Jacques Sagot, Revista Visión CR.
“Los tigres del desierto” de la Selección de Argelia debutaron brillantemente en copas mundiales en España 1982. No puedo evocar este equipo sin que se me rompa el corazón. De indignación, de rabia sorda e impotente. Quienes los vieron jugar, y no anden con la memoria “de vacaciones”, posiblemente compartan mi sentir. Un equipazo. Ubicados en el difícil grupo II del torneo, junto a la Alemania de Rummenigge, Breitner (campeón mundial en 1974), Kaltz, Briegel, Littbarsky, Fischer, Stielike y un joven Matthäus (a la sazón, era el equipo campeón de Europa); la Austria de Krankl y Pezzei; y un descolorido Chile.

Argelia derrotó 2-1 a los alemanes, en su debut mundialista. Comenzó ganando 1-0. Empató Rummenigge… y luego, lo inconcebible: el balón volvió al centro, los argelinos hilvanaron una rauda jugada por la izquierda que involucró once pases, y le anotaron a los teutones el segundo, impecable gol, sin que estos pudiesen siquiera tocar la pelota. Un gol puro, limpio, perfecto. Jugadores como Madjer y Belloumi en sus filas.
Fue la primera vez en que un equipo africano doblegaba a un europeo en campeonatos mundiales, y sin duda, una de las grandes sorpresas en la historia de la justa. Aun el árbitro peruano del cotejo –cuentan los jugadores argelinos– parecía deslumbrado, perplejo ante semejante resultado, cuando dio el pitazo final.
“Los tigres del desierto” perdieron el siguiente partido contra Austria por 2-0, pero se recuperaron doblegando a Chile 3-2 en su tercer y último encuentro de la fase de grupos (¡lástima que, por inexperiencia, hayan dejado acortarse un marcador de 3-0 a 3-2, hecho que, a la postre, les costó la clasificación!) Entretanto, Chile era masacrado por todos sus rivales, de manera que la última fecha de la ronda clasificatoria nos dejó con la peculiar configuración de tres equipos con seis puntos: Argelia, Austria y Alemania ganaron dos partidos y perdieron uno, con el pequeño inconveniente de que solo avanzaban dos. Pero cuando se jugó el último juego, el 25 de junio, en el Estadio El Molinón, de Gijón, Alemania llegaba con solo tres puntos (una derrota y una victoria), y obligada a vencer a Austria (encuentro sazonado, además, por el hecho de que Austria había sido quien, para sorpresa de todos, los mandara de vuelta a casa por marcador de 3-2, en Argentina 1978).
![Partidos de la Roja: [24/06/1982] Argelia-Chile | 3:2](https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgMY1KoyxMxTCSWCpwLmLFp6OURGSXaxo0FI1tYJPfFcA9YIs2DbZbRx3b15XFRuVP5qygK6XI8UqEeziqr12DzQ-ZPiswP0HL4xOvlOKK5sYiiWUK_4H5K8NwiNZaaW4sdKcN7lq5xCmQ/s1600/argelia-chile-mundial-espana-1982-24-junio-3.jpg)
Resultó evidente para todos, que alemanes y austríacos habían acordado un “pacto de caballeros” (de rufianes, sería más exacto decir), para que Austria se dejara anotar el gol de rigor tan pronto fuese posible, y después de esto ambos contendientes metiesen el partido en el refrigerador. El público comenzó a corear: “¡que se besen, que se besen, que se besen!” Luego, a torcer abiertamente por Argelia, víctima evidente del complot: “¡Argelia, Argelia, Argelia!” No tardaron en llover monedas y billetes sobre el terreno: “¡Vendidos, vendidos!” El partido fue recordado como “la vergüenza del Molinón”, o como “el pacto de no agresión del Molinón”.

El técnico de la Selección Francesa, Michel Hidalgo, que había ido a estudiar a sus potenciales rivales, dijo: “deberían de haberles dado el Premio Nobel de la Paz a Alemania y Austria, por este partido”. El argelino Khalif añadió: “Fue una verdadera vergüenza: ambos equipos deberían de haber sido descalificados por este gesto antideportivo”. El propio Franz Beckenbauer (¡líder de tantas batallas memorables!) reflexionó, con aire mohíno: “Ha sido un triste día, para el fútbol”.
Era, en efecto, irritante, desmoralizante y grotesco, ver a jugadores de la jerarquía de Rummenigge o Breitner volar tiros libres cinco metros por encima del marco, o reventar balones a las graderías cuando estaban en clara posición de disparo (ambos eran notorios francotiradores). Por lo que a los austríacos atañe, es insólito ver como Schachner se hace reprender acerbamente por sus propios compañeros, en la única jugada en la que entra driblando al área alemana, y pone momentáneamente en peligro al portero alemán Schumacher: lo llamaron al orden rigurosamente, como si de un loco peligroso se tratase.
El segundo tiempo fue pénible, lamentable, ofensivo… Veintidós hombres que trotaban lentamente sobre el terreno, o que a menudo se limitaban a caminar, negándose a generar la menor situación de peligro en las áreas, mientras conversaban entre sí, dándose palmaditas por la espalda, bromeando y riendo… Una afrenta para el fútbol, una bofetada para la afición mundial, un escupitajo a la cara de un planeta que seguía expectante las “acciones” del juego. El árbitro no podía, obviamente, castigar la inacción y apatía de los jugadores: stricto sensu, no cometieron infracción alguna (no, por lo menos, en la esfera de la ley escrita, explícita, que en el terreno de la implícita –eso que llamamos “decencia”– su conducta fue absolutamente reprensible).

Argelia envió una queja formal a la FIFA… que fue desoída (¡vaya sorpresa!) Un diario español publicó una gacetilla cuyo título rezaba: “Cuarenta mil aficionados fueron estafados por veintiséis súbditos alemanes y austríacos”. Y otro: “Alemania y Austria bailan el vals de la vergüenza” (especialmente pertinente, por cuanto el vals de los Strauss fue la danza vienesa por antonomasia durante la dinastía de los Habsburgo, más concretamente en la segunda mitad del siglo XIX). Un locutor alemán se negó a seguir narrando el partido, a tal punto se sintió defraudado por el espectáculo. Y un colega austríaco llegó al punto de instar a los espectadores a apagar sus televisores, a fin de no seguir padeciendo aquel ultraje. Y fue así como alemanes y austríacos –tal cual si operasen aún bajo el régimen nazi del Anschluss– sacaron a una extraordinaria Argelia de la competencia. Tal estafa puede incluso ser vista como un acto de racismo o de supremacismo austrogermánico. Es susceptible de una lectura política y humanística gravísima para sus protagonistas.
El mundo del fútbol lloró, ese día. Y ciertamente yo lloré, también. Austria no tardó en ser eliminada por Francia, mientras que Alemania se arrastraría miserablemente hasta la final, donde, en lo que siquiera constituyó una instancia de “justicia poética”, fueron aplastados 3-1 por la Italia de Rossi, Conti, Antognoni y Zoff (el marcador debió haber sido más abultado: Cabrini erró un penal en el primer tiempo). En su ignominioso camino a la final, no olvidemos la falta potencialmente homicida del portero Schumacher contra Battiston, en el partido semifinal contra Francia. Es un hecho que ya hemos discutido.
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El mundo sabe y la historia recuerda la farsa de 1982. Es una imagen imborrable, una estampa para la eternidad. Después de décadas de silencio alemán, el lateral izquierdo Hans Peter Briegel confesó que, en efecto, Austria y Alemania habían pactado el resultado desde los camerinos. Pidió disculpas a la afición, y declaró que Argelia había sido, en efecto, el mejor equipo del grupo.
“Los tigres del desierto” tienen por delante un dilatado horizonte de gloria futbolística. Basta ver los goles que le anotaron a Alemania y Chile en 1982, para advertir la tremenda peligrosidad y velocidad de sus delanteros, su estilo incisivo y devastadoramente eficaz. En particular el segundo gol contra Alemania… ¡qué humillación para los confiados, arrogantes teutones! ¡Sin tocar bola, once estatuarios y perplejos alemanes fueron burlados con una combinación fulgurante, justo cuando creían que el partido estaba resuelto! Esa es la imagen de Argelia que he querido preservar. Un verdadero zarpazo de tigre.

Por lo demás, el “partido” Alemania – Austria en España 1982 suscitó tanta indignación, que la FIFA tuvo que modificar la calendarización de los juegos finales y decisivos de la fase de grupos: en lo sucesivo se efectuarían el mismo día y a la misma hora (es una medida que hubiera debido tomarse desde la pantomima del partido Argentina – Perú en 1978 –marcador 6-0 a favor de los albicelestes– jugado después de que Brasil venciera a Polonia 3-1, con todo el tiempo del mundo para que los argentinos –anfitriones de la justa– “convinieran” con un venal cuadro peruano la abultada “victoria” que, por diferencia de goles, les permitiría acceder a la final).
¿Qué colegir de estas dos estafas futbolísticas, y de las medidas que debieron adoptarse a fin de evitarlas en las justas venideras? Algo muy importante. El fútbol nació en Londres como un deporte practicado por aristócratas que se plegaban a un código de honor y caballerosidad. Ello a tal punto que durante muchos años los jugadores designados para ejecutar un penal lo fallaban deliberadamente, por considerarlo un gol indigno, una anotación demasiado fácil (“Vencer sin peligro es vencer sin gloria” –dice Corneille, en El Cid–). Desde el momento en que se hace necesario imponer leyes y medidas preventivas de este tipo, resulta evidente que los valores “honor” y “caballerosidad” han obsolescido. La ley –y a fortiori, la noción de law enforcement– se endurecerá en la justa medida en que la caballerosidad y la honestidad decrezcan. Nadie necesita sancionar a un caballero: las leyes fueron hechas para evitar las fullerías de los rufianes. En un mundo donde el honor fuese el valor prevalente, no sería menester sancionar, y tomar disposiciones destinadas a abortar los complots de los mafiosi. Es un hecho inmensamente revelador, desde la perspectiva axiológica, que la FIFA haya tenido que reprogramar la calendarización de los partidos decisivos de la fase de grupos. Nadie tendría que tomar tales medidas, dentro de un contexto de decencia (respeto por la integridad física y psíquica del rival). Los sainetes Argentina – Perú de 1978 y Alemania – Austria de 1982 desnudaron el hecho de que ya la moral implícita –la no formulada en la ley, esa que debería nacer en el seno mismo del deportista probo– tenía que transformarse en moral explícita –el reglamento, con su sistema de prohibiciones y su severa, profiláctica normativa–. Los sistemas de interdicciones fueron implementados para los criminales. Un deporte policé, punitivo y constantemente fiscalizado solo puede ser concebido ahí donde la ética no explícita, no legislada, ha perdido su razón de ser.
Por lo que a la Alemania finalista del Mundial 1982 atañe, lo único que cabe decir de ella es que fue una perfectamente calibrada y lubricada máquina de la injusticia. Es mi sentir que nunca, a lo largo del torneo, lograron reponerse de la humillante derrota inicial ante Argelia. La posterior estafa fraguada con Austria, la criminal e impune entrada de Schumacher contra Battiston, y una larga lista de faltas cometidas ante árbitros permisivos obedecen, en mayor o menor medida, a un malestar nunca superado por este ridículo tropiezo. A no dudarlo, uno de los equipos tedescos más odiosos y execrados en la historia de los campeonatos mundiales. Aun la tonadilla que cantaban a coro para ganarse la simpatía de la afición resultaba irritante: nadie esperaba de ellos la plenitud sonora del Coro de la Orquesta Filarmónica de Berlín, pero podían siquiera haber afinado, observar el ritmo, y saber sonreír para las cámaras. La historia de la villanía está llena de villanos simpáticos. No fue el caso de Alemania en el Mundial 1982.