Para Caroline, a quien no pude salvar

Para Caroline, a quien no pude salvar

 Jacques Sagot, pianista y escritor

A Caroline Pivert me la topé un día a la entrada del ascensor.  Esperaba no sé qué.  Desconcertada.  Subía y bajaba, el metálico cajón, y ella no se decidía a abordar.  Me acerqué.  Le pregunté si se sentía bien.  Respondió más, mucho más de lo que yo hubiera querido saber.

El hashish; el alcohol; que se había evadido de su casa; que aborrecía a su padre; que era bipolar; que ahora estaba “high” porque venía de fumarse “un puro”, pero que tan pronto se disipara el efecto de la droga entraría en un “low”y no sería ya capaz de mover un dedo; que no quería que la viera en esas condiciones; que vivía en el piso veintisiete, con un travesti, un mago retirado, una mujer que para todos hacía las veces de mamá –y que había sido dada de alta no hacía mucho tiempo por un hospital psiquiátrico– un hombre de edad indeterminable en silla de ruedas, un hámster y un conejo.

Dormía en un sofá – cama en mitad de la sala, y ello únicamente gracias a la acción de poderosísimos somníferos.  Sin ninguna privacidad.  Un circo lleno de viejos funámbulos y patéticos payasos.  Contribuía con treinta euros mensuales al alquiler del apartamento.  Durante las más delirantes de sus crisis tenía que hacerse internar en un asilo.  Que si la podía invitar a comer esa noche.  Lo pidió con pudor, con congoja indecible… a buen seguro lo más difícil que había tenido que hacer en su vida.

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¡Curiosos lugares, los ascensores!  Esa obligada cercanía de los “pasajeros”.  Aventura compartida durante algunos segundos.  Secreta aprensión.  Espacio y tiempo acotados.  La infranqueable distancia psicológica con la que algunos intentan compensar la proximidad física –miradas elusivas, la ritual, perfectamente innecesaria consulta del reloj–   y a veces también sitios de revelaciones inusitadas, de intercambios humanos insospechados.

Varias han sido las cosas que me han sucedido en ascensores –aparte de quedarme atrapado–: intuiciones eróticas, mujeres que lloran desconsoladamente, niños que me miran aterrorizados, ideas memorables, crisis de claustrofobia, apagones de luz, puertas que no se abren… y ahora Caroline.

La invité a pasar a mi apartamento.  Rostro exquisito.  La más bellamente delineada nariz que he visto en mi vida: un dibujo de Ingres.  Piel muy blanca.  Pelo corto.  Sonrisa encantadora.  Cuerpo pródigo pero elegante.  Ni una molécula de vulgaridad.  Toda ella oliendo a droga.  Y ahí me habló de su vida.  Larga, tristemente, pero sin melodramatismo alguno.

Esa noche fuimos a cenar al restaurante de Céline, a cien metros de nuestro edificio.  Se le cerraban los ojos del agotamiento.  La imago mortis del “low”.  A duras penas lograba llevarse la cucharada de sopa a la boca, cortar la carne, articular el menor esbozo de conversación.  Una y otra vez me pedía disculpas.  “No te preocupés: yo entiendo”.  Por supuesto que no entendía ni un pepino: ¿cómo hubiera podido hacerlo?  ¿He sido acaso nunca residente de esos infiernos?  Uno siempre dice: “entiendo”.  En realidad, muy pocas son las veces en que somos capaces de entender al prójimo (el “próximo”).  No, por lo menos, desde la raíz de su ser.

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Luego la acompañé al apartamento.  Desde que entré comencé a buscar desesperadamente la forma de salir.  El travesti… la cosa más grotesca que había visto en mi vida; el “mago retirado” ensayando con un sombrero alguno de sus viejos trucos; el paralítico de cuerpo retorcido como un contorsionista; la dueña del apartamento, con aquella inquietante expresión de afabilidad, dulce delirio demencial… y sí: el hámster y el conejo.

Todo apestaba.  Sentí que me ahogaba.  Mi claustrofobia.  Física y moral.  Fingí extrema cordialidad y traté a todo el mundo como si fueran viejos amigos.  Y en esa covacha, Caroline, un baño compartido por todos, la alfombra raída, el olor a cigarro, la mujer que me ofrecía una y otra vez un crucifijo metálico que, según ella, iba a traerme toda la felicidad del mundo.  “Porque usted tiene cara de ser creyente, ¿verdad?”  Sí, por supuesto que soy creyente, señora”.  Caroline… tan linda, con su porte altivo, sus muslos amplios y acogedores –ligueros azules–, sus ojos celestes, su nariz de cariátide… autoexiliada en aquel averno.  Pero así lo había querido ella.  Ya a los veintiséis años –su edad– uno sabe lo que está haciendo.

Al día siguiente me encontré una rosa roja recostada a mi puerta.  Más tarde vino a visitarme.  Se sentó y cruzó las piernas.  Cada vez que una mujer hace ese gesto su pubis se acurruca, se estrecha, se calienta más entre sus muslos, y es cuestión de imaginarlo, de sentirlo.

Yo estaba desgreñado, en un piyama azul manchado de yogurt, medias de diferentes colores, huecos por todas partes, botones perdidos.  En un momento dado le puse la mano sobre la rodilla.  No fue un gesto de espadachín ni de vejete lascivo, no.  La rodilla estaba ahí, eso es todo.  No sé cómo explicarlo.  Bajo su liguero azul.  ¡Era tan perfecta, tan hermosamente esculpida, tal modelo de salud, y mis malditas rodillas, grotescas y deformadas: tenía que sentirla, por lo menos, bajo mi mano, constatarla, y reconocer el nacimiento del muslo!  Caliente y tersa, su piel.  Sin el menor enojo, pero prestamente, se bajó la falda.  Y bueno, esas señales son inequívocas.  Pero yo, de todas maneras, no hubiera hecho nada, absolutamente nada, lo juro por mis manos: no era una caricia, ella me había puesto esa rodilla à portée de la main, se había sentado demasiado cerca de mí, quizás buscaba más bien un abrazo.  Eso debía ser: sí.  Tenía una forma inolvidable de decir “oui”, Caroline: era aspirado, una inhalación, como si al pronunciarlo se quedara siempre sin aliento.  Cosas que no se olvidan, no sé por qué.

Imágenes de Addict man smoking weed libres de derechos | DepositPhotos

Antes de irse me dejó un poemario de su propia composición: Recueuil d´amour désenchanté.  No sé qué ha sido de ella.  Varias veces la he ido a buscar al apartamento avernático.  Me dicen que atraviesa una profunda depresión.  No sé si la veré nunca más.  Se cruzó en mi vida por cuestión de un par de días.  Cosas de los ascensores, de órbitas que se encuentran una vez y luego siguen sus trayectorias, hasta perderse de vista en el infinito.

Sospecho que su libro nunca va a ser publicado.  Peor aún: ni siquiera sé si vive.  El estilo de vida que llevaba puede bien haberla aniquilado.  Su familia era de Dijon.  Alguna vez la llamé por teléfono, y me contestó su padre.  Voz agria y cortante como una guillotina:  “Usted va ahora a colgar el auricular y olvidar para siempre este número: ¿me entendió?”  Colgué sin balbucir palabra: comprendí que algo terrible había acontecido en aquella casa.

Suele suceder a media noche.  Sus alaridos me taladran el alma.  Los enfermeros bajan una vez más a Caroline Pivert, la bella muchacha drogadicta, mi vecina del piso veintisiete.  Delirium tremens. La falta del hashish –dice ella, pero a buen seguro aquí estamos hablando de otras drogas–.  Amarrada a la camilla por gruesas correas.  Aprieto el botón para que el ascensor se detenga en mi nivel.  Y entro.

¡Ah, Gracias a Dios, Jacques: dile a estos señores que yo no he hecho nada malo… tú me conoces : diles que de vez en cuando consumo un poco de droga, eso es todo… !  Tú puedes socorrerme, ¿no es cierto?

“No, mi pequeña Caroline, no hay nada que pueda hacer por ti”.

“¿Vas a decirme que tú también eres un miserable, como estos tipos que me están raptando de mi casa?”

“Sí, mi linda, sí, mi dulce Caroline, quizás soy tan malo como ellos”.

Luego me vuelvo hacia los enfermeros:

“Ustedes podrían por lo menos aliviar un poco su dolor: estas correas laceran la piel”.

“Señor : ¿tiene usted algún tipo de vínculo familiar con la señorita?”

“Ninguno, es tan solo una amiga: vivimos en el mismo edificio”.

“Entonces debemos pedirle que se retire”.

“Pero es que… es que la están maltratando: mírenle los bracitos: ya tienen moretones…”

 Y ella grita más fuerte que nunca, y me insulta, y me acusa de traidor.  Y el elevador se la lleva.  Me la quita.  Y yo me siento más impotente que nunca.  Fumar droga no es ciertamente un delito, pero sabrá Dios que incidentes habrá protagonizado con sus vecinos.  Tan bella.  Perturbadoramente bella, con su piel alabastrina y su voz de sirena.  Carita cincelada, como de niña.  Una vez me dejó una rosa roja en mi puerta.  “Madame Bistouri”, la loca de Baudelaire que regalaba flores a la entrada de la Ópera.  Y los gritos se van alejando.  La camilla se hunde en las profundidades del ascensor, y sus gritos naufragan por debajo del décimo piso.  Apenas un eco distante, sfumato…  Y mi impotencia, mi impotencia infinita.  Y mi culpa, mi culpa infinita.  Y mi dolor, mi dolor infinito…

 

 

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