«Libre es, pues, la Universidad de Costa Rica; abierta a todas las tendencias; receptiva de todas las inquietudes filosóficas, científicas o sociales»
(Rodrigo Facio Brenes, 1917-1961)
Adriana Núñez, periodista Visión CR
Pese a los embates que ha sufrido especialmente en el último quinquenio, la Universidad de Costa Rica (UCR) que se fundó en 1940, es la mejor de América Central y el Caribe, mientras que en el ámbito mundial, justo este 2026, ascendió al puesto 463 en la prestigiosa “QS World University Rankings” una de las clasificaciones de instituciones educativas más reconocidas e influyentes del planeta.

La UCR, institución Benemérita que abrió sus puertas el 7 de marzo de 1941 con 719 estudiantes matriculados y tan solo 3 carreras: Derecho y Notariado, Medicina e Ingeniería, posee actualmente una población estudiantil que ronda los 44.000 alumnos de pregrado, grado y posgrado distribuidos en más de 160 carreras académicas. Alrededor del 70% de dichos universitarios proviene de colegios públicos.
Del total del alumnado que acude a la sede central en la Ciudad Universitaria Rodrigo Facio en San Pedro de Montes de Oca, cerca del 54 por ciento recibe una beca socioeconómica, mientras que en las sedes regionales la cobertura es aún mayor, pues alcanza porcentajes que oscilan entre el 78 y el 92 % de estudiantes beneficiados por tan valioso apoyo.
Muestra de ello es que, según el Informe Estado de la Educación, aproximadamente “el 62 % de cada cohorte de nuevo ingreso logra obtener un título universitario”. Y a diferencia de otras instituciones del país, este centro de enseñanza superior no ha perdido la excelencia.
En San José, la UCR cuenta con un área de construcción de aproximadamente 200.000 m² entre todas sus edificaciones y con el fin de extender y democratizar la educación, también posee seis sedes regionales y varios recintos universitarios distribuidos fuera del área metropolitana.

Aunque dispone de una densa infraestructura, un 50 o 60% de ese territorio de 77.5 hectáreas ubicado en San Pedro, lo constituyen áreas verdes o espacios abiertos, pues especialmente en su sede central, hay parques internos, jardines, zonas deportivas, fragmentos de bosque secundario y ripario -es decir, bosque de ribera- que funcionan como un valioso pulmón urbano en el Valle Central.
A lo largo de su existencia, a través del trabajo de docentes y estudiantes, la Universidad de Costa Rica ha recibido innumerables premios, sobre todo en distintas áreas de la ciencia, el arte y la cultura.
Al hablar de la UCR algunos de manera oportunista solo citan aspectos negativos, administrativos y económicos, que obviamente se pueden mejorar mediante propuestas positivas puntuales. Sin embargo, si se ponen en la balanza los aportes de la Universidad de Costa Rica al crecimiento social, económico y humano del país, está clarísimo que ha cumplido -y sigue alcanzando con creces- la misión de “cultivar las ciencias, las letras y las bellas artes, preparando profesionales y contribuyendo a las transformaciones que la sociedad necesita, para lograr el bien común, la justicia social, la equidad, el desarrollo integral y la libertad plena”.
Los datos hablan por sí solos. Pero no sólo las estadísticas, estudios y sondeos contribuyen a la defensa de la Universidad de Costa Rica. También lo hacen la mágica energía que emana de su entorno, los rincones naturales donde el aire circula fresco y húmedo, como los miles de besos que allí quedan estampados; las notas de las guitarras, tambores y caracoles que siguen resonando en sus sombreados pasillos; los lazos de amistad que se fraguan entre seres humanos de distinto origen, raza o credo y esa atmósfera invisible -pero perceptible- de pureza, ética y libertad que a todos quienes allí estudiamos, nos transformó el alma.

A pesar de los 85 años transcurridos desde la apertura de sus puertas, la UCR se conserva lozana, enérgica, solidaria y sobre todo, misteriosamente bella. Comparada con antiguas universidades europeas o sudamericanas, parece una jovencita dinámica y risueña.
Y sin duda alguna, para muchos de quienes acudimos a sus aulas -lúcidos o confusos, frágiles o envalentonados- sigue siendo el escenario subyugante en el que aprendimos a bailar con la vida.
“Sin saberlo, el hombre compone su vida de acuerdo a las leyes de la belleza, aún en momentos de la más profunda desesperación”. (Milan Kundera, 1929-2023, escritor de novelas y cuentos, dramaturgo, ensayista y poeta checo.)