Jacques Sagot, pianista y escritor.

Ahora el habla “pachuca” es tenida, en ciertos círculos académicos del Cafetal, por “un legítimo sociolecto urbano merecedor de serio estudio lingüístico”. La vulgaridad ya va ganando carta de residencia aun en nuestras universidades. Todo está tomado por el “pachuco”: curules, púlpitos, escuelas, oficinas gubernamentales, ministerios, predicadores, agrupaciones artísticas, periodistas, animadores de televisión, embajadores, presidentes, locutores deportivos…
Yo, siempre acusado de “hablar en difícil”, soy ya una víctima del peligroso, opresivo régimen totalitarista del “pachuco”…. ¡y vendrán muchas más! Los que defienden la plebeyización, el enchuscamiento de la cultura deberían ir un día a la gradería de sol del estadio Saprissa, para que vean la criminal, potencialmente homicida violencia verbal en que ha degenerado su “legítimo sociolecto urbano”.
Vehículo de las peores vejaciones, el pachuco, como “sociolecto urbano” y como espécimen social, es siempre, por su naturaleza misma, agresivo. No, no, pero es que hay que haber estado ahí para comprenderlo. Ahí, sí, en esa gradería de sol que ahora (para citar la fórmula devenida célebre de don Beto Cañas) ha invadido la cancha. Y “eso” ahora se “estudia”: es una forma de habla “legítima”. La canalla sigue ganando terreno. Ya está intra muros. Las universidades, alguna vez preservadoras del acervo cultural amenazado por las invasiones bárbaras, ahora se alían con ellas: el salvaje habita las aulas académicas, las ha infiltrado, las ha tomado por asalto, al amparo de una espuria mampara de “universalismo”, “relativismo”, “ecumenismo”, “inclusividad”, “democratización”.

La situación es muy simple: con un “maje” por día, el hablante da prueba de una potencialidad para convertirse en “pachuco”, con dos ya puede hablarse de vocación natural, con tres o más, el individuo es un cincelado, pulido, esmaltado y depurado “pachuco”. Salvo por algunos espíritus refinadísimos (que tengo el honor de conocer, y que son, sin excepción, hombres y mujeres de generaciones pasadas), todo el mundo es de “tres o más majes al día”. A veces (y no exagero) de cientos, quizás miles. La corrupción del lenguaje acarrea la corrupción del pensamiento. Quien no sabe hablar tampoco sabe pensar. El logos, de los griegos: la palabra en tanto que palabra meditada, usada con pleno conocimiento de sus diversos estratos semánticos, de sus facultades connotativa y denotativa, de las mil resonancias que es capaz de suscitar.
No me asombra en lo absoluto la tara de lectoescritura que aflige a nuestros estudiantes, en todos los niveles educativos concebibles. Quien no aprende a leer (¡que es muchísimo más que deletrear, que silabear!) no aprende a escribir. Quien no aprende a escribir no aprende a hablar. Quien no aprende a hablar no aprende a pensar. Así las cosas, el problema que estamos enfrentando compromete a la totalidad del ser, a nuestra definición misma como entes langagiers, criaturas hechas de palabras, de conceptos, de razonamientos. Estamos degenerando, antropológicamente, hacia otra especie, ágrafa, analfabeta, incapaz de pensamiento abstracto, privada de luces, manipulable, dócil ganado para los grandes verdugos de la humanidad.
El costarricense medio esgrime un vocabulario de unas quinientas palabras: menos que los códigos sígnicos de los chimpancés. Léxico sub-simiesco. ¡Y los hay que ríen de ello! Se ha estimado que Cervantes manipulaba un acervo léxico de 26 000 palabras. El habla moldea las estructuras del pensamiento. Se piensa desde el habla, se habla desde el pensamiento. El tema es de la mayor importancia. Costa Rica es un charral. Cualquiera (y yo he sido la más conspicua víctima de esta forma de admiración – segregación) que no se exprese como el típico pachuco arrabalero, será acusado de “hablar en difícil”, de “rebuscado”, “culterano”, “démodé”, “elitista”, “intelectualoide” o “pedante”… Todo eso: ya lo hemos hablado y no lo voy a repetir. Soy un “resistente” contra un régimen opresivo e insidioso como pocos lo han sido. Es algo que he experimentado desde mi infancia. Un outcast: eso es lo que he sido.

El habla “pachuca”, la jerga del naco, está llena de violencia, de cinismo, de “choteo”, de mofa, de agresión. Es inherentemente sexista, homofóbica, xenofóbica, machista, misógina, androfóbica, racista, irrespetuosa con la diferencia, con la alteridad, en suma, vehículo ideal para los más graves antivalores que al día de hoy aquejan a la humanidad. ¡En un país que se jacta de su tradición pacifista! Pero la violencia verbal es tan seria como la física. Cierto, me ha sucedido cultivar ocasionalmente el habla “pachuca”, pero la diferencia es que yo puedo pasearme por ella con “visa de turista”, porque tengo otros modos discursivos (los que vastamente predominan), es decir, no estoy encadenado al “pachuquismo” como recurso retórico único: tengo a mi disposición todo el espectro verbal: puedo escoger.
La mayoría de los costarricenses carecen de menú lingüístico para elegir. Están condenados a su indigencia verbal. Son pordioseros de la lengua que se enorgullecen de serlo. Que sigan aborregándose. Por debajo de los chimpancés, los delfines, y las ballenas. Que sigan descerebrándose, sí. Yo ya he hecho lo que pude. No tengo ninguna fe en ustedes. Púdranse en su vulgaridad. Refocílense en su “sociolecto popular urbano merecedor de serio estudio lingüístico”. Aprópiense de la totalidad de la superficie social. Yo seguiré siendo el resistente de siempre. luchando desde las márgenes. Es un rol que me sienta bien. Es mi trinchera, y de ahí nadie me moverá.