Iniciación en el mar

Iniciación en el mar

Jacques Sagot, revista Visión CR.

Puntarenas.  Caminamos hasta el final del muelle.  Mi Papá me quiere enseñar mi primer barco.  Tengo dos años de edad.  ¡Mi primer barco!  Descomunal como cosa ninguna que hasta entonces hubiese visto.  Papá me sienta sobre las rodillas y me sostiene abrazándome por la cintura.  El borde del muelle.

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El mar azul, azul como… ¡pues como el mar!  Nunca desde entonces han dejado de fascinarme los barcos, pero más que ellos los naufragios: el “Titanic”, el “Fella”, el “Andrea Doria”, el “Lusitania”, el “Sussex” (donde murió el compositor español Enrique Granados: tratando de salvar a su esposa, saltó de una de las lanchas salvavidas: ambos fueron engullidos por el mar).

Esas descomunales catedrales sumergidas.  Hundidas en el silencio, inmóviles bajo kilómetros de turbias aguas.  Vivas y muertas a un tiempo.  Corroídas día a día por la herrumbre.  Haciendo brotar sobre sus puentes, mástiles y gobernalles, las más insólitas excrecencias minerales y vegetales.  El misterio de sus cámaras internas, los secretos que miles de hombres se llevaron al fondo legamoso del océano.

He leído mucho sobre ellos.  Con fanatismo, quizás.   Luego, Victor Hugo, en “Oceano nox”, formuló mi sentir al respecto: “Oh! combien de marins, combien de capitaines qui sont partis joyeux pour des courses lointaines, dans ce morne horizon se sont évanouis!  Combien ont disparu, dure et triste fortune!  Dans une mer sans fond, par une nuit sans lunesous l´aveugle océan à jamais enfouis!”  (“¡Oh, cuántos marineros, cuántos capitanes que partieron felices hacia aventuras lejanas, en ese sombrío horizonte desaparecieron!  ¡Cuántos evanescieron, dura y triste fortuna!  ¡En un mar sin fondo, en una noche sin luna, bajo el ciego océano para siempre sepultos!”: Les rayons et les ombres”).

Oceano Nox (V. Hugo), Peinture par Cathy Guerrier-D. | ArtMajeur

La preocupación de Hugo es, empero, más humana, básicamente, un gesto de identificación con el dolor de los desaparecidos y sus familias, un acto de com-pasión (padecer-con).  Mi fascinación tiene (lo reconozco) algo de mórbido: estetizo la catástrofe, la transformo en apoteosis de una poesía de la muerte, de lo oculto, lo subyacente, en suma, lo que Freud (tomando el término de la literatura gótica alemana) llamaría Unheimlich: lo que no debe ser revelado, la inquietante latencia de aquello que no está a la vista.  Es el horror que palpita en el relato “Sur l´eau”, de Maupassant.  ¿Qué habrá sido del espléndido barco que mi Papá me enseñara?  ¡Era colosal, colosal, una catedral flotante!  ¿Dormirá ya en el fondo del más bello de los cementerios: los fondos oceánicos?  ¿Lo habrán desmantelado?  No en mi espíritu, que preserva todo lo que ama, y le confiere un vago, indefinible sabor de eternidad.

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