Jacques Sagot, Revista Visión CR.

Existe una relación de sinonimia entre Oscar Arias y el Premio Nobel de la Paz. Han terminado por convertirse en nociones indiscernibles una de la otra. Y por supuesto, un Premio Nobel tiene un impacto y una resonancia mediática de la que carece cualquier otro galardón de este jaez. Pese a ser un hombre polarizante (lo propio de todo mandatario que toma decisiones), casi nadie en nuestro país niega el hecho de que con su Premio Nobel puso a Costa Rica en el mapa geopolítico mundial.
Habiendo dicho lo que precede, conviene recordar que los honores y reconocimientos que Oscar ha vendimiado son mucho más voluminosos: Medalla Albert Schweitzer, Medalla Martin Luther King, Medalla Madre Teresa de Calcuta, Premio Príncipe de Asturias… y a modo de encores para este colosal programa, la bicoca de 93 doctorados honoris causa concedidos por las más prestigiosas universidades del mundo entero.

El Premio Nobel de la Paz de 1987 le fue concedido a Oscar por haber puesto en acción un tratado de paz que benefició a 48 millones de centroamericanos. Fue un logro épico. Pero la vasta mayoría de los costarricenses desconocen el segundo gran corolario de su divina obsesión con la paz. Fue el producto de una lucha más laboriosa, tesonera, paciente y pertinaz que la que tuvo que librar para pacificar a Centroamérica. De hecho, constituye el mayor triunfo diplomático en la historia de Costa Rica. Me refiero al Tratado sobre el Comercio de Armas (ATT por sus siglas en inglés).
Oscar, enfundado en su atuendo de Quijote (el más preciado de sus disfraces) luchó contra todos los molinos de viento del mundo, para lograr la aprobación de este trascendental acuerdo. Nunca fue más tenaz, más persistente, más abnegado que en la faena que supuso este inmenso triunfo. No hubo un presidente, un primer ministro, un jefe de Estado, un rey, un papa, un cardenal o una organización con la cual no se reuniera, a fin de buscar apoyo para su proyecto. La iniciativa surgió en el seno de la Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano, allá durante la década de los noventa.

El texto de este tratado prohíbe la transferencia internacional de armas a Estados, grupos o individuos cuando existieran razones suficientes para creer que esas armas serían empleadas para violar los derechos humanos o el derecho internacional. El Tratado fue aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2013 y entró en vigor en diciembre de 2014. Hoy funciona desde Ginebra.
Sí, amigos y amigas: cosas importantes suceden cada vez que Oscar decide cabalgar a Rocinante y empuña su adarga antigua y se da recorrer los campos acompañado de su galgo corredor. Yo nunca he conocido, en campo alguno de la vida, a un ser humano capaz de tal tozudez, de tan irresistible capacidad de decisión. ¿Por qué no se le dio en Costa Rica más cobertura y seguimiento a esta hazaña, esta epopeya diplomática gestada a lo largo de tres décadas? Pues porque en Costa Rica los envidiosos, los mezquinos, los espíritus liliputienses son mayoría absoluta, y es inmenso el daño que suelen hacer. De modo que la saga del Tratado sobre el Comercio de Armas fue barrida discretamente bajo la alfombra, con medios abúlicos, congresistas verduzcos en su torva inquina, y toda suerte de pigmeos morales prestos a ponerle sordina mediática al magno acontecimiento.

Voy a permitirme una analogía que quizás algunos de ustedes consideren un tanto extravagante. Beethoven es universalmente conocido por su Novena Sinfonía. Su “Oda a la Alegría” es escuchada todos los días del mundo en todos los rincones del planeta, ¡y está bien que así sea! Pero sucede que Beethoven tiene una obra monumental, contemporánea de su Novena Sinfonía. Me refiero a su Missa Solemnis. Es música más espiritual, más íntima, más llena de unción y fervor, más entrañable que la ubicua “Oda a la Alegría”. Es un Beethoven más profundo y trascendental… y precisamente por ello nunca será tan popular como el de la Novena Sinfonía.
Pues bien, yo creo que, si el Premio Nobel de la Paz es la Novena Sinfonía de Oscar, el Tratado sobre el Comercio de Armas es su Missa Solemnis. El finiscoronat opus de una vida entera abocada a la consecución de la paz entre los seres humanos. La gente no conoce este tratado por la misma razón por la que desconoce la Missa Solemnis de Beethoven: prefiere silbar y canturrear la “Oda a la Alegría”, y esto parece bastarles en su indagación del genio de Bonn. Como decía Jean Cocteau: “El buen burgués prefiere reconocer que conocer”. ¿Para qué ir al teatro a descubrir una nueva ópera cuando se puede oír por enésima vez La Traviata?

Oscar es un obseso. Pero se impone, de manera perentoria, purgar la palabra “obsesión” de su mala reputación semántica (una patología psíquica más o menos grave). Todo cuanto es bello y grande en el mundo ha sido producto de la obsesión. Goethe trabajo durante 32 años en su Fausto. Beethoven reelaboró durante 25 años el tema de la “Oda a la Alegría”. Proust se encerró en su casa y, trabajando como un poseso durante las noches por espacio de 14 años, alumbró el portentoso ciclo novelístico En busca del tiempo perdido. ¿Quién podría negar que estas hazañas fueron gestadas desde y gracias a la obsesión? Es que, como decía Fernando Pessoa, la obra humana sobre la tierra es, siempre “flor de obsesión”. Las grandes, y fecundas, y ubérrimas obsesiones nos han dejado todo cuanto es hermoso y atesorable en este mundo que, al decir de Cirio Alegría “es ancho y ajeno”.
Nunca he conocido (y lo digo con orgullo indecible) a un espíritu tan capaz de arrostrar y doblegar las contrariedades y los obstáculos con la determinación épica de que Oscar es capaz. El Quijote es, a todas luces, su santo patrono, su figura de emulación, su modelo ético eterno e irrenunciable. El Tratado sobre el Comercio de Armas merecía toda la cobertura mediática de que nuestro país fuese capaz. Pero, una vez más, Costa Rica conspira contra sí misma por boca de sus legiones de envidiosos y criaturillas cicateras de elogios e incapaces de grandeza de alma. Repito: se trata del más significativo, relevante aporte diplomático costarricense a la cultura de la paz. Un hito glorioso de nuestra historia. Resulta completamente inaceptable (más aun, aberrante y reprensible) que Costa Rica no esté familiarizada con esta magna gesta, que no se comente, no se celebre, no figure en los programas de enseñanza de nuestros colegios.

Oscar no es un posador, un huero mascarón de proa. Su compromiso con la paz mundial es la esencia misma de su ser. La pasión, el enamoramiento de toda una vida. Me jacto de ser su amigo. Lo conozco, y lo he visto sumido en profunda tristeza ante la agudización de los conflictos armados que asolan a la comunidad mundial. Su rostro se llena de tristeza, de preocupación… son sentimientos genuinos, auténticos. No se puede permitir a sí mismo ser feliz mientras en el mundo los seres humanos se canibalizan los unos a los otros. Como decía Hegel: “No puede haber en el mundo un hombre feliz, mientras en algún lugar del planeta haya un esclavo”. Oscar está cortado de esa misma madera: es el tipo de espíritu que no se dará por contento mientras la violencia y la muerte sigan triturando cuerpos y almas por los ensangrentados caminos de la Tierra.