La sanación por la música

La sanación por la música

Jacques Sagot, Revista Visión CR.

La música es la más grande aliada de la vida.  Una compañera leal, que nunca nos abandonará.  Escuchar música en medio del sufrimiento físico es bueno: la música le impone al dolor un ritmo que va a contrapelo de sus periódicos ramalazos.  Los accesos comienzan a hacerse más distantes entre sí y más irregulares.  La música los trastorna.  Los grandes clímax musicales sobrepujan los paroxismos del dolor.  Y los pasajes serenos apaciguan las sensaciones ingratas.  De pronto, y como por ensalmo, el dolor ha desaparecido.  Queda únicamente la fragilidad general del cuerpo, su extenuación, y ese sentimiento –el más bello del mundo– que llamamos “alivio”.  Cualquier gran música: no tiene que ser Mozart, como algunos creen: igual pueden ser Bach, Beethoven, Schumann, Bartók, Prokofiev.

Euterpe, la musa de la Música - Biblioteca de Nueva Acrópolis

En Monsieur Teste, Valéry sostiene: “El dolor es cosa muy musical, podemos casi hablar de él en términos de música.  Hay dolores graves y agudos, andantes y furiosos, notas prolongadas, notas pedal, arpegios, progresiones, bruscos silencios…”  Soy un hombre de salud precaria, y ello por mil razones.  Mi cuerpo ha sido asediado desde la infancia por todos los frentes imaginables.  He conocido el dolor paroxístico muchas veces.  Y la música ha sido mi más preciada amiga.  Más que cualquier fármaco que jamás me haya sido prescrito.  ¿Hay algo que la música no sane o siquiera alivie?  No es hiperbólico o figurativo afirmar que la música ha salvado mi vida.  Tal es mi testimonio.  Tiene la única virtud de ser sincero, y provenir del corazón.

Y a él, añado el de alguien sin duda más calificado, la filósofa Claire Marin: “La música es una experiencia privilegiada, porque parte del cuerpo y porque puede ser tan invasora como el dolor físico –constituyéndose por ende en un poderoso contrapeso–.  Dentro de una lógica en la que el cuerpo es visto como un traidor, y siendo la música la sensación más desencarnada, uno procura eludir (“contourner”) el cuerpo sin que él se dé cuenta.  Además, con la música tenemos la posibilidad de hacer variar las intensidades y de crear las correspondencias con la intensidad que el dolor imprime.  El dolor es musical: tiene una tonalidad, un ritmo, con refranes insoportablemente recurrentes, momentos de apaciguamiento y de sobresalto.  En la música hay una violencia escogida, amaestrada, de la cual se puede disfrutar, y que responde a la violencia impuesta e insostenible del sufrimiento físico.  En el hospital le dan a uno una reglita con un cursor para indicar la intensidad del dolor.  Uno desplaza el cursor de la misma manera en que uno haría aumentar o disminuir el sonido.  Esta analogía entre los gestos materializa la relación entre música y dolor.  Pero, sobre todo, la música tiene el poder del éxtasis: le permite a uno salir de sí mismo y de su cuerpo adolorido, en un escape que libera al sujeto, en una des-posesión gozosa.  Embriaga, arranca al enfermo de su propio sufrimiento exaltándolo”.

Marin, Claire - Editorial Anagrama
Claire Marin.

Sí, el alivio y la divina sensación de la convalecencia, el dolor que retrocede y se pierde en lontananza como un enjambre de demonios (los abisales súcubos del poema Los Djinns, de Victor Hugo).  El cuerpo que se reencuentra a sí mismo y redescubre el gozo de ser, el gozo del vivir.  En uno de sus últimos, testamentarios cuartetos para cuerdas, Beethoven compone un movimiento lento –especie de plegaria en modo lidio– que subtitula: “Canto sagrado para dar gracias al Altísimo por la salud reencontrada”.  Y en las secciones más animadas de este por demás contemplativo adagio, escribe anotaciones como “voy recuperando la energía”, o “las fuerzas de la vida me ganan para sí”.  Es su penúltimo cuarteto.  La voz de un hombre que ya conversa con Dios, de un sordo capaz de escuchar el infinito, de un ser humano que nos habla desde un nivel de conciencia superior, desde una dimensión de la realidad nimbada por una luz tan pura, tan diáfana, que por poco diríamos que suena.  Óiganlo, y verán a lo que me refiero.  Es el Cuarteto número 15 en La menor, opus 132.  No es una oda a la salud, sino a ese inefable sentimiento que llamamos “convalecencia”: el dolor que se bate en retirada, y la indecible sensación de la vida que vuelve a posesionarse de nosotros.  El nuevo florecimiento del ser.

El mito de Orfeo y Eurídice

La música respira, tiene un ritmo sistólico y diastólico, un tempo de inhalación y de exhalación.  En ello mimetiza al cuerpo humano.  Se presenta como una sucesión de paroxismos y apaciguamientos.  Su isomorfismo con los ciclos del dolor es evidente.  La música nos trasciende, nos atraviesa, nos contiene y arrulla como una especie de líquido amniótico sonoro.  Siendo una actividad antonomásticamente humana, tengo para mí que no procede de nosotros, sino de una dimensión suprahumana.

El término musicoterapia, según La Federación Mundial de Musicoterapia, alude al uso de la música o sus elementos (color – sonido, ritmo, melodíaarmonía, dinámica) realizado por un musicoterapeuta calificado con un paciente o grupo, en un proceso creado para  promover la comunicación, las relaciones sociales, el aprendizaje, el movimiento, la expresión, la organización y otros objetivos terapéuticos relevantes.  Los efectos de esta terapia son de orden sensorial, cognitivo, motriz, social, emotivo y neuro-químico.  Tiene como fin desarrollar potencialidades o restaurar las funciones del individuo de manera tal que este pueda lograr una mejor integración intra o interpersonal y consecuentemente una mejor calidad de vida a través de la prevención, rehabilitación y tratamiento.  La investigación, la práctica, la educación y la instrucción clínica en la musicoterapia están basados en estándares profesionales según los contextos culturales, sociales y políticos.  Al día de hoy, la musicoterapia es abordada con absoluta seriedad por la comunidad médica mundial.  Vale por toda una farmacopea: opera como antidepresivo, ansiolítico, estimulante, relajante, regulador de los afectos, rehabilitador, sedativo, afrodisíaco y somnífero.  Tiene también un papel fundamental en las sesiones de yoga tradicional, yoga kundalini, meditación y ejercicios de respiración.

La música es estructura y orden.  Puede disciplinar ese caos, ese tremebundo desorden que es, por principio, todo dolor físico.  Orfeo desciende al Hades para rescatar a su amada Ifigenia, y en este periplo infernal domeña a las furias con la música de su arpa.  Es una maravillosa alegoría poética de la forma en que la melodía, la armonía y el ritmo pueden sedar y anular a los demonios que nos atormentan, sean de orden psíquico o somático.  Estos íncubos nos habitan, nos corroen, nos enfeudan y erosionan.  Son endógenos: como el caballo de Troya, están dentro de las murallas de nuestro ser íntimo.  Para vencerlos necesitamos esa pócima mágica que es la música.  Tal es su poder, que logrará incluso derrotar a los “no – yo” destructivos y parasitarios que nos tienen colonizados, nos ciegan a la realidad siempre poética de la vida, y se pretenden indoblegables.

Orfeo y Eurídice, mito griego de amor, resumen y explicado

Eso es la música.  Eso y mil cosas más.  Su rol puramente terapéutico, siendo importante, no es el más significativo.  La música es bella y benéfica porque en ella el ser humano proyecta, plasma, recrea y formula lo mejor de sí mismo.  No solo lo que es, sino –más significativamente– lo que querría ser.  Una ventana hacia el alma humana: sus cimas impolutas como sus más abyectas cloacas.  A la música debo el hecho de estar vivo.  Ha sido mi aliada en medio del dolor y la enfermedad.  Un bálsamo, un agente de alivio y sanación.  La más leal compañera.  La que jamás traiciona.  Mi esposa y mi religión.

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