César G. Fernández Rojas, educador jubilado.
“La puerta de entrada a la sabiduría es el asombro”.
El Zen es, en esencia, una invitación al despertar. No a un despertar teórico, sino a un despertar vital: a ver el mundo tal como es, sin filtros, sin prejuicios, con ojos nuevos. Y esa mirada inocente, limpia, curiosa… es el asombro.
“Cuando los antiguos sabios zen decían que el asombro era la entrada a la sabiduría, estaban señalando una profunda verdad: el conocimiento no comienza con respuestas, sino con preguntas. Y las preguntas más valiosas nacen cuando algo dentro de ti se detiene, se sorprende y se maravilla.

Asombrarse es el gesto del niño que ve una luciérnaga por primera vez, del anciano que contempla una puesta de sol como si fuera la última, del escritor que escucha el murmullo del viento y sabe que ese sonido también es parte del universo.
Quien ha perdido la capacidad de asombrarse, ha cerrado la puerta al verdadero conocimiento. porqueel orgullo del saber puede endurecer el alma. En cambio, el asombro la suaviza. Nos recuerda que, aunque conozcamos las leyes de la física, todavía hay magia en el vuelo de un colibrí. Aunque sepamos cómo se forma una estrella, sigue habiendo misterio en el cielo nocturno. El sabio no es el que lo sabe todo, sino el que reconoce que lo que no sabe es inmenso, y que eso es hermoso”.(Cfr. La puerta de entrada a la sabiduría es el asombro. Facebook. https://www.facebook.com › groups › post).
El cultivo del asombro interior explora los paisajes internos de la mente y el alma con curiosidad e intensa capacidad de maravillarse ante la vida, frente a lo cotidiano y lo trascendente, permitiendo que el asombro se integre a una conciencia más profunda y significativa.

A mi edad he descubierto la belleza de la realidad, de lo que se pierde si no se abren los recuerdos del pasado y, al mismo tiempo, de admirar las experiencias derelieves invisibles de cada día. Frecuentemente, hago el ejercicio de recordar momentos inolvidables de mi vida, sobre todo los pequeños detalles que se encuentran en el subconciente.
En esa vasta área oculta de la mente donde se alojan recuerdos, emociones, deseos, sentimientos y experiencias que no están presentes en el pensamiento consciente de forma inmediata. Al utilizar la metáfora del iceberg, la parte visible simboliza nuestras ideas y percepciones conscientes, sin embargo, la mayor parte del iceberg—sumergida y oculta—representa el contenido del subconsciente que influye en nuestras acciones y reacciones de modos sutiles.
El asombro tiene un valor singular en nuestra experiencia cotidiana; hay ocasiones de sencillos contactos entre amigos: una llamada espontánea que reafirma lazos de amistad, encierra la magia de sentirnos parte de una red de afectos y solidaridad, invade nuestra vida de bienestar.
Esas interacciones informales son refugio espiritual, el simple contacto telefónico materializa la empatía más viva y sustancial. Mas, también, conversar frente a su casa con personas que apenas conoce pero que cotidianamente forman parte de su entorno, permite en esos pequeños intercambios, cultivar un espacio en el que la comunicación se transforma en un acto de apertura y amabilidad, donde cada palabra o gesto se carga de intención y de buena voluntad al compartir un instante de coexistencia.

El cultivo del asombro interior crea puentes y no barreras, en la construcción de las relaciones habituales. Frente a estos simples contactos se comprende cómo la sensibilidad de percibir a otros en su trajinar va transformando nuestra percepción del mundo: en la brevedad de unas palabras se esconde la profundidad de un renacer silencioso, eco interior de motivación para la superación personal, cimiento, venero de un florecimiento interior.
Esos instantes permiten estar presente en la vida de otras personas. Es lo valioso de los afectos que damos y recibimos en esos momentos espontáneos y esporádicos; un gesto cordial, una palabra amable fomenta un ambiente de reciprocidad y confianza que se entrelazan con amabilidad y mesura.
Un gesto grato, una sonrisa acogedora puede ser el camino con el cual abrimos paso a nuevas formas de comprender e interpretar nuestro entorno. El reflejo de una amabilidad serena, revela al milagro que se esconde en lo aparentemente ordinario. A veces, de un instante cotidiano fluye, como manantial subterráneo, el destello de lo íntimo de un gesto de bondad.
La amabilidad puede ser el fulgor de un acto de humanidad, al poder, incluso, cambiar un destino: en cuántas ocasiones nos habrá ocurrido que pasa alguien librando una batalla personal de la que no sabes nada, y unas palabras cordiales y un gesto afable hacen que el asombro interior de esa persona pueda cambiar, de pronto, su comportamiento, para bien.

Cada día, por la mañana, cuando el alba se desliza en el umbral de la quietud, converso con mi sobrino que va presuroso al liceo: siempre lo aliento con palabras que avivan la brisa de la superación; su pequeña hermana irradia luz, ternura y amor cuando va acompañada para la escuela.
Los empleados de una empresa farmacéutica cercana se detienen brevemente a conversar con amabilidad; el guarda de un almacén disfruta de intercambiar palabras que provocan risa, con situaciones de la vida cotidiana que relata con una chispa de sano humor.
Por lo general, converso con mi vecino; se trata de momentos donde el diálogo se transforma en espacios, donde cada palabra y cada silencio cuentan una historia compartida; alternamos anécdotas, visiones de la vida que enriquecen nuestra amistad; es un breviario de nuestras propias historias y aprendizajes.
A veces se integran otros vecinos que en su caminar propician un diálogo donde el afecto y la empatía son las verdaderas protagonistas. Así, cada intercambio no solo alimenta la mente, sino que nutre el alma, convirtiendo cada conversación en una experiencia transformadora.
La naturaleza me produce el asombro interior por el bello lienzo del cielo al amanecer, evoca una sensibilidad renacida de matices suaves que pintan el firmamento, con el trasfondo del lucero de la mañana, y mi alma comparte un instante de comunión con la belleza de la Creación. ¡Gracias Señor por los días de mi vida!

Ese espacio tiempo es lenguaje sin palabras que comunica esperanza: una revelación de servir a quienes necesitan transformar sombras en claridad y de mirarlos a los ojos con el alba del alma, destello que ilumina los días grises para que cada amanecer lleve consigo la posibilidad de una vida mejor.
El poema de matices multicolores difuminados al atardecer, en la transición visual del día que se revela en su última paleta antes de abrazar la noche. Cuando el día ya no es día Y la noche aún no llega, -perfiles desdibujados, cielo azul de luces trémulas-, por las rutas del ensueño van rodando las carretas.(Julián Marchena).
Cada tono, cada pincelada de luz y sombra, habla de la fluidez del tiempo, de la belleza efímera que, aunque se extingue, deja su huella en el susurro de la jornada que se despide con suavidad, reflejo de los sueños que toman forma en la penumbra. Es una invitación a la contemplación, al entendimiento de que incluso la despedida puede estar teñida de esplendor y evocación.
Y esa es también la invitación a la despedida de esos amigos fugaces porque, así como el sol se desvanece sobre el horizonte, también cada persona lleva en su interior la posibilidad de abreviar su vida con una oración y evocar el día con actos de amor y recordación.
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La inmersión en la música también nos distingue en el asombro interior, con las melodías que nos vieron crecer, a través de una travesía sensorial, narrativa y sonora que nos transporta a un pasado con historia, que nos recuerda quiénes fuimos, y que continúa esculpiendo la persona que somos hoy.
Cuando escucho las viejas melodías, cada nota que resuena con la nostalgia de otros tiempos, cada acorde encierra un fragmento del tiempo: desde la inocencia de nuestras primeras canciones hasta la intensidad de aquellos ritmos que marcaron momentos de descubrimiento y rebeldía. La música se convierte en la compañera constante que recuerda las victorias, las caídas y los instantes de cómo se construyó nuestra vida.
Somos el eco de nuestros propios pasos, resonando para la eternidad. Somos cada melodía que actúa como un ancla en nuestro viaje espiritual, evocando recuerdos que, en su simplicidad, albergan profundas emociones, relaciones sociales, sueños y afectos que actúan como pilares invisibles que sostienen nuestro caminar.
En la fusión de sonidos, letras y ritmos que en su momento fueron el pulso de nuestras vivencias, perduran ecos que aún vibran en el alma, que continúan inspirándonos, recordando que cada etapa de la vida tiene su propio compás, su propia melodía. Esta diversidad musical es el reflejo de la complejidad de las experiencias humanas, donde cada tono guarda en sí la huella de unos instantes irrepetibles.
Es el anhelo profundo por trascender nuestras limitaciones al desatar suavemente el alma del cuerpo, para recordar musicalmente que somos más allá del tiempo un espacio en la sabiduría universal, porque lo visible, lo manifiesto es apenas el umbral de una vastedad que aún no toma forma plena.

El asombro interior también escruta la memoria de eventos pasados llenos de ternura, reencuentros de tantas huellas que fueron tejiendo nuestra historia y que permanecen vivos en el alma, guiando el presente con su suavidad y calidez.
Cada recuerdo sensible y espiritual es una semilla de gratitud, un refugio donde el corazón encuentra descanso y fortaleza. Es recordar la mirada de un ser querido, la risa compartida de un día cualquiera del ayer, el gesto entrañable que nos hizo sentir amados, comprendidos, perdonados.
Tus miradas, tus palabras de ayer son el destino que guían el rumbo de mi vida de hoy.Pero más allá de la nostalgia, recordar con ternura es un acto de renovación: cada memoria acariciada invita a llevar esa misma dulzura al presente, a seguir construyendo momentos dignos de ser atesorados. La ternura que un día recibimos nos llama a ser fuente de ternura en el ahora.
Cuando el asombro genuino toca el corazón, la ética surge como un acto natural: el respeto a la dignidad dela otra persona, el reconocimiento de nuestra interdependencia, la certeza de que cada gesto de bondad enriquece no solo a quien lo recibe, sino también a quien lo da. Este asombro ético puede ser el fulgor que encienda vocaciones de justicia, empatía, servicio y compasión.
El asombro interior es una puerta hacia la espiritualidad, una forma de unirse con lo trascendente por medio de la admiración y la contemplación. Es abrirse con reverencia a la vastedad del misterio que habita en nuestro espíritu; alabandonar la prisa del día a día, se revela la verdad de cada latido, de cada aliento, que lleva en sí la esencia de lo divino, luz que ilumina lo cotidiano con la promesa de lo eterno.
En ese encuentro con el presente, el ser aprende que cada palabra y cada silencio cuentan su propia historia. La mente se aquieta y el espíritu se expande, dando cabida a una profunda conexión con la naturaleza y el universo. Es en este espacio de silencio consciente donde florece el asombro, regalo que impulsa a vivir con fe, esperanza y gratitud.

Al meditar consigo mismo se manifiesta un universo de múltiples realidades, en donde cada vivencia, cada interacción y cada sentimiento abre portales a realidades superpuestas, donde lo tangible se funde con lo simbólico, y lo personal con lo general. Así, la existencia se torna un escenario en el que el tiempo, el espacio y la conciencia se reinventan constantemente, ofreciendo infinitas posibilidades de interpretación y descubrimiento.
Esta práctica cotidiana no solo invita a contemplar la belleza exterior, sino a redescubrir la magnificencia interna. Es el compromiso de escuchar el murmullo sutil de nuestra existencia, aprender de cada experiencia y transformarla en una lección de amor y sabiduría. El asombro se convierte entonces en un puente sagrado que une la experiencia humana con la presencia eterna de lo trascendental.
El Dr. Juan Luis Fuentes expone: “Las personas autorrealizadas tienenla maravillosa capacidad de apreciar unay otra vez, con frescura e ingenuidad, los bienes fundamentales de la vida, con emoción, placer, asombro e incluso éxtasis […]. Así, para tal persona cualquier puesta de sol puede ser tan hermosa como la primera, cualquier flor puede tener un encanto arrebatador, aun después de haber contemplado un millón de flores. El bebé número mil puede parecer algo tan milagroso como el primer bebé. Un hombre puede seguir tan encantado con su matrimonio treinta añosdespués de casarse y maravillarle la belleza de su esposa a los 60 años igual que cuando tenía 20. Para tales personas, incluso un día normal de trabajo, el vivir cotidiano, puede ser emocionante y estar lleno de ilusión.

Establece una estrecha conexión entre el asombro y la adquisición de sabiduría. Propone que cultivar el asombro abre la puerta a actitudes fundamentales como la humildad, la gratitud y la contemplación, permitiendo una apreciación más profunda del valor intrínseco de lo observado. Así, la emoción se convierte en un catalizador para el pensamiento crítico y la reflexión personal.”(Cfr. Dr. Juan Luis Fuentes. El asombro: una emoción para el acceso a la sabiduría.Revista Española de Pedagogía.https://www.revistadepedagogia.org › view content).
EL BARQUERO INCULTO (Un cuento clásico de la India).
Se trataba de un joven erudito, arrogante y engreído. Para cruzar un caudaloso río de una a otra orilla tomó una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:
–Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?
–No, señor -repuso el barquero.
–Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida.
Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero:

–Dime, barquero, ¿has estudiado botánica?
–No, señor, no sé nada de plantas.
–Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida -comentó el petulante joven.
El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:
–Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas.
¿Sabes, por cierto, algo de la naturaleza del agua?
–No, señor, nada sé al respecto.
No sé nada de estas aguas ni de otras.
–¡Oh, amigo! -exclamó el joven-. De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.
Súbitamente, la barca comenzó a hacer agua. No había forma de achicar tanta agua y la barca comenzó a hundirse. El barquero preguntó al joven:
–Señor, ¿sabes nadar?

–No -repuso el joven.
–Pues me temo, señor, que has perdido toda tu vida.
*El Maestro dice: No es a través del intelecto como se alcanza el Ser: el pensamiento no puede comprender al pensador y el conocimiento erudito no tiene nada que ver con la Sabiduría*(Cfr. Ramiro Calle, recopilador. 101 cuentos clásicos de la India. La tradición de un legado espiritual. El barquero inculto. Biblioteca Nueva Era. Rosario, Argentina.WordPress.com.https://menteytoc.files.wordpress.com › 2015/12).