Ana Virginia Calzada Miranda, abogada.

Hay escenas que dicen más que un discurso. Y esta, seguramente, muchos la hemos vivido.
Vas camino al trabajo, a una cita médica, a dejar o recoger a un hijo de la escuela, o simplemente de regreso a casa. De pronto se escuchan sirenas. Aparecen motocicletas, patrullas, vehículos oficiales, la Cruz Roja y no sé cuántas autoridades más. Se detiene el tránsito, colapsan las calles, los carros deben hacerse a un lado y todos esperamos.
Entonces pasa la caravana.
Es apenas un momento, pero deja una sensación extraña. Por unos minutos, la calle que es de todos parece tener otro dueño.
No se trata de cuestionar la obligación del Estado de proteger a quien ejerce la Presidencia de la República. Por supuesto que debe hacerlo. La pregunta es otra: ¿cuánto despliegue necesita el poder en una democracia como la nuestra? ¿Y qué mensaje recibe el ciudadano cuando tiene que hacerse a un lado para que ese poder pase?
Costa Rica no construyó su prestigio democrático sobre la ostentación. Nuestra tradición republicana fue otra: cercanía, sobriedad y una cierta sencillez en el ejercicio del poder.
Hubo una época en que a nuestros presidentes se les decía simplemente “don Ricardo”, “don Otilio” o “don Pepe”. Esa manera tan costarricense de nombrarlos decía mucho de nosotros. Había respeto por la investidura, pero también cercanía.
De don Otilio Ulate se conserva una anécdota que retrata bien esa manera de entender el poder. Durante una campaña, cansado de que un presentador lo comparara en los mítines con grandes personajes de la historia, le pidió que dejara de hacerlo y que se limitara, sencillamente, a decir su nombre.

Puede parecer un gesto pequeño. No lo es. Hay toda una concepción del poder detrás de esa sencillez.
No pretendo idealizar aquellos tiempos ni sostener que nuestros gobernantes no necesitaran protección. Lo que sí merece ser rescatado es aquella modestia republicana: la idea de que ejercer el poder no significa necesariamente exhibirlo.
Y no es solo cuestión del pasado. Dinamarca, una democracia que ha hecho de la confianza institucional uno de sus valores, nos recuerda que autoridad, cercanía y sencillez pueden convivir. Son sociedades distintas, por supuesto, pero hay una idea que trasciende las diferencias: la sencillez del poder no disminuye su autoridad; puede engrandecerla.
Y entonces volvemos a nuestra calle
En un país golpeado por la inseguridad, donde comunidades enteras reclaman mayor presencia policial y escuchamos constantemente que los recursos públicos son limitados, resulta inevitable que el ciudadano observe esas caravanas y se pregunte si semejante despliegue es indispensable, cuánto cuesta y por qué tantos recursos son tan visibles alrededor del poder cuando tantas veces parecen insuficientes alrededor del ciudadano.

No son preguntas partidarias. Son preguntas ciudadanas. Y no deberían depender del nombre de quien ocupe la Presidencia. Hoy será una persona y mañana será otra. Las costumbres del poder, cuando se normalizan, terminan formando parte de nuestras instituciones.
La seguridad protege a la persona, La modestia protege a la institución
Tal vez debamos recuperar algo de aquella vieja sencillez costarricense. No para regresar al pasado, sino para recordar que, en democracia, la autoridad no necesita demostrar a cada momento que tiene poder.
Costa Rica ha construido su democracia también en esas pequeñas cosas: en la sobriedad, en la cercanía y en la convicción de que nadie, por importante que sea el cargo que ocupe, deja de ser ciudadano.
Porque en una República el poder no debería obligar al ciudadano a hacerse a un lado para recordar quién manda.
Debería recordarle a quien gobierna, todos los días, a quién sirve.

Artículo claro y diáfano de doña Ana Virginia, sobre un tema que para muchos no tiene importancia pero sí lo hace, pues como ella bien dice, denota un «véame pa’rriba», muy impropio de nuestros valores republicanos y el exitoso modelo democrático,con todo y sus defectos, que hemos desarrollado. Me tocó trabajar en Washington DC en la misma época que el presidente Chaves, cerca ambos de la avenida que usaba el vicepresidente Biden tres veces al día para trasladarse a su residencia, en lo que llaman el Observatorio Naval. Era el VP de la nación más poderosa del mundo y el desplante era menor. Por cierto, cada traslado, dicen, costaba unos 5 mil US$… tal vez exageraban. Digamos que fuera algo menos, pero tres veces diarias durante un año laboral, en un país como Costa Rica ya esa.