San José Moscati: «el médico de Dios»

San José Moscati: «el médico de Dios»

«La ciencia sin religión está coja y la religión sin ciencia está ciega»

(Albert Einstein)

«El libro de la fe y el libro de la naturaleza no pueden contradecirse porque ambos tienen al mismo autor»

(Francis Bacon)

Adriana Núñez, periodista Visión CR

(Foto de portada: estatua de San José Moscati ubicada en la iglesia de Jesús Nuevo en Nápoles, Italia)

A nivel mundial, existe una enorme preocupación por las “crisis vocacionales” que afectan no sólo a sacerdotes católicos y a pastores de otras denominaciones religiosas, sino también a profesionales que laboran en distintos campos de las ciencias.

Este complejo fenómeno se manifiesta claramente en el ámbito laboral y educativo, en gran parte porque muchos jóvenes se ven presionados por razones meramente materiales o toman la decisión incorrecta a la hora de elegir su ruta profesional. Ello incide en la forma en que desempeñan su trabajo, generalmente con desgano y con frecuencia, con mala actitud.

Mientras en el ámbito religioso, el impacto de esta situación implica una disminución en el número de vocaciones sacerdotales y consagradas, en otros sectores no sólo se percibe a través del “desinterés y mínimo esfuerzo” que despliegan algunos profesionales, sino que además, se denota en sus actitudes erróneas y sobre todo, en los perjuicios que reciben algunos de los usuarios de los servicios que ofrecen.

En la Italia de los años 20 y 30, miles de adultos y niños en extrema pobreza rondaban las calles donde San José Moscati les atendía sin cobrarles nada.

En Costa Rica, estas circunstancias son cada día más evidentes, pues en el área de salud, pese a que no se dispone de un registro único que determine el número de denuncias por mal praxis que anualmente se producen en el país, los datos del Poder Judicial y de los Colegios Profesionales respectivos, muestran una tendencia al aumento en sectores específicos tales como procedimientos estéticos, odontología, práctica médica general y ejercicio ilegal de la profesión de psicólogo, entre otros. Por condenas relativas al tema expuesto, la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) ha tenido que pagar indemnizaciones millonarias. Pero las quejas y denuncias también salpican a los hospitales privados.

La excelencia en el desempeño profesional debe ser un propósito diario; así como también la dedicación, vocación de servicio, supervisión y vigilancia sobre el trabajo que se realiza. Lastimosamente, con el pasar de los años, la formación integral ha ido perdiendo fuerza en detrimento de los valores humanos.

En el caso particular de los médicos, la misericordia ante los que sufren, forma parte insoslayable de la labor cotidiana. No es una carrera fácil, lo sabemos. Por ello quienes la ejercen, necesitan no sólo el respaldo de atinados conocimientos, sino también de una sólida formación ética y moral.

Hoy, además de recordarles el juramento hipocrático, basado en la Declaración de Ginebra de la Asociación Médica Mundial, cuyo texto en Costa Rica es un compromiso ético formal, realizado por los nuevos médicos y cirujanos al colegiarse, en el cual destacan la responsabilidad y el respeto a la dignidad del paciente, como ejemplo de lo que es una genuina vocación, les ofrecemos un breve resumen de la vida del eminente galeno italiano, San Giuseppe Moscati (1880-1927) investigador y profesor, conocido como el «médico de los pobres» en Nápoles, quien fue beatificado en 1975 por el Papa Pablo VI.

Giuseppe Moscati, médico italiano canonizado en 1987 por el Papa Juan Pablo II

Tras el proceso de ratificación de un tercer milagro, el de la curación de la agresiva leucemia del joven Giuseppe Montefusco acaecido en 1979, el doctor Moscati fue canonizado por Su Santidad Juan Pablo II, el 25 de octubre de 1987.

No está de más que figuras como la que a continuación describimos, formen parte de la agenda educativa que los estudiantes de distintas profesiones reciben, pues sus trayectorias personales y profesionales, son ejemplos palpables de intachable conducta, solidaridad, amor al prójimo y sacrificio, valores que en nuestros días han sido relegados por la indiferencia ante el dolor ajeno, la ambición y el ruidoso tintineo del dinero fácil.

El médico de los pobres

Giuseppe (José en español) Moscati, alternó una brillante carrera científica que se destacó en áreas tales como bioquímica y diagnósticos precisos, con una profunda fe cristiana que en la mayoría de los casos, lo impulsó a atender gratuitamente a los necesitados pues en cada paciente veía reflejado «el rostro de Cristo sufriente».

Aunque goza de una gran devoción en la ciudad italiana de Nápoles, donde radicó la mayor parte de su vida, nació en realidad en Benevento el 25 de julio de 1880; fue hijo y nieto de magistrados, por lo que su vida profesional parecía estar orientada en esa dirección. No obstante, su gran fe lo llevaría por caminos diferentes.

A partir de 1922, se comenzó a utilizar la insulina en pacientes diabéticos

Tenía tan solo 12 años cuando su hermano mayor, Alberto, murió tras caer del caballo durante el servicio militar.  Ese trágico episodio lo motivó a desarrollar un enorme interés por las ciencias médicas, razón por la cual en 1897, se matriculó en la Facultad de Medicina. Fue ese el mismo año en que murió su padre, debido a una hemorragia cerebral.

A los 22 años se graduó con las mejores calificaciones de su promoción y desde el inicio de su primera experiencia laboral, adoptó la rutina de levantarse muy temprano para ir primero a misa y recibir la comunión. Luego, se dirigía a las colonias más pobres y a visitar a algunos enfermos. y a las 8:30 a.m. iniciaba el trabajo en el hospital.

A a los 30 años José se hizo famoso en su entorno, por sus diagnósticos inmediatos y precisos, que con los escasos medios y escuetas condiciones de la época, resultaron ser prácticamente milagrosos. De forma paralela, también experimentó con nuevas técnicas y fármacos, tales como la insulina, que desde 1922, se empezó a utilizar en el tratamiento de la diabetes.

Su habilidad para realizar autopsias era inigualable y por ello, en 1925 se le confió la dirección del Instituto de Anatomía Patológica napolitano. Siempre hacía la señal de la cruz antes de manipular un cadáver, por el respeto que sabía se le debe al cuerpo de una persona que, según sus palabras, “había sido amada por Dios”.

Nunca cobró dinero a los indigentes o a las familias pobres, a los que ayudaba a diario con buen talante, pagando incluso de su propio bolsillo, el costo de los medicamentos que les recetaba y proporcionándoles algunos alimentos. Atendió epidemias, accidentes y los múltiples padecimientos de miles de personas.

Antes de alcanzar los 47 años, el 12 de abril de 1927, mientras -sentado en su sillón- esperaba en el despacho de su casa la visita de los enfermos, le sobrevino la muerte debido a un ataque cardíaco. De inmediato, la noticia de su fallecimiento corrió por toda la ciudad: “ha muerto el médico santo”. Entre los primeros que acudieron a rezar ante su cadáver estuvo el Cardenal Ascalesi, quien ante la multitud indicó: “el doctor pertenecía a la Iglesia; no a aquella de quienes sanó el cuerpo, sino de la de quienes salvó el alma y que salieron a su encuentro mientras subía al cielo”.

El milagro por el cual se le canonizó, se produjo más de medio siglo después de su muerte, cuando la madre del joven Giuseppe Montefusco, sin conocer su imagen, vio en sueños la figura de un galeno con bata blanca. La señora se lo narró al párroco de su comunidad quien le habló del Beato Moscati.

Ella decidió entonces dirigirse a la Iglesia de Jesús Nuevo y allí, en una fotografía expuesta, reconoció el rostro de la imagen que había visto en sueños. Desde ese momento, le rezó a Moscati y logró que sus amigos y parientes se unieran a sus oraciones. Pocos días después, su hijo, quien con tan solo 29 años de edad, había sido diagnosticado en 1978 con leucemia mieloblástica aguda, se curó totalmente, y ante el asombro de todos, regresó a su trabajo como herrero.

A veces, tan solo un gesto de apoyo, la mano reconfortante de un familiar o de un amigo y sobre todo, el interés y la debida atención de un médico al sufrimiento de un enfermo, contribuyen a paliar el dolor. Cuánto más efectivo será si a ello le suman una oración sincera…

Ciencia y fe, de la mano; técnica y misericordia; ética, amor y vocación.

Visitado 59 veces, 2 visita(s) hoy

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *