Mario Granados Chacón, investigador académico y profesor universitario.

Cómo las corrientes populistas y las redes digitales erosionan la democracia contemporánea
La democracia contemporánea se encuentra inmersa en una de las crisis más profundas desde el final de la Segunda Guerra Mundial (1945).
En dicha perspectiva, el ascenso de movimientos populistas de derecha extrema, la creciente polarización social y el debilitamiento de las instituciones democráticas revelan un cambio político y cultural de características importantes.

Sin embargo, esta transformación no puede comprenderse – únicamente – desde una visión de la economía o bien, desde la crisis de los partidos tradicionales. Existe un factor decisivo que se hizo presente en el nuevo escenario global: el poder de las redes digitales.
Las plataformas digitales modificaron radicalmente la forma en que las sociedades producen información, construyendo identidad política y ejerciendo poder determinante.
Redes como Meta, X, TikTok y YouTube dejaron de ser simples espacios de interacción social, para convertirse en escenarios centrales de disputa política e ideológica.

El problema fundamental se encuentra en la lógica de sus algoritmos. Estas plataformas privilegian los contenidos capaces de generar mayor atención e interacción. La indignación, el miedo y la confrontación producen más tráfico que la reflexión o el análisis racional. Como consecuencia, los discursos agresivos, simplificados y emocionalmente intensos adquieren enorme capacidad de difusión.
Las fuerzas populistas comprendieron rápidamente esta dinámica. En tal dirección, sus narrativas suelen construirse sobre simples oposiciones de carácter populista: pueblo contra élites, nación contra enemigos internos, orden contra caos. En un ecosistema dominado por la velocidad y la emocionalidad, este tipo de mensajes resulta particularmente eficaz. La política deja entonces de organizarse alrededor de argumentos complejos y se transforma en una competencia por captar emociones.

Liderazgos como los de Donald Trump en Estados Unidos o anteriormente, Jair Bolsonaro en Brasil, han demostrado cómo las redes sociales pueden convertirse en herramientas de movilización masiva, debilitando simultáneamente a los medios tradicionales, a los partidos políticos y a las instituciones democráticas. El liderazgo político se vuelve cada vez más personalista, emocional y confrontativo.

El fenómeno va más allá de la comunicación política. Las redes digitales también favorecen la expansión de la desinformación y de las teorías conspirativas. La velocidad de circulación de contenidos dificulta distinguir entre información verificable y manipulación emocional. Poco a poco, las sociedades pierden referencias comunes de verdad y aumentan la desconfianza hacia las instituciones democráticas y hasta los poderes estatales se convierten en objetivos políticos.
El filósofo francés Edgar Morin advirtió que las sociedades contemporáneas enfrentan una crisis de la complejidad. La hiper fragmentación de la información dificulta comprender los problemas en toda su profundidad. La cultura digital intensifica esta fragmentación mediante mensajes breves, consumo instantáneo y sobrecarga informativa. Como consecuencia, en lugar de ciudadanos reflexivos, emergen consumidores permanentes de estímulos emocionales.
En este escenario, el autoritarismo contemporáneo ya no necesita destruir abiertamente la democracia. Se ha demostrado a si mismo que puede erosionarla gradualmente desde dentro. Mantiene elecciones y discursos democráticos mientras debilita la deliberación racional, desacredita instituciones y polariza a la sociedad hoy sí y mañana también..

En nuestro país existen hoy – sostenidamente – señales preocupantes: creciente polarización política, debilitamiento de los partidos tradicionales y expansión de discursos agresivos en redes sociales y a través de las altas autoridades del Poder Ejecutivo. Y de esta manera, aunque la institucionalidad democrática costarricense conserva fortaleza histórica, el impacto de la cultura digital ya modifica profundamente la comunicación política y la relación entre ciudadanía y poder.
La gran contradicción de nuestra época resulta incuestionable: las tecnologías que prometían democratizar la información terminaron facilitando nuevas formas de manipulación colectiva. Nunca antes existió tanta capacidad de comunicación global, aunque – igualmente -nunca antes la verdad pública había sido tan vulnerable.
Entonces, la lógica algorítmica favorece la indignación antes que la reflexión; la viralidad antes que la veracidad; la reacción inmediata antes que el análisis reposado. En este entorno, el ciudadano deja – progresivamente – de actuar como sujeto crítico ,al convertirse en consumidor permanente de estímulos digitales.

Defender la democracia en el siglo XXI exige comprender críticamente el poder político de los algoritmos. La lucha contemporánea no ocurre únicamente en elecciones o instituciones. También se desarrolla – y de qué manera – en plataformas digitales capaces de moldear emociones, percepciones y comportamientos sociales.
La disputa central de nuestro tiempo no es solo ideológica. La columna va por otra parte: es una disputa por el control de la conciencia colectiva en la era digital.

La democracia del siglo XXI no morirá por falta de votos, sino por la pérdida del pensamiento crítico. Entendamos en este momento que la mayor amenaza de nuestro tiempo no es precisamente la inteligencia artificial, sino – más bien –la renuncia de los seres humanos a pensar por si mismos. Las luchas no serán por territorios, el campo de batalla será la mente humana.
Felicito a Mario Granados por su excelente artículo. Aquí el tema es; ante este panorama qué pueden hacer los demócratas?