realmente “interpreté” en ese, mi debut fuera de casa, y en segundo lugar esa fue una noche de “ejecuciones”, no de “interpretaciones”. Anyways, me repuse del evento y seguí tan bien que mal con mi carrera.

Lo que vi en San Salvador cambió mi vida. Por atroz que esto pueda parecer –inconcebible para los costarricenses– hasta la muerte termina por trivializarse al devenir a tal punto cotidiana. Es el fenómeno de la “banalización del dolor” y de la “trivialización del mal”, que tan agudamente estudia Hanna Arendt en Eichmann en Jerusalén: un muerto es una tragedia, mil muertos son apenas una estadística.

Cómo Estados Unidos derrocó al presidente reformista de Guatemala

Veamos cómo estaban las cosas en nuestra región alrededor de 1980. En Guatemala la guerra civil originada por el derrocamiento de Jacobo Árbenz, en 1954, auspiciado por la administración Eisenhower y la CIA, ha cobrado ya más de doscientas mil vidas. Entre otros gestos “incómodos” para los Estados Unidos, Árbenz estaba promoviendo una reforma agraria que perjudicaría los intereses de la todopoderosa United Fruit Company. En vasta mayoría, los asesinados en Guatemala eran civiles indígenas desarmados. Los grupos guerrilleros de la izquierda y los escuadrones de la muerte de la derecha fueron ambos responsables de ejecuciones sumarias, desaparición de personas y de haber recurrido a la tortura cuando tal cosa se juzgaba necesaria. Árbenz fue defenestrado y en su lugar Estados Unidos puso a un monigote, a un militar de extrema derecha, Carlos Casillo Armas, quien gobernó bajo la égida del terror.

En toda América Latina se vivió el drama de los “desaparecidos”. Concepto casi tan fantasmagórico e inexplicable como el de los “aparecidos”, los fantasmas que nos visitan desde arcanas latitudes del ser. Castillo Armas, Somoza, Duvalier, Trujillo, Batista, Figueiredo, Garrastazu Médici, Banzer, Carías, Pinilla, Stroessner, Díaz Ordaz, Castro, Noriega, Chávez, Maduro, Pinochet, Videla, Viola, Galtieri, Nicolaides –entre docenas de psicópatas empoderados–, les infligieron a los pueblos latinoamericanos dosis masivas de este tormento, allá, en los funestos años cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta, ochenta, y hasta el día de hoy.

Medio siglo peor que perdido para nuestra región. Un aquelarre, un pandemónium, una verdadera Walpurgisnacht. “La noche oscura del alma” (San Juan de la Cruz). En vano concurrieron las madres a la Plaza de Mayo de Buenos Aires, a rasgarse las vestiduras y mesarse los cabellos. Los “desaparecidos” fueron engullidos por la nada, cayeron en un agujero negro, evanescieron de la faz de la tierra como por arte del más perverso birlibirloque.

Madres de Plaza de Mayo - Wikipedia, la enciclopedia libre

Costa Rica está siendo iniciada en este martirio. Nuestros muertos no constituyen asesinatos de Estado, pero igual desaparecen por ensalmo… Allá, seis años más tarde, es reconocida una dentadura, una pulsera o una peculiaridad ósea que nos permite reconocer a la víctima.

Nuestros psicópatas no solo matan; como los cocodrilos, se han hecho expertos en el arte de esconder los cuerpos. Cuerpos muchas veces vejados, de víctimas de abuso sexual antes de ser privadas de sus vidas. Es así como el fenómeno de los “desaparecidos” es ya cosa que los costarricenses desayunamos, almorzamos y comemos. Un fenómeno que comienza a trivializarse: lo peor que puede suceder con el dolor humano. Un hombre fusilado o encontrado muerto en una cámara de torturas recibe el mínimo tributo de un funeral. No así los “desaparecidos”.

Esto es tremendo: significa que los niños, no habiendo visto o tocado el cadáver del padre o la madre, seguirán el resto de sus vidas alimentando la crudelísima fantasía del retorno paterno. Cada vez que alguien toque a la puerta o timbre el teléfono, se dirán “¡podría ser papá!”, y sus ojos se iluminarán antes de apagarse una vez más en una depresión progresivamente abismal. Otro tanto digo de la esposa, de sus hermanos y amigos, en fin, de todos sus seres queridos. Esta fantasía “del retorno” no es privativa de los niños, también los adultos siguen padeciéndola, a menudo hasta el fin de sus días. De hecho, muchos mueren en la esperanza de que al otro lado del umbral podrán reencontrar a sus seres queridos, que los esperan sonrientes y aureolados en la luz divina.

Un lugar para los desaparecidos en el Cementerio Universal

Hay familias de “desaparecidos” que optan por oficiar un funeral simbólico, con un ataúd vacío o lleno de las cosas más preciadas del difunto, a fin de autoconvencerse, mediante el poder del rito y de la ceremonia, de que los cuerpos de los seres queridos han sido encontrados, y pueden por fin dar inicio al proceso de duelo. Tal es la impronta hondísima que el pensamiento mágico tiene sobre nuestras almas. Lo más trágico de la madre o los hijos de un desaparecido es la imposibilidad de comenzar el proceso de duelo que eventualmente habría de restañar la sangrante herida que llevan en el corazón. Si no pueden dar inicio a la elaboración del duelo, el dolor seguirá parasitándolos y corroyéndolos sin remedio, y toda cicatriz o sutura que logren practicar en sus almas estará siempre a punto de reabrirse. Y la sangre manará con la misma torrencial fuerza del primer día, y el dolor será redescubierto en toda su primigenia intensidad, y el infeliz tendrá que resignarse ante la evidencia de que su proceso de sanación interna, de aceptación, de resignación (¡palabra bendita!) no ha progresado un milímetro en veinte o treinta años.

En el drama All my sons (1946), de Arthur Miller, asistimos al terrible conflicto de una mujer (Kate Keller) que aguarda aún y siempre a su hijo Larry, desaparecido durante la Segunda Guerra Mundial. Al servir la mesa, pone una silla para él, su plato, sus cubiertos y su bebida. Su sitio permanece, por supuesto, vacío. Larry es como un fantasma, un ser presente – ausente. Llega incluso a indignarse con su otro hijo, Chris, por cortejar a quien alguna vez fue la novia del “desaparecido”. La madre es inflexible. La muchacha no puede reciprocar la pasión de Chris, por cuanto hasta que no sea encontrado el cuerpo de Larry, ha de tenerse por vivo. “Estas cosas ocurren, ocurren… hombres a los que se los traga la tierra y de pronto emergen vivos, después de largos cautiverios o peregrinajes sin fin, ¡pero ocurren, ocurren!” –insiste, sollozando, la señora Keller–. Por supuesto, ¿cómo desengañar a una madre que se aferra a ese jirón de esperanza cual náufrago colgado de una barrica en mitad del océano? ¿Quién puede tener el corazón y la capacidad de persuasión necesarios para hacerla despertar de su sueño?

Físicos Desaparecidos – Asociación Física Argentina

El ser humano está equipado con las enzimas espirituales necesarias para digerir la noción de su propia finitud y la de sus seres queridos, pero necesita ver, palpar. En particular los niños. La idea de una persona que se evapora, que evanesce, que se esfuma sin dejar traza alguna de ella es muy difícil de aceptar. Es una tragedia de la que no hay recuperación posible. Tan absurda e incomprensible es, desafía a tal punto las leyes de la física y la lógica que no solo nuestros corazones, sino también nuestros intelectos tienen serias dificultades para asimilarla. Privar a una persona del derecho a elaborar su duelo profundo es el peor, el más cruel, el más despiadado, el más abyecto de los suplicios a que se puede someter a un ser humano. ¡Imaginen ustedes, negarle hasta el derecho de llorar, de llorar, sí, catárticamente, explosivamente, en tonalidad de Si bemol menor y tempo de marcha fúnebre! No quisiera yo cargar sobre mis espaldas el lastre de semejante culpa.

Dos películas notables han recreado el horror de los desaparecidos, en Argentina y en Chile respectivamente. Me refiero a La historia oficial (Luis Puenzo, 1985, con Norma Aleandro y Héctor Alterio); y Missing (Costa-Gavras, 1982, con Jack Lemmon y Sissy Spacek). Ambas fueron laureadas y críticamente celebradas.

La historia oficial» de Luis Puenzo recibe el Oscar – Argentina (Ver trailer) | Red Gráfica Latinoamérica

Los “desaparecidos” eran fantasmas que recorrían las calles de Guatemala desde la caída de Árbenz. Los informes de la Comisaría de Esclarecimiento Histórico y de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala estiman que a las fuerzas del gobierno les es imputable el 93% de las violaciones a los Derechos Humanos. Otros estudios reducen su responsabilidad a un 80%. ¡Vaya diferencia! ¿Es menos criminal un militarote por haber matado a ochenta personas que por ser responsable de noventa y tres muertes?

Por su parte, El Salvador es una víctima destrenzada por dos fieras: la Fuerza Armada y el Frente Farabundo Martí. Las bombas y las metrallas se oyen a cualquier hora del día y la noche y, de nuevo, ya han llegado a trivializarse, a fuer de consuetudinarias. Desde 1931 hasta 1979, El Salvador agonizó bajo la égida de una sucesión de gobiernos militares de perfil fascistoide. Durante la década de los setenta, el país se transformó en un Armagedón: setenta y cinco mil muertos en las confrontaciones fratricidas inevitables en una nación donde el 80% de la riqueza estaba concentrada en el 10% de la población.

Si no hay guerra que no sea, por definición, absurda, la llamada “Guerra del Fútbol” o “Guerra de las Cien Horas”, entre El Salvador y Honduras, acaecida en 1969 por un pingüe partido que le significó al primero clasificar para el Campeonato Mundial México 1970, solo puede ser descrita como surrealista, algo que bien podría haber sucedido en Macondo, Comala o Luvina, una manifestación del realismo mágico en su forma más decantada.

La Guerra de las 100 horas y su uso futbolístico | Cultura Redonda

Para que El Salvador fuera a jugar tres misérrimos partidos en esta copa, quedando en último lugar, perdiendo los tres choques, no anotando un solo gol y encajando nueve en contra, tuvieron que morir cerca de cinco mil civiles, quedar hecho añicos el proyecto de integración regional conocido como Mercado Común Centroamericano, y consolidarse los militares en el poder en ambos países. Cada minuto en que El Salvador se paseó por el terreno de juego les costó a las dos naciones exactamente dieciocho muertos. Un tanto oneroso, ¿no creen ustedes? El partido de fútbol[1] no fue más que un detonante: las verdaderas causas debemos buscarlas en la reforma agraria que Honduras implementó durante la década de los sesenta, en la repatriación masiva de campesinos salvadoreños (60 000 de los 300 000 radicados en suelo catracho) que cultivaban la tierra en Honduras desde hacía décadas, en factores demográficos, políticos y socioeconómicos, pero ello no quita que la conflagración desatada por la infausta mejenguilla sea un homenaje a la imbecilidad humana, resplandeciendo en su más egregia vitrina. Desde “la Guerra del Fútbol” o “Guerra de las cien horas” hasta 1987, El Salvador fue un campo de batalla, una pesadilla, una mezcla de cámara de tormentos y de laboratorio del horror, con no poco de manicomio, además.

La epopeya nicaragüense es mejor conocida por los costarricenses. Bajo la dictadura militar de los Somoza (que usurparon el poder en 1936 y abolieron las elecciones populares en 1941), el país de Rubén Darío, Pablo Antonio Cuadra, José Coronel Urtecho y Gioconda Belli es, básicamente, una serie de latifundios agrícolas en manos de un puñado de familias –los Somoza, en primerísima línea, dueños de las setenta empresas más poderosas del país–, donde miles de campesinos fueron desalojados de sus tierras y convertidos en mano de obra barata para el levantamiento de las cosechas. Ignorancia, analfabetismo, opresión, miseria sin fin.

Nicaragua (II): la base objetiva del somocismo – Ruy Mauro Marini
La opresión de la familia Somoza.

En 1972 el sesenta por ciento de la población no sabía leer, el cuarenta por ciento estaba desempleada y, en una rapiña sin precedentes en la historia de Centroamérica, la ayuda económica internacional recibida después del terremoto de Managua (¿cómo olvidar aquella funesta noche del 23 de diciembre de 1972?) se evaporó en manos de los Somoza y sus corifeos. Muchos de los 19 320 cadáveres nunca fueron sacados de debajo de los escombros y hedieron durante cinco meses, hasta la llegada de la estación de las lluvias.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional derrocó al dictador en julio de 1979. Seis años más tarde, los Estados Unidos del cowboy Ronald Reagan decretó un embargo comercial a Nicaragua. El país era una enorme, áspera, sangrienta disonancia. La “contra” comenzó a operar, desde Honduras y Costa Rica, para volver a poner el país en manos de la oligarquía que lo había sojuzgado desde tiempos de la invasión norteamericana liderada por William Walker. Hechos a no olvidar: la devastación de Granada en 1856 (un genocidio a escala de la “Noche de San Bartolomeo”, el “Domingo Rojo”, “Guernica”, la “Noche de los Cristales”, “Auschwitz”, o el “Sitio de Leningrado”: de las más inimaginables atrocidades que registra la historia); el asesinato de Augusto César Sandino, en 1934; el asesinato del periodista Pedro Joaquín Chamorro, en 1978; el aplastamiento de la insurrección popular de ese mismo año, con la muerte de cientos de civiles por resultado.

Un factor determinante para la caída de Somoza fue el hecho de que el presidente estadounidense, Jimmy Carter, en un gesto sin precedentes, se negó a mandarle así no fuese más que un céntimo a la dinastía Somoza. El tirano quedó desprovisto de insumos financieros por primera vez en cuarenta y tres años. No contento con ello, Carter prohibió terminantemente el ingreso de Somoza a los Estados Unidos, aun cuando este adujera razones médicas para ello. Fue un tipazo, Jimmy Carter. No un presidente del gusto de los estadounidenses –eso lo sé bien–, pero sí un hombre esencialmente justo y equilibrado. Siempre me he contado entre sus admiradores.

El expresidente estadounidense Jimmy Carter cumple 100 años - SWI swissinfo.ch
El expresidente estadounidense Jimmy Carter.

Los Estados Unidos habían instalado bases militares en Honduras e intervenían en las guerras civiles de El Salvador y Guatemala. Estos gestos suscitaron la indignación y el encono de los partidos de izquierda de todo el istmo, incluidos, por supuesto, los de Costa Rica. El grupo terrorista “La Familia” se identificaba particularmente con El Salvador. Su criminal programa de “Guerra Popular Prolongada” se inspiraba primordialmente de los modelos salvadoreño y nicaragüense. El manifiesto que blandían era un plagio, de la primera a la última letra, del que empuñaba el Frente Farabundo Martí.

“La Familia” tuvo un efímero pero sangriento paso por Costa Rica. Su perfil era completamente incompatible con la tradición de paz de nuestro país, y proponía un plan de “guerra permanente” contra el statu quo social hasta el advenimiento de la dictadura proletaria y la eliminación de la clase burguesa: ¡todo en este movimiento era tan burdo, tan infantil, tan desustentado por el verdadero pensamiento: fue un zipizape de aficionados, pero no por ello menos mortífero!

En las elecciones presidenciales de 1978, la coalición de izquierda Pueblo Unido participó por primera vez de manera legal en el proceso (los partidos marxistas habían sido proscritos por decreto legislativo aprobado el 17 de julio de 1948, a instancias del jefe de la Junta de Gobierno José Figueres Ferrer). En 1978 los marxistas obtuvieron el 2,74% de los votos y tres diputados para la Asamblea Legislativa. Por su parte, el también izquierdista Frente Popular Costarricense logró consolidar una curul. Este hecho llevó a sus dirigentes a autoproclamarse, altisonantemente, “la tercera fuerza política de Costa Rica”. Stricto sensu, la afirmación es correcta, pero conviene recordar que el partido triunfador obtuvo el 50,5%, y el derrotado partido oficialista Liberación Nacional perdió con el 43,8%.

Don Rodolfo Cerdas: Remembranzas y reflexión en torno a su figura – Cambio Político
Rodolfo Cerdas, fundador del Frente Popular Costarricense.

Claro que los partidos de izquierda se las habían arreglado, desde su prohibición constitucional, en 1948, para participar en los procesos electorales (con la tolerancia de un Estado que no veía en ellos peligro inminente y se hacía de la vista gorda ante sus contenidos ideológicos) disfrazando su orientación marxista, y proponiéndose como agrupaciones socialistas, tales los casos del Partido Acción Socialista (PASO), y el Partido Socialista Costarricense (PSC). La legalización de los partidos de izquierda fue producto del proyecto de reforma constitucional que Daniel Oduber, presidente socialdemócrata de Costa Rica durante el cuatrienio 1974-1978, presentó ante la Asamblea Legislativa. Con esta enmienda, los partidos marxistas pudieron por fin inscribirse en las elecciones populares sin tener que recurrir a la cosmética política, sin ocultar su orientación marxista-leninista o trotskista. La coalición Pueblo Unido logró la proeza consistente en unificar, por una vez, a la dispersa izquierda costarricense. El histórico Partido Vanguardia Popular (que había sido excluido con el veto de 1948), el Partido Socialista Costarricense y el Partido Socialista de los Trabajadores (escindido del Movimiento Revolucionario del Pueblo) aunaron fuerzas para lograr el 2,74 % de los comicios electorales de 1978.

Fue un momento crucial para la izquierda costarricense. El comunismo se sintió consolidado, reconocido, y empezó a adoptar una pose más farouche, más abiertamente beligerante. Pocos jóvenes no se sintieron interpelados, en algún nivel de su ser, por la voz de un marxismo remozado, que se beneficiaba con el desgaste de los partidos tradicionales, y reeditaba su discurso romántico y seductor, reciclando los eslóganes que todos conocemos. En realidad, la izquierda costarricense nunca había podido formar bloque común debido a los cacicazgos que la dividían internamente. Diferencias teóricas de sofistas de cafetín universitario, con egos elefantiásicos y veleidades de Marx, Engels, Lenin, Stalin, Trotski, Tito, Althusser, Brezhnev, Allende, Castro… No tenían siquiera la inteligencia necesaria para deponer sus divergencias y formar un frente cohesivo y unitario.

Partido Vanguardia Popular - PVP | San José
Partido Vanguardia Popular.

La política exterior agresivamente intervencionista de Ronald Reagan (en este punto, seguidor de Nixon y Kissinger) contribuyó, claro está, a polarizar las posiciones y a dar argumentos legítimos a las izquierdas latinoamericanas. El cuatrienio de Jimmy Carter (1977-1981) había sido relativamente sereno. Ronald Reagan volvió a crispar los ánimos y retrotrajo la relación entre los Estados Unidos y Latinoamérica a la combustibilidad de los amargos años de Truman, Eisenhower, Johnson, Nixon y Ford.

Por otra parte, la tensión fronteriza entre Nicaragua y sus países vecinos, Honduras y Costa Rica, no cesaba de agudizarse. En suma: Centroamérica era una de las llagas supurantes, uno de los infiernos políticos del planeta. El gobierno de Luis Alberto Monge (1982–1986) no cumplió con su voto de “mantener una posición equidistante de las dos grandes potencias” (frase dicha, ad literam, desde el “Balcón Verde”, en entrevista televisiva, por el presidente electo de Costa Rica, la noche del domingo 7 de febrero de 1982). Lejos de cualquier equidistancia, la administración Monge permitió la construcción de un aeropuerto clandestino en Guanacaste, desde el cual operaría la contrarrevolución financiada por los Estados Unidos de Ronald Reagan. Costa Rica fue violada: con esta marrulla, nuestra tradición de paz, civilidad y no intevencionismo fue traicionada.

Luis Alberto Monge Álvarez - El Espíritu del 48
Luis Alberto Monge Álvarez.

Contrariamente a lo que nuestra constitución estipula, el espacio físico –terrestre, marítimo y aéreo– de Costa Rica fue usado para el transporte de armas livianas y pesadas. Por supuesto que el país “más feliz del mundo” fue “recompensado” por su abyecto colaboracionismo. ¿Cómo? Es cosa que habría que preguntarles a los gobernantes que decidieron los destinos de la patria durante esos años. Una cosa es segura: la pronta recuperación económica del país después de la hecatombe de Carazo, y la relativa solvencia de nuestras finanzas en los años 1982-1986 son en buena medida consecuencia de los insumos económicos que los Estados Unidos nos dieron a cambio de usar Guanacaste como plataforma bélica contra el gobierno sandinista de Nicaragua.

La presencia de la AID (United States Agency for International Development) en Costa Rica no tenía otro propósito que vigilar de cerca lo que ocurría en Nicaragua, e inyectarle dinero a Costa Rica para que colaborásemos con la contrarrevolución. Tan pronto Nicaragua se estabilizó y Violeta Chamorro ganó las elecciones presidenciales de 1990 en limpia lid, la AID alzó sus trebejos y regresó a los Estados Unidos. Gracias a la traición de la administración Monge, Costa Rica iba a ser arrastrada en la vorágine política del istmo. El gobierno de Somoza llegó al punto de asesinar guardas rurales costarricenses que vigilaban la frontera norte. El dictador amenazó muchas veces con invadir Costa Rica, y en alguna ocasión le dijo al presidente Oduber: “Si yo quisiera podría estar mañana mismo bailando en al Parque Central de San José”. Somoza fue uno más de los muchos dictadores “títeres” de extrema derecha que los Estados Unidos “sembró”, con estratégico criterio, desde antes de la Segunda Guerra Mundial. Sin la inyección de enormes capitales de procedencia estadounidense, Somoza quedó en estado de intemperie política. Carter le negó el asilo en los Estados Unidos, y rechazó incluso su internamiento –enfermo como pretendía estarlo– en un hospital de Miami. Costarricenses: todo este dolor debe ser recordado, revisitado, revaluado. Tanta sangre no puede correr en vano: podría llenarse el Lago de Nicaragua con ella.

EE.UU. es un país en búsqueda de un enemigo": Óscar Arias, el expresidente y premio Nobel de la Paz al que Washington le revocó su visa - Periodico La República
Ronald Reagan y Óscar Arias.

La estabilidad volvería a Centroamérica con la firma del Tratado de Paz, y las múltiples reuniones de nuestro presidente Óscar Arias con el temible Ronald Reagan y los emisarios que envió a Costa Rica a fin de doblarle el brazo, y persuadirlo de la necesidad de intervenir militarmente en Nicaragua. Leal a su compromiso de generar la paz en la región, Óscar Arias no cedió un milímetro en su posición antibelicista. Por ello fue consagrado con el Premio Nobel 1987.

El 25 de febrero de 1990 Violeta Barrios de Chamorro era electa presidenta de Nicaragua, en comicios celebrados dentro de un clima de paz, de limpio sufragio y de respeto institucional. Fue un triunfo para la democracia, la paz y de manera preeminente, para Costa Rica. Hay almas mezquinas y además ignorantes que pretenden que el premio Nobel le hubiera debido ser adjudicado a Costa Rica. Por la naturaleza de su reglamento, de sus estipupaciones internas, el premio Nobel no puede ser concedido a un país: es así de simple. De toda suerte, Oscar Arias lo merecía sobradamente: el propio Fidel Castro lo admitió y no vaciló en aplaudir a su homólogo costarricense.

“La tan dulcemente violenta Nicaragua”, de la que hablaba Julio Cortázar. Transcribo de él algunas impresiones que pergeñó al visitar el país, después de la caída de Somoza. Esto también nos ayudará a poner en contexto a ese héroe anónimo de Anita. Le cedo la palabra al autor de Rayuela.

Revolución Sandinista: 4 claves para entender la última revolución armada de América Latina | Teletica
Revolución Sandinista.

“La victoria del pueblo nicaragüense el 19 de julio de 1979 se manifestó de inmediato por una voluntad de reconstrucción que iba mucho más allá del sentido material de la palabra. Cuando la Junta de Gobierno emplea ese término para autodefinirse, lo hace sabiendo que es plenamente comprendido por quienes sienten en carne propia las enormes desventajas de la ignorancia; no por nada en esa Junta hay poetas e intelectuales como Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez y Tomás Borge, para quienes reconstruir significa levantar no solo al país de sus ruinas todavía humeantes, sino colocar a niños y adultos en un nivel de plena participación consciente y crítica en esa tarea.

Basta hablar con cualquiera de ellos para sentir que su noción de reconstrucción se basa fundamentalmente en un concepto del hombre nicaragüense que lo incluye por un lado como trabajador activo en esa reconstrucción, pero a la vez como alguien dotado de la capacidad de comprender lo que está haciendo, por qué hay que hacerlo y cómo debe hacerlo. A la noción aplastantemente pasiva de pueblo tal como siempre lo entendió y lo quiso el régimen de los Somoza, sucede una noción dinámica de participación y de consulta; y esto no es imaginable sin un mínimo de preparación intelectual que rebase los conocimientos atávicos y tradicionales, los utilice cuando los juzga positivos o los deje definitivamente atrás cuando son un factor de retraso o de estancamiento”.

“Conocidos estos criterios, puede comprenderse mejor el apasionado interés con que Nicaragua ha preparado y puesto en marcha su campaña de alfabetización. Carente de los medios más elementales, desde lápices hasta materiales pedagógicos, el país entero entendió que la organización de la campaña debía adelantarse a la eventual ayuda solidaria que pudiera llegarle de países amigos, y en ese sentido es justo señalar que el llamamiento formulado por la Unesco responde plena y calurosamente a esa decisión popular frente a la cual no es posible permanecer indiferente o cauteloso.

Cruzada Nacional de Alfabetización, 1980 - Memory of the World - Latin America and the Caribbean
Cruzada Nacional de Alfabetización, 1980.

A diferencia de lo ocurrido en Cuba en los años sesenta, cuando la Unesco esperó el desarrollo de la campaña de alfabetización para verificar sus resultados y exponerlos elogiosamente, ahora la vemos adelantarse sin vacilar para pedir una ayuda mundial, demostrando así su plena confianza en que otro pueblo latinoamericano será también capaz de arrancarse por sí mismo a la ignorancia. Los informes oficiales estiman que el bárbaro genocidio perpetrado por los somocistas y que incluyó el bombardeo indiscriminado de centros urbanos y rurales, representa para Nicaragua una destrucción de edificios escolares, mobiliarios, equipos y materiales educativos estimada en más de cien millones de córdobas (cerca de diez millones de dólares). Esta destrucción, paralela a la espantosa suma de 30 000 muertos y cerca de 100 000 heridos, permite medir de lleno las dificultades que se enfrentarán en esta nueva batalla, la batalla por la educación popular”.

“Los problemas son múltiples: falta de materiales de trabajo, medios de transporte y créditos, dificultades de comunicación con las zonas del interior, especialmente, la Costa Atlántica, y necesidad de llevar la alfabetización a las regiones donde predominan pobladores indios (misquitos, sumos, etcétera). ¿Cómo se va a hacer frente a todo esto? La respuesta es muy realista; todo aquel que sepa leer y escribir puede incorporarse a la campaña como alfabetizador. Los niños que estudian en los liceos constituirán el contingente mayor puesto que todavía no trabajan y pueden dedicarse por entero a esa tarea. Brigadistas cuya edad mínima es de trece años serán destinados a las diversas zonas urbanas y rurales del país, encuadrados por asesores de mayor experiencia y por toda la logística necesaria; vivirán en campos y selvas, en fábricas y aldeas, en sierras y puertos, compartiendo la vida y las ocupaciones de sus alumnos adultos en su mayor parte. Todo el país será una sola escuela; y los métodos y técnicas se irán determinando en el curso de la tarea. Los pobladores indios deberán ser alfabetizados tanto en su lengua como en español, puesto que constituyen comunidades con culturas propias profundamente arraigadas”.

“En la Costa Atlántica se habla además el inglés: otro problema a enfrentar. Si la alfabetización de los adultos es imprescindible, basta visitar las ciudades y el interior del país para darse cuenta de que tanto el gobierno como el pueblo de Nicaragua ponen su máxima atención y preocupación en la infancia. Los niños han entrado en una vida por completo diferente después de la liberación del país, y a ellos les tocará la responsabilidad de llevarlo adelante dentro de muy pocos años. El hecho de que sean ellos quienes constituyen el grueso del ejército de alfabetizadores no hace más que acentuar este doble aspecto que da la campaña; un tono característico e inconfundible. Las familias nicaragüenses no han cesado todavía de maravillarse del cambio de vida que se respira en la calle, en las plazas, en cualquier lugar público. Si para ellas significa la libertad y la seguridad, el símbolo más hermoso y emocionante de esa conquista lo dan los niños con su presencia bulliciosa, sus juegos, y sus cantos. En mis primeros recorridos por Managua, me asombró que mis acompañantes, jóvenes soldados sandinistas, se entusiasmaran cada vez que veían grupos de niños en las calles. Terminaron por explicarme que bajo el régimen de Somoza no se veían niños fuera de sus casas, porque los guardias sospechaban de ellos o simplemente los odiaban por despecho o crueldad. Sabían que muchos niños y adolescentes cumplían misiones de enlace, que incluso los había capaces de participar en acciones militares, y con frecuencia los apresaban o mataban para aterrorizar a la población”.

“La sola aparición de alguien uniformado hacía huir a los niños como gorriones”, me dijo uno de mis acompañantes. “Hasta les habían prohibido jugar al fútbol en los terrenos baldíos, porque sospechaban que era una forma de entrenarse disimuladamente”. Hoy, cuando los niños ven a los soldados, el uniforme es para ellos una garantía de protección y de amistad, y muchas veces nos vimos rodeados por grupos infantiles que, como es lógico, se interesaban sobremanera por las metralletas o las pistolas de los jóvenes soldados”.

Celebrando 39 años de la Gran Cruzada Nacional de Alfabetización - UNAN- Managua
Celebrando 39 años de la Cruzada Nacional de Alfabetización.

“Al mismo tiempo, la participación de los niños y adolescentes en la alfabetización plantea problemas de no fácil solución. Para empezar, muchos de ellos pueden correr riesgos en zonas alejadas de los centros urbanos, pues los somocistas refugiados en países vecinos o escondidos en el país no han ocultado sus intenciones de venganza y de revancha; también en Cuba algunos niños alfabetizadores perecieron a manos de los bandidos contrarrevolucionarios que operaban en la sierra del Escambray. Frente a eso, la Junta ha decidido que solo los niños debidamente autorizados por sus padres podrán partir a destinos lejanos, que por supuesto es lo que la mayoría de ellos prefiere. Pude seguir en Managua las alternativas de esta situación que puede llegar a ser dramática, pues hay padres que se niegan a firmar la autorización, creando entre sus hijos y sus condiscípulos autorizados una situación muchas veces penosa. La reacción frente a esto podría parecer sorpresiva a quien no haya vivido junto al pueblo nicaragüense después de la victoria; los niños que formarán las brigadas alfabetizadoras no solamente se han mostrado solidarios con sus compañeros no autorizados, sino que muchas veces han formado comisiones para visitar a los padres, explicarles su punto de vista y pedirles que reconsideren su actitud y den la autorización que sus hijos desean. Nada parece haber de compulsivo en esto, y es ya claro que la inmensa mayoría de los alumnos de los liceos partirán en marzo para cumplir junto a maestros y universitarios una tarea que los exalta y los enorgullece: cada uno de ellos llevará consigo una cartilla de alfabetización preparada en Nicaragua e impresa en Costa Rica; pobre bagaje frente a la inexperiencia, los azares geográficos, los riesgos climáticos, las enfermedades endémicas, las carencias alimenticias y la dureza de la vida en regiones muchas veces inhóspitas. Pienso que esto puede ayudar a comprender mejor el cálido llamamiento de la Unesco a una solidaridad mundial para la campaña nicaragüense de alfabetización. La organización cifra esa ayuda en veinte millones de dólares. Frente a tantos presupuestos bélicos y tantos dividendos comerciales, la suma citada resulta modesta; sin embargo, bastaría para que un pueblo de menos de tres millones de personas saliera definitivamente del atraso en que lo mantuvo un régimen que huyó del país llevándose mucho más que eso en los bolsillos”.

Día Internacional de la Alfabetización 2021 | UNESCO

Esa es la percepción de Cortázar de la Nicaragua postrevolucionaria. Me conmueve profundamente, porque tengo amigos y amigas muy queridas que se ofrecieron a participar en esta masiva campaña de alfabetización, y dejaron una buena parte de sus vidas en esas latitudes, combatiendo la ignorancia y el rezagamiento cultural del país. Fue una empresa en la que por poquísimo llegué a participar. Desgraciadamente, problemas médicos muy puntuales me impidieron tal aventura. Es cosa que hubiera querido haber vivido, de la que hubiera querido ser parte. Pero bueno, la vida nos dicta su guión vital, y hemos de conformarnos con el papel que en esta universal tragicomedia debemos encarnar. Cada quien debe librar la lucha desde su trinchera, esa que conoce como la palma de su mano, esa en la que su aporte es más eficaz.

Ahora bien, como hemos podido constatarlo, a la alborada que presagiaba el éxito del plan de paz de Oscar Arias, ha sucedido una nueva “noche oscura del alma” (San Juan de la Cruz). Hoy en día Centroamérica ha vuelto a prohijar ese espécimen que pareciese endémico a su clima y geografía, conocido como “Dictador tropical”, ignorante, pistolero, petardista, alardoso y fanfarrón. Ahí tenemos a Honduras, auspiciando la presencia de bases militares estadounidenses en su territorio, a El Salvador en manos de un megalómano y pichón de dictador llamado Bukele, y a Nicaragua nuevamente en las manos de un senil tiranuelo, y de su vipérida, ofídica esposa. Un escorpión y una tarántula a lomos de la eternamente subyugada Nicaragua.

Nicaragua. Ortega y Bukele: Un estudio de contrastes - Resumen Latinoamericano
Ortega y Bukele.

El horizonte ha vuelto a ensombrecerse. Los derechos humanos son violados, la libertad de expresión embozalada, la disidencia ferozmente castigada con tortura y encarcelamiento. Los medios de comunicación monopolizados por el Estado, la pluralidad ideológica aplastada, los poderes de la república disueltos. ¡Ah, qué parto de libertad tan difícil, tan cruento, el de nuestra pobre Centroamérica! Es un alumbramiento lleno de dolor, que no termina, no termina, no termina… ¿Será cierto lo que García Márquez dictamina, en la frase final de Cien años de soledad? “Las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”…

Y Costa Rica haciendo piruetas al borde de ese abismo llamado “dictadura”, ese monstruo con el que algunos insensatos flirtean, y coquetean obscenamente. ¡Cuánta irresponsabilidad, qué trágico desconocimiento de la historia, qué oscura, torva voluntad de autodestrucción! Pido a Dios luces para mi gente, capacidad de discernimiento, lucidez social, política e histórica, instinto para saber olfatear el peligro, y la facultad de conjurarlo cuando aún estamos a tiempo de hacerlo. Amén.

[1] Se jugaron tres partidos. El primero, en Tegucigalpa, concluyó con triunfo del anfitrión por 1-0. El segundo, jugado en El Salvador, terminó con victoria de los locales por 3-0. La diferencia de goles no contaba, de modo que tuvo que realizarse un tercer encuentro en país neutro: México, en el recién inaugurado Estadio Azteca. En esa oportunidad, El Salvador se impuso 3-2 a Honduras. Ahí mismo, en el “Coloso de Santa Úrsula” –pese a la abundancia de oficiales de seguridad mexicanos– comenzó la batahola irreprimible entre salvadoreños y hondureños. José Antonio Quintanilla, autor del gol decisivo para El Salavador, dijo, amargamente, que de haber sabido lo que esa anotación iba a destatar, jamás la hubiera marcado.

 

 

 

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