Ferderico Paredes, analista agroambiental, RVCR.
Nuestras carreteras siguen siendo un triste escenario de muertes en el que se ven involucradas numerosas personas: choferes, pasajeros, acompañantes de conductores, niños, jóvenes, adultos y ancianos, motociclistas, ciclistas y peatones.

Tal rubro se ha convertido en un serio problema de salud pública, que en Costa Rica alcanza cifras alarmantes. Por ejemplo, solo en 2023, murieron por esta causa 517 personas. En lo que va de este 2025, ya se han dado 175 fallecimientos y más de 850 heridos.
No es para consolarnos, pero en el mundo mueren por año 1.3 millones de personas y se producen unos 50 millones de heridos, por esta fenomenología de muerte, de los cuales muchos terminan totalmente incapacitados.
Esta triste situación se ha convertido en la principal causa de decesos en una población que, como diría nuestro pueblo, se encuentra en “la flor de la vida”, es decir, entre los 5 y los 29 años.
Los estudiosos de este tema han determinado que, desde la invención del automóvil, han fallecido más de 50 millones de seres humanos en todo el mundo y han podido comparar esta cifra, con los muertos de la Primera Guerra Mundial, que fueron menos.

Los datos recabados por este triste factor de muerte señalan que los decesos en el pavimento producen pérdidas de entre el 2 y 5% del Producto Interno Bruto (PIB)/año. Y esto, definitivamente, incide de forma directa en los indicadores económicos del país.
Aunque la tecnología automotriz ha ido mejorando añocon año por medio de sistemas de frenado mucho más seguros, cinturones más ergonómicos, estructuras del chasis más fuertes y bolsas de aire de mayor resistencia, lo cierto es que nada de esto ayuda si el conductor es un total irresponsable y abusa de la velocidad o de sus capacidades visuales para hacer un temerario adelantamiento.
Por supuesto, la Madre Naturaleza muchas veces se confabula y la inconsistencia del suelo en las laderas o en la base en sí del pavimento, permite deslaves de tierra o rocas que, sin proponérselo, caen e impactan un automóvil o una motocicleta matando a uno o más integrantes.

Claro, también existen choferes intrépidos que subestiman la fuerza de un río que está crecido por las lluvias y terminan arrastrando al automotor, corriente abajo, exponiendo la vida de su o sus ocupantes. O aquellos otros que, en una carretera de dos carriles y manejando un gran furgón, osan adelantar a uno o más vehículos, por el carril contrario produciendo muchas veces, una verdadera desgracia. Esos no son irresponsables, son asesinos al volante.
Uno de los últimos accidentes de carretera se produjo el domingo 4 de agosto en la vía Costanera, cerca de la entrada de Villa Caletas, donde se vieron involucrados un bus y cinco vehículos livianos, provocando un muerto y varios heridos que tuvieron que ser trasladados al Hospital Monseñor Sanabria de Puntarenas.
Las autoridades no han dado las razones exactas de este percance mortal, pero cualquiera que haya sido la causa, lo primero que asoma es el dolor, el sufrimiento y la consternación por un evento que no debió de haberse producido.

No ha bastado que la Dirección General de Tránsito haya establecido, ya hace varias décadas, un examen obligatorio para aprender a conducir (teórico y práctico), ni que haya más inspectores en carretera para controlar este desenfreno vial.
Una de las advertenciasmás simpáticas que se han producido en los últimos añospara advertir a los conductores, es aquella que, colocada en Semana Santa, decía: “Jesús resucitó al tercer día, usted no. Maneje con precaución”. O aquella otra que en una clara advertencia contra los excesos de velocidad enseñaba: “Más vale perder un minuto en la vida, que la vida en un minuto”. Verdad irrefutable.
¿Y el saltarse los altos y los semáforos? Es de todos los días. Podríamos afirmar que en casi todas nuestras ciudades existen “esquinas mortales”, en que no se dé un accidente entre dos o más vehículos. De nada vale la luz del semáforo o una señal de alto bien colocada, para que conductores insensibles produzcan una desgracia que dolerá toda la vida.

No obstante que estas eventualidades mantienen bien ocupados a los integrantes de la Cruz Roja o del Cuerpo de Bomberos, deberíamos de pensar que sus esfuerzos se podrían emplear de mejor forma en otras situaciones, y no tanto en estos percances evitables.
Ya es hora de reforzar las advertencias, de subir el monto de las multas y de mejorar la construcción de las carreteras para empezar a bajar la curva de la mortalidad vial. De lo contrario, lo que haremos es mejorar el negocio de las funerarias y de los talleres de enderezado y pintura de vehículos en todo el país.