Jacques Sagot, revista Visión CR.

“La voluntad del pueblo alemán es la voluntad del Führer. Debemos encendernos en el fuego de ese resplandeciente meteoro llamado Adolf Hitler. A nuestro amado, inquebrantable Führer, tres veces: ¡Sieg Heil!”
No, mi perplejo lector, no es Goebbels, ni Hess, ni el inimaginable Mengele quien escribió lo que precede. Es el filósofo más grande del siglo XX: Martín Heidegger.
Los errores de un gigante suelen ser gigantescos. Y don Martín agravó además su colosal gazapo negándose hasta el fin de sus días a reconocerlo.

Cierto que en 1934 renunció a la rectoría de la Universidad de Freiburg –que con sus arengas se había transformado en tarima propagandística nazi–, cierto que al comparecer en 1945 ante un tribunal internacional admitió el fracaso de su gestión como rector y justificó su filiación política como “el producto de una coyuntura profesional”. Pero el hecho es que nunca abjuró del nacional socialismo, y aún después de conocer el horror de los programas de exterminio se guardó bien de pronunciarse al respecto.
Muy por el contrario, nuestro ilustre cavilador optó por acogerse al amnésico silencio que caracteriza la era de Adenauer, primer canciller de la República Federal de Alemania.
Desde entonces sus palabras -y más aún su silencio- han sido vueltos al revés y al derecho, defendidos e impugnados por figuras de la talla de Jaspers, Habermas y Farias.
¿Y cómo no? Después de todo, no es de cualquier pelele de quien hablamos. ¿Es que los hombres de genio no tienen derecho a equivocarse? Sin duda, pero la humanidad tiene también el derecho de cobrarles el error en la onerosa divisa que cabe exigirle al genio. Que se equivoque un navegante cualquiera, pase, ¡pero no que se equivoque el faro en medio del océano, la torre de control, el director de orquesta de cuya batuta estábamos todos pendientes!

Y cuando el filósofo nos falla –¡y más aún, el filósofo del siglo!– la sensación de orfandad que nos embarga es desoladora. No es un hombre: es la sabiduría, el pensamiento, la razón misma que pareciera entonces desertamos. Nos sentimos defraudados, abandonados y –peor aún– traicionados.
¡Qué responsabilidad terrible la del filósofo! ¡Qué cosa tan peligrosa, la palabra! ¡Qué explosivo tan volátil el pensamiento! Dictar cátedra con voz engolada y cigarro en mano desde un cafetín universitario es una cosa. Mandar a un millón de personas a inmolarse en los campos de batalla por una idea –por prestigiosa que esta parezca– es otra. (“La guerra es un supremo mandato espiritual del pueblo alemán” –escribió Heidegger en 1934).
Sí, sí, ya lo sé: el Everest, aún con una esvástica en el flanco, sigue siendo el Everest. Concedido. ¡Pero el Everest también tiene sus abismos, sus avalanchas, sus grietas camufladas como cepos mortales bajo el resplandeciente sudario de la nieve! Que sus nefastas militancias no le quitan a Heidegger un ápice de vigencia filosófica es algo que vienen a corroborar Sartre (un marxista) y Derrida (un judío) –pensadores políticamente incompatibles con el autor de Ser y Tiempo–, ambos por igual tributarios de su monumental aporte filosófico. El problema es el precio humano que tarde o temprano viene a reclamar toda palabra irresponsable, toda instigación fanática y demagógica.

La palabra debe ser manipulada con guantes de seda: el hombre no ha inventado un arma tan temible como ella. Que lo piense dos veces antes de esgrimirla todo aquel que no sepa ejercer –como diría Emilia Macaya– “el responsable ejercicio de la lucidez”. La responsabilidad recaerá sobre nosotros en medida estrictamente proporcional a nuestro grado de lucidez: el error del noveno violín podrá quizás no descalabrar a la orquesta, pero la pifia del director acarrea indefectiblemente la debacle. ¿Por qué es mayor su responsabilidad? Porque a diferencia del músico de fila, el director tiene ante sí el panorama global de la partitura: porque es el agente hiperlúcido de la interpretación, la conciencia misma de la música.
El privilegio de la palabra aunado al lujo de la irresponsabilidad: he ahí la definición misma del bufón, ese personaje tan común en las cortes europeas del Renacimiento. Era él quien se reía de medio mundo –en cuenta de su propio monarca– y se daba el tupé de hablar de lo que le diera la gana, sin por ello ofender a nadie. Su enigmático galimatías representaba, como lo señala Foucault, “la institucionalización de la palabra del loco” (Histoire de la folie à l´âge classique). ¿En qué se diferencian el discurso del bufón y el del filósofo? En que la del bufón es una verdad irresponsable, mientras que la del filósofo es una verdad parida con cesárea del espíritu, un acto de responsabilidad suprema. En el discurso del filósofo no hay lugar para los retruécanos y las tergiversaciones del bufón, y si esto sucede, es la humanidad entera la que enloquece con él.

Responsabilidad, responsabilidad, responsabilidad: los tres grandes requisitos de todo filósofo. ¿No es acaso lo que pareciera evocar el Pensador de Rodin, donde la intensidad del pensamiento se transforma en crispación del músculo, en severidad de la expresión, en actitud de sublime, profunda introspección?
¿No es cierto también, don Martín, que cien volúmenes de filosofía no valían lo que una sola de las vidas segadas en aras de un pensamiento contaminado de fanatismo y engendrado en la ceguera y la embriaguez del poder?
Pero cuando el mundo le hizo al gran filósofo la pregunta, solo el tintineo del gorro de cascabeles y la atroz risotada de la locura rompieron el silencio de la noche.