Federico Paredes, analista agroambiental.

Dentro de los grandes retos que enfrenta la humanidad, está el buscar y el desarrollar formas de energía que cada vez sean más amigables con el entorno, que sean menos contaminantes y de fácil acceso cuando se les necesite.
Ya se han venido desarrollando con éxito fuentes verdes de energía, tales como la eólica, la geotérmica, la solar, la mareomotriz, la biomásica y aquella generada por el hidrógeno.
Sin embargo, pareciera que todos estos esfuerzos no han sido suficientes ni de amplia aplicación universal; es decir, ni el acceso ni el uso han sido los deseados.
Dentro de ese marco energético mundial, se está construyendo en la ciudad francesa de Cadarache el mayor reactor termonuclear del mundo. La responsable es la entidad ITER, que por sus siglas en inglés significa: International Thermonuclear Experimental Reactor.

El ITER es una institución creada de manera conjunta por EUA y por la antigua URSS en 1986, con un costo estimado en los 24.000 millones de euros, lo que lo ubica como el quinto proyecto de esta naturaleza más costoso de la historia, después del Programa Apolo de la NASA, de la Estación Espacial Internacional, del Proyecto Manhattan y del desarrollo del sistema GPS (Global Positioning System).
Aparte de lo que significa la sigla en inglés, ITER tiene su significado en latín, que quiere decir el camino, lo cual no es otra cosa que lo que los científicos están tratando de encontrar: el camino hacia la sostenibilidad de las energías limpias, con cero o casi nula contaminación.

Estos físicos nucleares están a punto de llegar al perfeccionamiento de la fusión nuclear, la misma que utiliza el Sol para generar su inacabable energía y poder de esta manera, despedirnos para siempre de las energías contaminantes y destructoras de la capa de ozono y aceleradoras del desastre climático.
En su calidad de ente internacional, el ITER está compuesto por un selecto club de países- miembro, encabezado por EUA, con el apoyo de Rusia, China, Japón, India, Corea del Sur y el Reino Unido. Francia pone la pista para este baile termonuclear.
Los reactores de fusión atómica están en la fase experimental de su diseño y de su fabricación. Lo que se busca es poder generar energía a partir de la fusión de nuclear de iones confinados, usando una implosión o igualmente usando campos magnéticos.

El gran reto de estos científicos es poder replicar los procesos de fusión nuclear que se producen en el interior de las estrellas (recordemos que nuestro Sol es una estrella), para generar de forma limpia esta energía.
Una vez superado el diseño y la construcción de estos reactores nucleares, la idea es poder erigir centrales donde la demanda sea tal que sea oportuna su construcción en esas locaciones.
Por supuesto, los riesgos no son ajenos a estos procesos. La energía nuclear, al tiempo que representa una alternativa baja en carbono en comparación con los combustibles fósiles, viene con su propio paquete de riesgos, nada despreciables.
Uno de ellos es lo que se conoce en inglés como “meltdown”, una especie de estallido, provocado por el núcleo del reactor que se sobrecalienta y esto lleva a una liberación de material radiactivo. Los ejemplos, de ingrata memoria incluyen Three Mile Island (EUA,1979) Chernobyl (URSS,1986), y Fukushima (Japón, 2011).

En los reactores pueden ocurrir incidentes de menor escala, debido a fallasen el equipo, a errores humanos o a desastres naturales, liberando material radiactivo al medio ambiente.
En estos tiempos de conflictos bélicos en Ucrania, el Medio Oriente, y en África, las instalaciones nucleares podrían ser objetivos para el sabotaje o el ataque por parte de grupos extremistas o terroristas, con consecuencias potencialmente catastróficas.
En el escenario de la correcta disposición de residuos o desechos industriales, una de las grandes preocupaciones es cómo gestionar de forma estricta la disposición final de estos residuos nucleares.
Por ejemplo, el combustible nuclear que ya ha sido usado y pasa a residuo, permanece radiactivo durante miles de años, lo cual implica contar con un almacenamiento totalmente seguro a largo plazo, justamente para evitar esa perniciosa contaminación.
Trasladar los materiales radiactivos de un punto a otro plantea riesgos de accidentes o fugas durante el transporte. Imaginemos las precauciones que se deben de dar.

El encontrar sitios de eliminación seguros y permanentes para desechos nucleares es un desafío importante, no es sencillo ni cuenta con el beneplácito de las comunidades.
Como decíamos líneas atrás, los actuales escenarios de guerra resultan una gran tentación para grupos y gobiernos extremistas, que podrían utilizar la tecnología y los materiales requeridos en la energía nuclear, para la producción de armas nucleares.
No podríamos dejar de mencionar los riesgos a la salud pública. Los trabajadores de centrales nucleares y las poblaciones cercanas se pueden seguir exponiendo a bajos niveles de radiación, lo que aumenta el riesgo de cáncer y otros problemas de salud.

Las centrales nucleares liberan agua super caliente en el medio ambiente, lo que puede definitivamente destruir la vida de cuerpos acuáticos.
Hollywood también se ocupó de estos temas en la década de los 70 con la producción The China Syndrome (1979), estelarizada por Michael Douglas y Jane Fonda. Como dato curioso, esta película se estrenó 12 días antes de que ocurriera el accidente de la planta de Three Mile Island, lo cual le dio mucha relevancia.
Otra película de esta temática fue la caracterizada por Meryl Streep (1983), El caso Silkwood- Escándalo nuclear, basada en hechos reales. Streep recibió una nominación al Oscar por esta actuación.

Como se puede ver, no es nada sencillo entrar en este campo de la energía nuclear, pero las crecientes demandas energéticas están provocando que la ciencia y la técnica se enfoquen en lograr una producción eficiente, con mecanismos extremos de seguridad, respetuosa de los entornos humanos y del medio ambiente en general.